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'Muerte en Venecia', retrato de la tiranía de lo bello, cumple 40 años

La película del realizador italiano Luchino Visconti recae en una cruel reflexión sobre el triunfo de lo físico sobre lo intelectual, la cual vislumbraba decadencia, amor prohíbido y el placer de la observación, temás favoritos del cineasta
Lunes 28 de febrero de 2011 EFE | El Universal00:01
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Nunca una película se rindió de manera tan explícita a la tiranía de la belleza como "Muerte en Venecia" , con la que Visconti adaptó silenciosamente el poderoso libro de Thomas Mann y pintó sus reflexiones sobre la caducidad de los impulsos y la futilidad del intelecto.

"Los surcos de las mejillas y la boca, las arrugas de los ojos, desaparecían bajo la crema. Su corazón palpitaba estremecido, viendo aparecer ante sus ojos aquella renovada juventud. '¿Ve usted qué fácil ha resultado? -dijo (el peluquero). Ahora puede el señor enamorarse sin reparo" , escribía Mann en su libro, no del todo homónimo: "La muerte en Venecia" .

Luchino Visconti vio en esta obra del autor alemán los componentes perfectos para la segunda pieza de su trilogía germana (tras "La caída de los dioses" y previa a "Ludwig"), puesto que en esa reflexión cruel sobre el triunfo de lo físico sobre lo intelectual se escondían dos de sus temas favoritos: la decadencia, el amor prohibido y el placer de la observación.

El realizador italiano, que vivía en conflicto su homosexualidad, lanzaba su metáfora sobre esos impulsos naturales estigmatizados por la sociedad. Y, a la vez, a sus 65 años -moriría cuatro años después-, explicaba la verdadera tragedia que se esconde tras el paso del tiempo: la de convertir en patética la ambición de ser amado.

"Aquel que ha contemplado la belleza esta condenado a seducirla o morir" , rezaba el protagonista. Y ese hombre moribundo, dedicando su último estertor a observar el magnetismo inmaculado de un adolescente, cristalizaba las obsesión viscontiana de ser apartado para la vida si no era a través de lo artístico.

De esta manera, el autor de "Rocco y sus hermanos" y "El gatopardo" pronto hizo el texto suyo: convirtió a Aschenbach -en alemán, río de cenizas- no en un escritor sino en un compositor sosias de Gustav Mahler, de quien tomó prestada la música para adornar este cine más pictórico o sinfónico que literario.

A la exquisita puesta en escena, ayudada por el marco de lujo del Hotel des Bains del Lido y la aristocrática presencia de Marisa Berenson, colaboró una fotografía que recreaba un lienzo impresionista deudor de las pinturas venecianas de Claude Monet.

Y en esa Venecia arrasada por el calor y por la peste, Visconti polarizaba esos dos mundos que se atraen y se autodestruyen, pero que nunca dialogan. A un lado Dirk Bogarde -en un papel que pretendió Burt Lancaster- y al otro ese Tadzio que fue ofrecido a Miguel Bosé pero acabó en las manos del adolescente sueco Björn Andresen.

"Todo ángel es terrible" , decían en la película, que pendulaba de lo repulsivo a lo hermoso, de los pestilente a lo exquisito, de lo mortal a lo floreciente. La mansa putrefacción que devora la ciudad desemboca en el trágico final: el sol, astro rey de la naturaleza, deja en evidencia al hombre que osó engañar a la vejez y le quita la vida mientras le derrite el maquillaje.

Sin embargo, detrás de las cámaras, tenían lugar experiencias mucho menos estetas entre el director y Andresen. "Tenía dieciséis años y Visconti me llevó a un bar gay. Los camareros del local me hicieron sentir muy incómodo. Me miraban descaradamente como si fuera un plato de carne" , explicaba el joven actor.

El intérprete de Tadzio -que prohibió que se proyectara en su presencia la película- se vio totalmente sobrepasado por unas circunstancias que se sumaron al suicidio de su madre cuando era pequeño y a los afanes de su abuela, quien le crió, por vivir de la fama del joven.

Y a Andresen, quizá, se le podría haber dicho lo mismo que a su personaje. "Ve con Dios, Tadzio. Todo ha sido demasiado breve..." .



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