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A pedir su Halloween por Lulú Petite

Acercó su cuerpo y nuestras piernas se trenzaron, sus brazos acariciaron mi espalda, mi cuello, mis muslos, todo acompañado de besos ansiosos y bien plantados

Lulú Petite Algo me gustó del chavo que de pronto me sentí especialmente cachonda, con ganas de complacerlo lo mejor posible. (Foto: Lulú Petite )

Ciudad de México | Jueves 03 de noviembre de 2011 Lulú Petite | El Universal08:46

Querido Diario:

Me gustó ver el martes pasado que ya salió la nueva imagen de esta colaboración, apenas unos días después de la entretenida y maratónica sesión de fotos en un nuevo y colorido motelito de mi zona de trabajo. Me preguntan a menudo si la chava que aparece en las fotos de la columna soy yo ¡Claro que sí! Para bien o para mal, las curvas que martes y jueves decoran este espacio son mías. El caso es que iba contenta, con mi ejemplar del martes, nueva imagen y mi historia de días de muertos, cuando empezaron las llamadas para trabajar. Ni modo, no por haber sido primero de noviembre, iba a dejar de ir a enterrar al tieso ¿Verdad? ¡A trabajar!

El primer servicio de la tarde fue en la villa del fondo. Dejé mi coche en el estacionamiento del sótano, subí a anunciarme en la recepción y después caminé por el pasillo de maniobras entre las villas. En la ventana de la última se asomaba la cabeza del cliente, mirándome caminar hacia él, sonreí fingiendo no verlo. Apreté el botón de la entrada y el garaje empezó a subir. Vi un bonito coche con placas del Estado de México. Pasé, esperé a que cerrara de nuevo la cortina y me acerqué a la escalera. A penas subí unos peldaños cuando me encontré con él, sonriendo a mitad de la escalera, sin más nada que una toalla alrededor de su cintura.

Siempre es bueno hacer el amor con alguien que se acaba de duchar, que huele a limpio, pero a pesar de los años de oficio, no deja de ser desconcertante llegar y encontrar a un desconocido esperándome semidesnudo.

Sé que a eso vamos y que es absurdo en un asunto meramente comercial, esperar algo de romanticismo, pero al menos empezar vestidos nos da la oportunidad de medirnos un poco antes de pasar al sexo, no sé, como que desnudarnos juntos le pone un poco de anestesia a la crudeza del oficio. De cualquier modo, seguí subiendo con una sonrisa profesional y le di un beso cuando llegué al escalón en el que me esperaba. Se veía buena onda el señor.

Pasé, dejé mis cosas en el tocador y me di media vuelta. Ahí estaba él, mirándome de cerca, ya con la toalla en el piso y una potente erección esperando a ser aliviada. Se me acercó y, tomándome de la cintura, me dio un beso tierno que apenas me humedeció los labios.

Nos recostamos desnudos, de costado, frente a frente y mirándonos a los ojos. Sonreímos como si estuviéramos haciendo alguna travesura. Él comenzó a acariciar mi silueta con los nudillos, los paseó suavemente por mis hombros, por mis senos, por mis pezones que se endurecieron de inmediato. Entonces se acercó y me dio un beso anhelante, profundo. Acercó su cuerpo y nuestras piernas se trenzaron, sus brazos acariciaron mi espalda, mi cuello, mis nalgas, mis muslos, todo acompañado de besos ansiosos y bien plantados.

Entre aquellos abrazos apretados, su sexo, rígido y tibio, acariciaba la piel de mis muslos, urgido por entrar en mí. Lo tomé con mis manos y comencé a masajearlo sin abandonar los besos ni el faje hasta que la penetración era inaplazable. Sin perder mucho tiempo, me puse un preservativo en los labios y le forré la erección con uno de esos pases mágicos de boca experta. Él se recostó de espaldas, con las manos en mis muslos que iban amortiguando la velocidad con la que aquel miembro tremendo me iba perforando.

Cuando abrí los ojos me encontré con su mirada profunda, gris, provocativa. Entonces comencé a moverme. Lo hicimos dos veces, un poquito pasada de la hora, me metí a bañar, me vestí y me despedí. Había quedado de verme con alguien más en ese mismo hotel, así que saqué el teléfono para revisar el mensaje que quedó de enviarme con el número de habitación que le habían dado. Era prácticamente la villa de enfrente.

Con el segundo cliente estuve charlando un buen rato. De esas conversaciones que se tienen en la cama y se van intercalando con besos y caricias. Era un chavo más o menos de la edad de mis compañeros de clase, muy agradable, aunque algo pasado de peso. Me recordó a un gordito muy tímido de la escuela que, cuando me ve de frente siempre desvía la mirada, pero a quien he cachado varias veces mirándome las nalgas cuando piensa que no le veo.

Algo me gustó del chavo que de pronto me sentí especialmente cachonda, con ganas de complacerlo lo mejor posible. Cuando nos desnudamos me recosté boca abajo y él me besó los hombros, el cuello, la espalda, con sus dedos y sus labios me dio un masaje que me puso la piel chinita. Después de un rato, terminé con mis piernitas sobre sus hombros y su lengua buscando ansiosa mi placer. También con él todo estuvo muy rico.

Salí del hotel contenta y satisfecha. Como de costumbre, en cuanto subí al coche encendí el celular. Tenía varias llamadas perdidas, algunas de números desconocidos (posibles clientes), tres de Goliat, que a pesar de las negativas no deja de buscarme y una de David, pues había quedado de reunirme para cenar con él y otros compañeros de la escuela. Le devolví la llamada a David y caí a la cena en el lugar que me confirmó.

Regresé a casa a eso de las diez y media. Al doblar la esquina, alcancé a ver que frente a mi edificio estaba estacionado el carro de Goliat. Realmente no tenía ganas de verlo y mucho menos de jugar a dar y recibir explicaciones. No creí que hubiera ido a pedir su Halloween, así que verlo en la puerta de mi casa era ya demasiado invasivo. Detuve el coche antes de que él me viera y me estacioné a distancia, al menos para respirar profundo, administrar mi coraje y pensar primero cómo quitármelo de encima.

Hasta el martes

Lulú Petite



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