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Un sueño por Lulú Petite

Me acurruqué en el asiento del fondo y, recordando el día, la rutina, los clientes, los besos, los apapachos, el sabor de unos labios y de otros, fui quedándome dormida hasta que, casi sin darme cuenta, quedé atrapada en los brazos de Morfeo

Lulú Petite Se movía rico y me hizo venir delicioso. Entonces se recostó detrás de mí y me abrazó muy fuerte. (Foto: Lulú Petite )

Ciudad de México | Jueves 15 de diciembre de 2011 Lulú Petite | El Universal08:25

Querido Diario:

Me subí al camión con mucho sueño y la esperanza de jetearme durante todo el trayecto. Si algo bueno tienen los camiones, es su capacidad para arrullarme. Laboralmente, el día había estado bien. Me tocó trabajar con gente agradable y regresaba a casa con buen sabor de boca (simbólico, mal pensados), pero con ganas de estarme quieta un rato, disfrutando de las fiestas de diciembre en el Distrito Federal.

En la fila para subir al camión me hizo plática un chavo, güero, muy alto, con un montón de pecas en las mejillas, ojos ligeramente rasgados y sonrisa de oreja a oreja, enorme como la del gato de Alicia en país de las Maravillas. Un vaquerote bien dado, con sombrero y todo, chamarra de mezclilla, botas texanas, cinturón piteado, bigotito a la Espinoza Paz y complexión de refrigerador. Estaba de coqueto, pero no le hice mucho caso.

Me acurruqué en el asiento del fondo y, recordando el día, la rutina, los clientes, los besos, los apapachos, el sabor de unos labios y de otros, fui quedándome dormida hasta que, casi sin darme cuenta, quedé atrapada en los brazos de Morfeo.

Digo que sin darme cuenta porque me soñé en el camión, en el mismo asiento, pero iba solita. Los demás pasajeros habían desaparecido del autobús. De pronto, vi a un hombre caminar hacia mí. Era el vaquero que me había coqueteado antes de subir, con sombrero, jeans, botas, pecas, sonrisota y todo.

-¿Quieres?- Me preguntó señalando hacia abajo con la mirada. Cuando volteé, vi que se había sacado el pene y lo blandía frente a mí. Me asusté, desde luego, pero sobre todo porque a pesar de lo inusual, sentía un morbo enorme de ver esa tremenda erección frente a mi cara. Grité, traté de llamar la atención, pero el autobús seguía pareciendo vacío.

De pronto y casi sin darme cuenta, el camión ya no era un camión, sino el cuarto de un hotel y el vaquero ya no me daba miedo, por el contrario, sentía confianza y unas ganas de cogermelo que apenas aguantaba. Él seguía empuñando aquel miembro delante de mí, pero yo, a diferencia de al principio, lo tomé con la mano y empecé a acariciarlo, a jalarlo despacito para después llevármelo a la boca. Sentí sus manos en mis hombros y su pene en mi lengua, probé su piel y escuche sus gemidos. Se la chupé un buen rato (aunque en los sueños el tiempo es lo más difícil de medir), cuando lo saqué de mis labios y levanté la mirada, ya no era el mismo vaquero al que me estaba parchando, sino a otro chavo, también de pinta campirana, que había atendido esa misma tarde y que parecía muñequito de pastel.

El sillón del camión ahora era un sillón largo, tapizado de color violeta. El muñequito de pastel me acarició la mejilla manteniendo su pene junto a mi boca. Le estaba chupando la puntita cuando me pidió que me pusiera en cuatro. Obedientemente, le di la espalda, coloqué las manos en el descansabrazos del sillón y puse mi cara pegada al asiento, para levantar mi cadera lo más posible. Cerré los ojos y me mordí los labios. No veía nada, pero sentí como despachaba besos suaves y tibios en distintas partes de mis muslos y nalgas. Entre besos y caricias, puso sus manos en mi trasero y lo separó ligeramente para clavar su lengua entre mis piernas, me estremecí cuando lo sentí lamer mis labios, pasearse por sus contornos, acariciarlos suavemente con los dedos. Sentir la humedad se su lengua confundirse con mi propio manantial, me excitaba tremendamente.

De pronto alcé la cabeza y, sin dejar de sentir sus labios en mi sexo, me encontré de frente con él, de pie, mostrándome otra vez su sexo. Yo ya estaba de rodillas, ambos desnudos. Él dio un paso al frente y puso aquello en la comisura de mis labios, no hice sino abrir la boca y volver a sentir la emoción de su allanamiento. Eché la cabeza un poco para atrás, lo tomé con mi mano y, jalando suavemente, lo recorrí despacito con la punta de mi lengua, sintiendo el sabor salado, la piel caliente, el camino de venas, enorme, delicioso y casi amenazante. Seguí chupando.

Entonces reconocí el lugar en el que estaba, era la cabañita de Troncones, una playa cerca de Ixtapa a la que fui hace poco con un buen cliente. Él güerito (muñeco de pastel) me cargó y me llevó a la cama, pero ahí ya no era él, sino alguien más a quien no reconocí. Me puso boca abajo y me penetró. Se movía rico y me hizo venir delicioso. Entonces se recostó detrás de mí y me abrazó muy fuerte, sin moverse, sentía su respiración en la nuca y me sentía cómoda rodeada por sus brazos. De pronto me dijo algo así como "no te quiero soltar", volteé a mirarlo y era Mat, mi amigo de Querétaro.

Desperté en la terminal de México, cuando una señorita me tocó el hombro para avisarme que habíamos llegado. Me sacudí la flojera y me levanté. Revisé el teléfono y tenía varias llamadas perdidas (A veces la gente habla a horas muy pinche raras para coger). Se la perdieron, yo ya estaba de vuelta en casa, pa' qué no hablan más temprano. Bajé del camión y vi al vaquero irse de la terminal, recordé lo recién soñado y, nuevamente, me asaltó el deseo. En ese momento volvió a sonar el celular. Era Mat.

Hasta el martes,

Lulú Petite



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