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Como entregar un cheque en blanco

Anular el voto envía un mensaje difuso de inconformidad, no contribuye a mejorar el régimen político y equivale a dejar carta abierta a la clase política
México, DF | Viernes 17 de abril de 2009 Onésimo Flores Dewey | El Universal
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Anular el voto en la elección de julio es como jugar al Maratón y desear que gane la ignorancia. Los promotores de la idea, que ya circulan invitaciones en internet, creen que si suficientes mexicanos damos la espalda al sistema político, los jugadores —gobierno y oposición— se pondrán a trabajar en serio contra el crimen.  Según ellos, si pierden todos los partidos políticos, gana México. La idea es interesante pero no me convence.

Llevado al extremo, el argumento sugiere desconfianza absoluta en la capacidad de nuestro sistema político. Asume que todo está perdido: que no hay partido ni candidato ni propuesta capaz de avanzar en la lucha contra el crimen. No es una invitación a votar contra los candidatos del Presidente o a favor de un político alternativo. Se trata sólo de gritar a todo pulmón que de todos los  políticos en este país no se hace ninguno.

¿En serio creemos eso? Si fuese así, la idea de anular el voto sorprende por tímida. Quien verdaderamente considera que no hay luz al final del túnel escoge entre abandonar al país o unirse a la guerrilla. Ninguna de las dos opciones sería inusitada en el continente. Otros países en circunstancias similares han experimentado éxodos masivos producto del miedo o revoluciones basadas en la desconfianza.

Seguramente los promotores son menos catastrofistas. Creen que hay una solución posible y alcanzable, pero que el tema no ha recibido la atención que merece. Para ellos la lucha contra la inseguridad es cuestión de voluntad política, de “ponerse los pantalones”. Por eso sugieren darle un escarmiento a las autoridades. Asumen que ni las marchas multitudinarias de Iluminemos México, ni el discurso de “si no pueden, renuncien”, ni las imágenes cotidianas de decapitados han surtido efecto. La premisa parece ser que sólo si gana el voto nulo en la elección de julio  sabrán las autoridades que estamos enfadados.

Comparto la idea de que no votar (o anular el voto) es una manifestación legítima de descontento, y que por tanto representa una posición política que debe ser escuchada.  Pero este mensaje no agrega nada nuevo al debate nacional. Vivimos en un país donde habitualmente se abstiene cerca de la mitad del padrón y miles de mexicanos se van por falta de oportunidades. Si la idea del no voto está diseñada para demostrar la inconformidad nacional, en este momento significa algo así como darle de patadas a una liebre moribunda. En todo caso, la idea del no voto parece una propuesta autocongratulatoria, similar a las de los partidos que buscan el aplauso fácil con propuestas de alta visibilidad y cuestionable efectividad (como la pena de muerte).

Seguro que se sentirá bien asistir a la casilla y negarle nuestro apoyo a los políticos.  Podemos ser incluso creativos. Votar por Brozo o por El Vasco Aguirre o por cualquiera menos por “ésos”. Y después podremos regresar a casa y comentar con orgullo que hicimos nuestra parte. Que por fin “ellos” entenderán el mensaje. Que Calderón, priístas, amarillos y el resto de esa chusma pueden irse al diablo. Pero llegará la noche, y el crimen seguirá controlando nuestras calles. Y a los narcos no podemos anularlos tan fácil.

Digámoslo como es: anular nuestro voto no es sino una opción de bajo costo para sentir que estamos colaborando sin comprometernos con algo en concreto.

Preocupa que los ciudadanos estemos dispuestos a reducir el margen de maniobra de este gobierno, sobre todo cuando lo hacemos sólo para reiterar un difuso mensaje de insatisfacción. Es cierto que hay elementos corruptos y cínicos dentro del sistema. Pero también hay mexicanos honestos y comprometidos que están poniendo su vida en la raya. La abstención masiva los descalifica a todos por igual, y hace más difícil su trabajo. Y seamos honestos: si estamos perdiendo la guerra contra el crimen no ha sido por falta de atención al tema.

Hay unanimidad respecto a la gravedad de los síntomas. Aunque el diagnóstico varíe entre infarto masivo y gangrena en algunos órganos, a nadie se le ocurre que lo que padece México es una gripa. Lo que sí está pendiente es un debate profundo sobre el antídoto: qué diablos hacer frente a esta crisis. Justo por ello requerimos fortalecer y legitimar al Congreso como foro de debate. Ante la violencia, ¿debemos militarizar las policías o legalizar las drogas? ¿Requerimos más o menos centralización de las fuerzas del orden? ¿Estamos o no dispuestos a relajar el respeto a las garantías individuales? ¿Hasta dónde debemos aceptar la colaboración de gobiernos extranjeros? ¿Cuánto dinero debemos asignar a la lucha contra el crimen, y dónde debemos abrocharnos el cinturón para financiarla?

Anular el voto no resuelve interrogantes ni compromete a los legisladores. Si un candidato apoya la pena de muerte y  otro se opone, ¿cuál es el mandato del ganador en el Congreso si una parte significativa del padrón se abstiene? Visto así, nuestra abstención oscurece las preferencias. El diputado electo podrá interpretar el no voto como mejor le convenga y no habrá elementos para contradecirlo. Seremos como los padres de familia que dicen al hijo mal portado que haga lo que quiera, que estamos cansados de él, todo para después preguntarnos por qué toma decisiones que no nos gustan. Paradójicamente, el voto nulo será un gran cheque en blanco.

Que yo sepa, nadie propone derribar al régimen. Aun en un escenario de abstención masiva, las curules serán ocupadas por alguien. Por ello sería más provechoso utilizar esta energía ciudadana tomando partido y dejando claras nuestras preferencias. Si ningún partido convence, es mejor levantar la voz antes de la elección.

El punto de tener elecciones no es sólo rolar las mieles del poder, sino deliberar sobre el futuro de la nación. Se necesitan nuestras voces para exigir y cuestionar, para  proponer y respaldar a los bien intencionados. Es fácil descalificar a todo el sistema. Pero hacerlo desde la barrera no nos enaltece como sociedad democrática. Al contrario. Un Estado sin respaldo popular es caldo de cultivo para caudillos y autoritarismo.

Es cierto que el Congreso no ha cumplido con nuestras expectativas. Pero mandar allá diputados sin legitimidad profundizará el problema. Si queremos darle un jalón de orejas al sistema político, definamos las acciones que esperamos de los candidatos, y exijamos que firmen su renuncia por adelantado. No es lo mismo decir “si no pueden, renuncien” que “mejor ni lo intenten”.

Habrá quien diga que los políticos necesitan un escarmiento porque siempre prometen y nunca cumplen. Sin embargo, hay diferentes maneras de decir ya basta, y dejar de votar será contraproducente. ¿Qué pasa cuando los ciudadanos más comprometidos y más independientes se concentran en disuadir el análisis de las alternativas? ¿Qué pasa cuando en lugar de construir un nuevo partido, o de tomar por asalto los que existen, o de exigirle a los partidos estrategias concretas de solución, los ciudadanos nos sentimos satisfechos anulando nuestro voto? Como en el Maratón, gana la ignorancia.

www.ciudadposible.com

onesimo@mit.edu

Candidato a doctor en Políticas Públicas y Planificación Urbana por el Instituto Tecnológico de Massachusetts



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