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Productos 'milagro', viejos conocidos

Hace 100 años era normal que decenas de farmacéuticas anunciaran en las publicaciones de la época todo tipo de remedios a los que le atribuían alivios casi instantáneos

PRODUCTOS MILAGRO
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(Foto: Especial )

Ciudad de México | Lunes 14 de febrero de 2011 José Luis Ruiz | El Universal00:31
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Contrario a lo que muchos pudieran pensar, la promoción y comercialización de los llamados productos milagro no son un asunto nuevo.

Hace 100 años era normal que decenas de farmacéuticas anunciaran en las publicaciones de la época todo tipo de remedios a los que le atribuían alivios casi instantáneos.

Lo mismo aliviaban un resfriado que un mal degenerativo, todo gracias a sus misteriosos y casi nunca revelados, elementos curativos descubiertos por algún iluminado científico del momento.

Ayer como hoy, cientos de estos productos se comercializaban con gran éxito en tiendas y boticas establecidas principalmente en el centro de la ciudad de México, a donde llegaban desde Estados Unidos, Europa e incluso de Asia.

Cremas reductoras, menjunjes para hacer crecer el tamaño de los senos, para reduciros si fuera el caso, correas de piel de becerro para sujetar la nariz y moldearla según el interés del cliente. Lo mismo servían para respingarla que para hacerla más corta o  incluso achatarla.

Prácticamente nadie cuestionaba sus resultados milagrosos ni ponía en duda que el producto era resultado de investigaciones profundas o de legados de hombres de ciencia que a lo largo de la historia habían pasado los secretos curativos o correctivos de generación en generación.

Desde principios del siglo pasado se anunciaban con gran éxito tónicos no sólo para evitar la calvicie, sino también para que el cabello se regenerara y volviera crecer abundante. La industria era boyante hace un siglo y lo sigue siendo ahora.

Los anunciantes sólo basaban el éxito de sus productos en sus dichos en las ilustraciones que se colocaban para convencer a sus potenciales clientes.

“¿Es usted calvo, tiene el pelo en mal estado, duro, debilitado, se le cae? Pues le conviene entonces conocer perfectamente mi verdadero Hair Grower, experiméntelo y se dará cuenta de su eficacia”, versa el anuncio publicado en la Revista de Revistas en 1908.

Como esta publicidad era común ver en las publicaciones de principios del siglo XX, en un México que ya se encontraba prácticamente en el alba de su movimiento revolucionario.

 En esos años había productos de todo tipo incluso los que estaban preparados para resolver alguna deficiencia física o para curar alguna enfermedad.

“Pastillas anti-epilépticas, del licenciado en farmacia B. Ochoa”, presumía otro anuncio, que afirmaba que eran infalibles contra este padecimiento o cualquier otro “accidente nervioso, por inveterados que sean, y contra todas las afecciones nerviosas en general”. Este era el argumento de este producto con altas ventas en su momento, según su publicidad, que advertía que las pastillas deben tenerse en sitio muy seco para su alta efectividad.

Ni hablar del “Vino de hemoglobina Fournier”, que se decía, era la mejor de las preparaciones reconstituyentes y reparadoras de los glóbulos de la sangre”, y que contenía “principios ferrugimosos y vitales”, y que se recomendaba “espacialmente contra la anemia, la clorosis, la neurastenia, la fatiga excesiva, debilidad, convalecencias, etc, etc.”.

Aseguraba que este producto estaba admitido en todos los hospitales de Francia y que se encuentra en todas las buenas farmacias de México.

Y si el mal no era tan serio, entonces se recomendaba la “Aspiroquina Laxativo”, cuya decía que “con esta precaución evitará a tiempo las molestias de la grippe”.

Y para no dejar duda, la publicidad del producto afirmaba que la Aspiroquina Laxativo “cura grippe, resfriados, calentura y dolores”.

En cuanto a los remedios estéticos y plásticos, se recomendaban incluso artículos para moldear rasgos  faciales, sin recurrir a penosas operaciones quirúrgicas.

Los productos milagro no son nuevos, y la evidencia de que éstos han existido por años han quedado registrados en anuncios de todo tipo, no muy diferentes a los que hoy día se difunden en casi todos los medios electrónicos.

  

 



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