aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Fragmento de En busca del elefante

El Universal
00:01Lunes 03 de diciembre de 2007

Las historias de Jo Kyung-Ran se centran en la tristeza, la soledad, la represión y la marginación. (Foto: Archivo/ELUNIVERSAL )

Conoce un poco de la literatura asiática con una parte de la obra de Jo Kyung Ran

Jo Kyung Ran
En busca del elefante *

La cámara Polaroid que tengo es modelo Espectra, el tamaño de la película es 1.5 veces más grande que el de la Polaroid común, y más cara. Es la cámara que él me regaló hace unos años el día de mi cumpleaños. Recuerdo que me agradó mucho advertir, al momento de abrir el paquete, que era la que quería desde hacía mucho tiempo. Él me tomó la primera foto. En ella yo, cabizbaja, abría de soslayo los ojos con la mirada baja. La huella de los labios quedó claramente marcada en el borde de la copa de vino. “¿Te tomo una foto?”, creo que así le pregunté. Él meneó la cabeza negativamente. Con un rollo se podían sacar diez fotos. Me quedaban nueve. Me arrepiento de no haberle sacado la foto ese día, aunque él no hubiera querido. A partir de entonces nos separamos sin haberlo previsto. Era un hombre al que no podía amar más ni odiar más. Volví a casa con la cámara y tomé una foto de mi familia reunida a la mesa.

Tengo tendencia a dormir tumbada boca arriba. Cuando me dolía el estómago, me volteaba hacia el lado izquierdo y dormía mirando la pared. Aunque me duermo en cualquier postura, siempre dejo caído un brazo fuera de la cama. De golpe sentí que alguien me cogía el brazo sigilosamente, pero me desperté de súbito. El interior de la alcoba estaba oscuro. Quedaba algo de calor en la palma de mi mano. Abría y cerraba la mano del brazo caído fuera de la cama. Parecía como si, después de haber entrado sin que nadie lo viera, alguien estuviera tumbado en el suelo de la alcoba o que en la parte de la cama donde se ponen los pies estuviera sentado alguien sin movimiento alguno. No pensaba levantarme de un salto ni encender la lámpara precipitadamente. Me parecía, sin saber porqué, que no tenía que hacerlo. No tuve tales reacciones desde el principio. Esos temores eran tan horribles, que dormí con la luz encendida durante cierta temporada. Sin embargo, ahora estoy bastante acostumbrada a esas señales y esperaba que advirtiera que me había despertado. Luego de un tiempo, encendía la luz. No había nadie, ni rastro alguno de que alguien hubiera estado allí. Ahora sé, sin embargo, que “él” estuvo y se ha ido. Al principio imaginaba que esos indicios eran mensajes de la casa. Si no, ¿serían la abuela, las tías o los tíos fallecidos?

La ciudad natal de mi padre es Yeosu.1 Sólo una vez estuve allí ya de adulta. No me gustaba esa ciudad, simplemente porque era la ciudad natal de mi padre.

Allí ocurrían cosas muy lamentables. Los hermanastros de mi padre tomaban demasiado alcohol, se peleaban y lloraban a menudo. Un tío suyo andaba a bordo de un barco en medio del mar agitado y embravecido durante algunos meses, hacía una larga travesía y después vendía pescados en el mercado.

Mi padre abandonó su ciudad natal cuando tenía nueve años, después de que la primera abuela falleció. Era el día del cumpleaños de la abuela.

Después de mucho tiempo se reunieron el abuelo, los tíos que habían regresado del mar lejano y también las tías. La abuela había esperado ese día con mucha ilusión. La abuela paterna se suicidó después de haber comido sola la sopa de pescado seco cocinada por ella misma. Era precisamente el día de su cumpleaños.

En una foto que me quedaba vi la figura de mi abuela paterna. La abuela de la foto llevaba puesto un vestido blanco, enarcando las cejas como mi abuela materna, fallecida antes que la paterna, de cáncer de pecho. Las cejas de ellas eran densas y negras. Quería más a la primera abuela, porque su fallecimiento era más dramático que el de la otra. Después de esa muerte, mi padre se marchó de su ciudad natal y llegó a residir a esta ciudad. Desde que se casó con mi madre, mi padre cambió su domicilio por el actual en esta ciudad. Sin embargo, sé que a mi padre le gusta mucho la ciudad de Yeosu. También sé que sólo le queda la ilusión escondida y clandestina de volver allí. Siempre que se contaban anécdotas de esa ciudad en algún programa televisivo, como Mi pueblo natal a las seis, me miraba de soslayo. Yo lo sabía también, por supuesto. “Pssst, no haga tonterías.” Giré la cabeza bruscamente.

La tía Yonsuk era la menor de los hermanos de mi padre. A ella le encantaban especialmente los hijos de mi padre, es decir, nosotros sus sobrinos. En cada estación nos enviaba lenguados, pescados sciaenoides o rayas, secos, conforme a las estaciones, mediante el servicio de reparto a domicilio, y además nos llamaba a menudo. Mi tía siempre quería venir a la capital del país, Seúl, pero no nos visitó ni una sola vez desde que soy adulta. Cada día festivo o de ceremonia ritual ella lloraba y decía que tenía que venir o que necesitaba vernos. De los hermanos de mi padre, la tía era la que más lloraba, por lo que yo le tenía miedo.

La tía Yonsuk se vestía pulcramente, con una larga falda y el cabello largo que le llegaba hasta la cintura. Ella se casó. Oí decir que el tío, que estaba en altamar (sólo una vez he visto su cara), la golpeaba con frecuencia. Mi tía tuvo dos hijos y se divorció. Escuché que ella les mandaba dinero para la escuela trabajando en un comercio y en un subempleo en la costa del mar. Decían que era una mujer muy tenaz. A mi madre le gustaba muchísimo la tía Yonsuk. Decía también: “Esa nena tan pequeña”. No hay mucha diferencia entre la edad de mi tía y la mía, es decir, la de su sobrina.

La tía se había lanzado desde el quinto piso del departamento de su novio después de una pelea. Los hermanos de mi padre insistían en que había sido asesinada y culpaban al novio de la tía. El día de la autopsia, el tío Dosong, hermano menor de mi padre, entró en su lugar a la sala de autopsias, pues él vomitaba y estaba borracho.

Hasta la fecha mi padre ha intentado dejar de fumar exactamente tres veces. El día que volvió a casa después de la incineración de su hermana menor, dejó de fumar por primera vez. Con todo y la autopsia no se supo si había sido suicidio o crimen. Dijeron que el hombre que había sido su novio pagó el funeral. Escuché toda esta información aquí. Por todo esto, no me atrevía a ir a Yeosu. Sentía un verdadero terror al imaginar que iba a la ciudad. El lugar del funeral se convirtió en un disturbio. Los cinco hermanos estaban borrachos, lloraban y daban gritos abrazándose. Esa misma noche sentí por primera vez algo extraño. Estuve tumbada conteniendo la respiración cierto tiempo y me levanté sigilosamente. Miré la parte de la cama del lado de los pies y también abajo, en el suelo de la alcoba… ¡Tía Yonsuk! Dije el nombre de la tía fallecida en la oscuridad de la alcoba. Una corriente de aire frío pasó velozmente rozándome la cara. Esas noches continuaron largo tiempo. No se lo dije a mi madre ni a mis hermanas. A la familia le aterraba hacer comentarios sobre un ser humano ya muerto. Me acostumbré por mi cuenta a esa situación. Con el transcurso del tiempo llegué a no sentir nada en absoluto. Cuando lo sentí de nuevo, fue después de que mi tío murió, el tío Dosong, testigo de la autopsia de la tía Yonsuk. Cuando le diagnosticaron en la Clínica Severance que tenía cáncer de hígado, habían transcurrido dos años de la muerte de la tía. Durante una temporada estuvo yendo a un hospital a curarse y se quedaba en mi casa. Adelgazó mucho y su cara estaba casi negra. Todos los hermanos de mi padre eran altos y de buen ver. El tío no quería dormir en la recámara, sino hecho un ovillo en el sofá. Aunque yo tenía ganas de orinar en plena noche, no podía ir al piso de abajo. Tenía mucho miedo de que mi tío estuviera allí muerto. Creí que se me reventaría la vejiga. El tío con la cara tan oscura como la de una oveja negra se fue a la ciudad de Yeosu. Falleció dos meses después de haber llegado allá. En aquel entonces tampoco fui a Yeosu. Mi padre intentó otra vez dejar de fumar.

Despertaba en la madrugada y no podía quitarme la sensación de que alguien estaba sentado a los pies de la cama o tumbado en el suelo de la alcoba, tan pequeña que sólo cabía una persona. Las palmas de las manos siempre las tenía mojadas por el sudor… “¿Tío Dosong?”, dije su nombre. Ni la tía Yonsuk ni el tío Dosong ni la abuela paterna que se había suicidado hacía mucho tiempo me respondían. Al final opté por dormir con la cámara Polaroid en la mano.

En la foto estaban marcados unos números. En la primera, la que él me tomó, es decir, en la que estaba cabizbaja en un café de mi barrio el día de mi cumpleaños, apareció en la parte de atrás el número 0318 4149. Si yo hubiera tomado una foto de su rostro, en el dorso estaría marcado 0318 4150, pero la foto que tenía este número era de mi familia. Los familiares recién llegados a la casa después de su paseo en la noche estaban sentados a la mesa, en el centro había un pastel de cumpleaños. “Vamos, miren todos aquí.” Yo, vuelta a casa después de despedirme de él, apreté el botón de la cámara. Tomé la cara de un amigo el día de su cumpleaños, y también cuando vino a casa un amigo de mi hermana menor, les saqué una foto a los dos en la sala. Tomé una foto de una magnolia que estaba a punto de abrirse, y de mis tenis viejos. De esa forma llegué a la foto 0318 4151 y también a la 4152, 4155, 4157. Mientras tanto, vino la primavera y se fue el invierno. No volví a tener oportunidad de tomar fotos de su cara. El número 4158 era la última. Me quedé dormida con la cámara Polaroid en la que quedaba sólo la última foto del rollo… Me desperté de un sueño. Aguanté la respiración y apreté el interruptor, como contraatacando. Salió de repente la película, de la cual tiré con curiosidad. Encendí rápidamente la luz. Con objeto de que se imprimiera lo más pronto posible, la apreté con la palma de la mano caliente y mojada de sudor. Formas tenues empezaron a aparecer lentamente.

La alegría de hacer fotos con la Polaroid radicaba en que podía verlas de inmediato en el mismo lugar y sólo esperando que se imprimieran. Es una inquietud semejante a la esperanza de que entrara la persona que yo esperaba cada vez que se abría la puerta. Esa noche no pude sentir ese tipo de excitación. ¿Excitación? Más bien tenía miedo de que alguien me apretara el cuello con ambas manos. Miré quietamente la foto de 9 × 7.3 cm en la que se revelaba claramente una forma con su color. No era la abuela ya fallecida ni la tía Yonsuk ni el tío Dosong ni tampoco el mensajero espiritual de esta casa. Allí había un gran elefante.

Hacía once años que vivía en esta casa. Ahora se ha convertido en un edificio de varias viviendas, pero hace once años era una casa con sólo la planta baja y un patio pequeño. Mi padre la compró, la derrumbó y construyó una nueva conforme a un plano diseñado por él mismo. Mientras la construía, nosotros, cinco de familia, vivíamos en la habitación de una casa en una aldea vecina. Cuando mis padres tenían que pelearse por algún asunto, iban a una fonda. Mi padre construyó un cuarto en la azotea. Es en esta habitación en la que ahora vivo y donde también escribo. Al principio se había instalado en ella la menor de mis hermanas. Yo escribía sentada en cuclillas en el suelo de una habitación de la planta baja. En aquel entonces quería tener un escritorio grande. Durante una larga ausencia de mi hermana menor, llamé a unos amigos de mi hermana la de en medio y, con su ayuda, vacié la habitación de la planta baja y me mudé a la de la azotea. Esa noche le escribí a mi hermana. Me contestó que había hecho muy bien. En esa habitación tampoco había espacio para el escritorio. Compré una mesa pequeña reluciente. Ahora algunas partes del borde ya están decoloradas y las patas se mueven, sin embargo todavía la uso. Aunque tenga una alcoba bastante amplia, ya no me dan ganas de cambiar la mesa, pero, eso sí, me apetece tener un escritorio grande que tenga una hilera de cajones. Mi madre siempre me decía que las personas tienen que saber satisfacer sus gustos, aunque no lo logren del todo. En el cuarto de la azotea leía, escribía y telefoneaba en la noche. En un abrir y cerrar de ojos transcurrieron los años. Cada vez que no me salía bien lo que escribía o que me peleaba fuertemente con alguno de mis familiares, me daban ganas de salirme de esta casa. En plena noche, con el fin de ir al baño, bajaba de la azotea a la planta baja. A veces hasta pisando el estómago de algún pariente dormido en el suelo de la sala oscura. En la penumbra despertaban sorprendidos y gritaban brevemente preguntando quién era. Aun golpeando la pared del cuarto de la azotea, no se caía. La casa construida por mi padre estaba más firme de lo que creía.

El domingo pasado fui por la tarde al parque de diversiones en Guachon, días después de haber visto el elefante. Hacía mucho viento y había un gran número de personas. En el zoológico se celebraba la fiesta de los crisantemos. Delante de los crisantemos florecidos, las personas tomaban fotos y, a un lado, los flamencos con sus largas patas aleteaban en su corral. De inmediato me fui hacia el corral de los elefantes africanos; andaban despacio en el amplio interior en forma de S, balanceando su larga trompa. No pude menos que decepcionarme. El elefante estaba mucho más lejos de lo que imaginaba. Me parecía que a esa distancia no me saldría una buena foto, aunque la hiciera con cuidado. Para acortar la distancia me movía conforme a la dirección que tomaba el elefante; por ejemplo, si se iba al lado izquierdo, yo también corría hacia ese lado. Cuando viraba, yo también lo hacía ágilmente. El elefante ocupa el primer puesto de popularidad entre todos los animales del zoológico. Ante cada barandilla formando una larga curva, se amontonaban las personas, adultos y niños. Imaginé que el viejo elefante africano del corral sería macho. Se dice que el viejo elefante vivía solo. Temprano en la mañana o en la noche comía hierbas, y de día descansaba a la sombra de un árbol. Duerme de pie, pero también hay ocasiones en que duerme recostado. El elefante que vino a mi alcoba dormía en el estrecho espacio en el suelo, hecho un ovillo su enorme cuerpo, mientras metía su trompa enrollada en un rincón de sí mismo, como si temiera que se la robase. No comprobé si tenía colmillos, por eso no había manera de saber si era macho o hembra. El elefante que repetía su vaivén en el mismo camino se paraba sin mover sus gruesas patas y echaba a veces una mirada despreocupada fuera del corral, como si meditara algo. Y después, como parecía que no pasaba nada, regresaba con pasos firmes y lentos por el mismo camino por el que había venido. Cada vez que se echaba aire con sus dos grandes orejas, me llegaba una corriente a la altura del pecho. Saqué la Polaroid de la mochila que llevaba al hombro y le puse un nuevo rollo. Si hubiera habido una cámara Polaroid de mejor calidad que la Espectra, él la habría comprado, pero no era fácil obtener la película, él la pedía especialmente a un estudio de fotografía del que era cliente. Cuando fue allá a recoger unas fotos, el dueño del estudio le hizo saber que no funcionaban bien las Espectra y que en el futuro no sería fácil conseguir el rollo, y agregó que si iba a la tienda donde la había comprado, podría cambiarla por la Polaroid normal y le devolverían su dinero. Le pedí tres rollos más de una vez. La forma de cambiar la cámara sería su último regalo para mí. El elefante se paró de repente dentro del corral y puso sus patas delanteras en la barandilla. A una distancia de dos o tres metros, había otro corral. Entre los dos corrales pasaba una zanja excavada como si fuera un arroyo. Parecía que iba a saltarla. Me puse nerviosa. Sería como ver que un elefante volara como un ave. En el momento en que el elefante levantó su larga trompa apreté el botón de la cámara. Salió una foto. El elefante bajó sus dos patas de la barandilla y volvió hacia adentro. “¡Animal sensible!”, le dije, aunque no hubiera escuchado el ruido producido al apretar el botón de la cámara. Salió un cuidador abriendo la puerta de hierro. El elefante cogía con su trompa el pan de molde que le daba el empleado y se lo comía. Eran las cinco menos veinte de la tarde cuando desapareció por la reja siguiendo al cuidador. Una vez que desapareció el elefante, las personas se marcharon. Fui al corral de al lado, donde había un elefante asiático, pero tampoco se veía por ningún lado. Leí la ficha: “El elefante asiático tiene vista débil y cuello corto, por lo que no puede ver hacia atrás…” No podía ver hacia atrás. Por eso pensé que el elefante que me había visitado esa misma noche no era asiático, sino africano. “Tiene vista débil, pero destaca su capacidad auditiva y su olfato. La velocidad a la que corre un elefante es más o menos cincuenta kilómetros por hora. La superficie del cuerpo está cubierta de vellos fuertes. Los dientes delanteros de la mandíbula superior se alargarán para formar parte de los colmillos en el futuro. Elefante, el animal más grande en la Tierra.”

Sentí algo extraño, pero no quería saber a fondo qué era. Mi mente no estaba en casa, sino siempre fuera de ella. Quería salir de casa de todo corazón, pero no tenía a dónde ir. Un día él trajo varias Noticias de la vida. Íbamos de la mano en busca de una habitación. Por casualidad todas las que visitamos eran buhardillas. Desgarré todas las hojas de Noticias de la vida ante él. Comimos arroz en caldo caliente. Recorrimos el paso a desnivel y entramos a un edificio de estudios de veinte pisos. Un guardia nos dio la llave. Había un escritorio grande, armario, cama, y el fregadero estaba lustroso. Cogí su mano. Le indiqué con la mano la calle fuera de la ventana por la que corría el tráfico a rápida velocidad.


—Este lugar no es conveniente para nosotros.
—¿Ah, no?
—Parece que habrá mucho ruido.
—Estoy de acuerdo contigo.

Devolvimos la llave al guardia y salimos de allí. Fuimos a comer pollo asado. Después de media hora ya estaba en casa. Me dio un vuelco el corazón al oír a mi madre subir la escalera y llegar a mi alcoba. Me dijo que la familia tendría que abandonar esta vivienda. Había demasiadas cosas que mis padres nos habían ocultado a las tres hijas durante mucho tiempo. Agregó que la casa pasaría a subasta. El tío que recibió dinero dos veces por parte de mi padre había huido. No podíamos echarle la culpa a nuestro padre. Él se esforzó por mejorar la vida familiar. Nos encontrábamos en una situación en la que iríamos a la calle y que por primera vez en la vida experimentaba. Papá dejó de fumar. No salía en todo el día de la sala. Comía aparte de la familia en casa. Su cara se iba oscureciendo como la del tío Dosong ya fallecido. De uno de los oídos de mamá salía sangre. Esperaba que mis dos hermanas menores continuaran sus estudios. Mi idea sobre ellas no era distinta a la de mis padres, que guardaban silencio sobre la situación de aquel entonces. Quería meter un cuchillo entre los ladrillos rojos de esta casa. La casa era tan firme que me costó mucho hacerlo. Empezó una lucha desesperada para conservarla. Yo deambulaba de aquí para allá para defender la casa. Era algo que cualquiera haría.


—Siento mucho no haberte ayudado nada —dijo él.
—Me da más miedo perderte que perder esta casa —le dije rápidamente, pero tenía demasiado miedo de perder la casa también. Él lloró—. No llores —lo consolé.

No lloré entonces, pero pronto lloré todo lo que me había aguantado. Fue cuando volvió a visitarme el elefante. Metí la cabeza en su gran barriga y me cubrí la boca con la mano para llorar sin hacer ruido.

A veces él me llamaba por teléfono. “¿Estás bien?” Su voz era triste, pero simpática. Me reí sin ganas. “¿Estás bien?” Este saludo era una pregunta sobre mi estado de salud al mismo tiempo que un saludo preguntando por mi casa. Luego me preguntó de nuevo. “¿Ha vuelto a visitarte el elefante?” Había veces que parecía interesarse más por el estado de salud del elefante que del mío. El día que fui al zoológico tomé tres fotos. Un elefante que ponía las patas delanteras sobre la barandilla del corral, un elefante que andaba meneando su trasero con la trompa erguida hacia el cielo, y un elefante que daba pasos lentos, cabizbajo, hacia el lado donde estaba el sol. Era mi elefante solitario.

Todavía me pregunto cómo llegué a vivir a esta casa. Ciertamente había existido el azar y pude haber empezado a vivir en otra casa que no fuera ésta. Entre esos azares hubo uno que ocurrió cuando yo tenía veinte años, y otro cuando el asunto del secuestro que toda la familia recordaba. No me acuerdo claramente de la época en que tenía veinte años. Esto podría deberse a que no he hablado con nadie acerca de aquella época. El otoño pasado fui a la Universidad S a dar una conferencia especial. Cuando iba a entrar en el aula, alguien me cortó el paso. Me llamó por mi nombre. La miré fijamente a la cara y, finalmente, dijo suspirando: “Soy la condiscípula Yonchong. Vi este cartel de actividades en la tabla de avisos del campus y quería saber si la conferencista eras tú”. Titubeé, recibí su tarjeta y me despedí precipitadamente. Parece que siguió estudiando diseño gráfico en computación. Al ver su tarjeta, pude saber que es investigadora y está a cargo del Instituto de Diseño Gráfico de la universidad. Recuerdo que en el aula estaba sentada distraídamente sin poder decir una palabra. Yonchong es una de las personas que me conocían bien en aquella época. Le prometí ponerme en contacto, pero no lo hice. Ya pasó un año. Por fin, hace unos días le envié un mensaje por correo electrónico: “Dudo si me recuerdan las personas que me conocieron en aquella época. Y ¿dónde estarán todas ellas ahora? Usted, hermana mayor, ¿se acuerda de mi figura de aquel entonces?”

Yo iba por una calle del barrio Shinsadong2 en busca de una cafetería, después de haber cenado con el editor de un sitio web. Alguien me llamó. “¡Oye, Chotung!” No me detuve ni me volví hacia atrás. ¿Por qué no se veía una cafetería? Apresuré el paso con inquietud. Mi acompañante me tomó por el codo: “Oye, parece que alguien te llama”. Soy capaz de reconocer de quién es esa voz sólo con escuchar la palabra ¡hola! Es un asunto misterioso. Tenía veintidós o veintitrés años cuando vi a aquellas personas. Esto ocurrió ya hace más de diez años. Se oía con insistencia la voz que me llamaba. Volví la cabeza con mirada distraída. “Oye, ¡Chotung!… ¿Cómo estás? ¡Qué sorpresa! ¿Eres tú de verdad?… Cuánto tiempo hace que no nos vemos.” Saludé cortésmente al director general Chong y al subjefe Park. “Mira, vamos a prestarle atención.” Se rieron con ironía. Iba al trabajo con el pelo rizado, atado detrás con un moño, como campesina. Me había rizado el pelo por primera vez en mi vida. Todas las mañanas me lavaba el pelo con champú y también me ponía medias. Cada vez que me secaba el pelo con el secador, pensaba a dónde ir. Con frecuencia me ausentaba. Me había ausentado tres días seguidos en una semana. A la hora de comer solía ir sola a una gran librería del lado opuesto al edificio donde trabajaba. En aquel entonces había en el sótano un restaurante de comida rápida donde almorzaba una hamburguesa y leía algún libro. Leía todo el libro. Cuando estaba cansada de leer, llamaba por teléfono a alguien. Visitaba con curiosidad los estudios de arte alrededor de la empresa. Y después, cuando volvía a mi trabajo, mis compañeros de trabajo me miraban como recriminándome. Ya habían pasado cuatro horas después de la hora de comer. Yo no iba a fiestas después del trabajo ni me reunía con los compañeros. A veces leía sola en el despacho o miraba largo tiempo los gráficos en cuarta dimensión de la computadora. Mis compañeros construían con las grafías de la computadora estrellas, camellos que andaban por el desierto y los pisos. Además de esto, también diseñaban animaciones para algún comercial televisivo. Hubo unos comerciales de una medicina para la gripe llamada Bluepen, de unos afamados laboratorios, pero ahora ya no salen en la televisión. Era una publicidad animada: un tarro medicinal en forma de tren corría a toda velocidad hacia un niño con fiebre. No había nada que no pudieran producir. Cuando me quedaba sola, con el control en la mano apretaba aquí y allá. Al día siguiente por la mañana se oía un gruñido enojado preguntando quién había borrado todos los documentos archivados. Entonces, siempre me quedaba con expresión indiferente. Al bajar las escaleras con el fin de ir al baño, alguien me jaló de la cintura hacia su cuerpo. “¿Tú no sabes reírte?” Era un diseñador de interiores que frecuentaba la empresa. El subjefe Park prometió llevarme en su coche cerca de mi casa. Subí. Me dijo que me pusiera el cinturón de seguridad. Lo estiré largamente. Vacilé un poco y lo enganché por el cuello. “Oye, tú, ¿no sabes ponerte el cinturón de seguridad?” Lo miré con expresión taciturna: “¿Hay algún problema?” Todavía recuerdo vivamente aquella cara que no sabía qué decirme. Ahora también me preocupa bastante no saber ponerme el cinturón de seguridad, como en aquella época, cada vez que subo al coche de otra persona.

“Tú sabes escribir una historieta.” El director general Chong y el subjefe Park conocían bien mi situación… Sí. “Otro día vamos a vernos Yonchong, el subjefe, tú y yo.” …Sí. Parecía que se alegraba mucho de verme. El director general Chong y el subjefe Park se reían cínicamente más a menudo. Me pidió que le diera mi número de teléfono. Le escribí cualquier número. No sé de qué casa era el número que anoté. A mí no me gustaban los gordos, los que se ausentaban con frecuencia del trabajo, los que mentían ni los que no podían interpretar el manual de la computadora que tenían que leer forzosamente. Trabajé siete meses en esa empresa. Presenté mi renuncia. “Oye, piénsalo de nuevo —me dijo el director general Chong—. ¿Qué vas a hacer en adelante?” Así me había preguntado. Cuando yo iba en dirección a Shinsadong o a la zona sur del río Han, había veces que miraba el World Book Center. En el interior de la librería se veía a gente que, concentrada, leía de pie un libro. En aquella época vivía también en esta ciudad. La condiscípula mayor Yonchong no había contestado todavía mi carta.

Si yo no hubiera vuelto a casa en aquel entonces, el lugar donde vivo ahora no sería éste. Mis familiares no serían los de ahora. Fui secuestrada cuando tenía cuatro años. La secuestradora era una mujer de edad mediana que no podía concebir. Ella me llevó a un salón de belleza con objeto de cambiar mi aspecto. Parece que les pidió que me rizaran el cabello. La secuestradora salió un instante del salón. Era mi oportunidad. Empecé a llorar como si me estuviera muriendo. Yo, una niña de cuatro años, recordé el templo llamado Bongshin. La dueña del salón me tomó de la mano y me acompañó allá. De modo que volví a casa de nuevo. La casa donde vivía en aquel entonces fue derrumbada, pero el templo Bongshin se encuentra allí todavía.

Yo empezaba a cenar antes que mi padre, y siempre que yo volvía a casa del trabajo, mis hermanas me telefoneaban. Desgraciadamente mi padre empezó a fumar de nuevo. Todas las mañanas mi madre limpiaba mis zapatos. El cuarto estaba cada vez más lleno de libros. “En tu habitación hay demasiadas cosas”, me decía mi padre con preocupación, pero no le hacía ningún caso; llevé el televisor y una impresora. No quedaba ningún espacio en el que se pudiera dar un paso. Bajé una parte de los libros a la sala de estar del piso bajo y traje nueva estantería, pero saqué el sofá. En su lugar, junto al refrigerador, donde estaba el sofá, también puse nuevos estantes. Cada vez que traía a casa un nuevo estante, sentía que trasplantaba un árbol, pero ese sentimiento no duraba más de medio día. El armario que mis hermanas usaban juntas y los paquetes de la sala de estar se los llevaron a la alcoba principal. Mi padre puso una columna en la sala de estar con objeto de sostener bien el desván. Sin embargo, mi padre, muy preocupado de que se viniera abajo, iba y venía al piso de arriba y al de abajo, mientras yo tenía incertidumbre al imaginar cómo podrían dormir mis padres cómodamente con las piernas bien estiradas en la alcoba llena de las cosas de sus hijas.

“Siento mucho no poder ayudarte en nada.” Aquella noche que me lo dijo, me escribió una larga carta. Me la escribió por una especie de inercia y arrepentimiento en contra de sí mismo. Al final puso: “Lo deseable, verdaderamente, no puede menos que perdurar largo tiempo”. También añadió: “Las personas siempre viven igual y no se aman, y ya no aguantan como al principio”. Y además: “El amor tiene que hacerse de esa forma”… Carta, la palabra carta es triste de verdad. Después de habernos separado nunca he vuelto a leer sus cartas. Hay otra carta que no he sacado nunca para volver a leerla. Raras veces pienso en el motivo por el que nos separamos. Al final lo perdí en vez de conseguir una casa. Miro la foto de mi familia que tomé cuando volví a casa el día de mi cumpleaños, después de haberme despedido de él. Mis invitados no sabían que la mesa era la cabeza del elefante ni que el sofá era su lomo y, sin embargo, en él ponían sus agudos codos riéndose abiertamente. “Miren, éste es el elefante.” Si se lo contara, dirían: “Esta mujer escribe de nuevo una novela” y se reirían para sus adentros. El elefante estaba con los ojos cerrados, como si estuviera dormido, pero sé que no dormía. No me olvido de preparar siempre las galletas de mantequilla y plátano, porque no se sabe cuándo volverá a aparecer el elefante.

Mi padre fue a Yeosu acompañado de sus hijas, considerándolas como sus condecoraciones. Era el año de 1996. El año en que cumplí 26 años y en que ingresé a la universidad. Esa misma noche se celebró una reunión familiar para beber juntos. Algunos pronto se emborracharon y otros rompieron a llorar, yo también bebí en cantidad suficiente. Al día siguiente, la enorme familia se fue de excursión. Alquilamos una camioneta y anduvimos largo tiempo por la carretera de la costa. A lo lejos se veía la isla Odong. Era verano, en plena canícula. Ahora no hay nadie que recuerde el nombre de la isla a la que fuimos. Yo tampoco puedo acordarme por mucho que me esfuerce, pero, por otra parte, Yeosu es un lugar que tiene innumerables islas que ni siquiera tienen nombre propio. Ahora he llegado a pensar que tal vez era una isla que no pertenece a la ciudad.

La tía Yonsuk trajo todos los platillos que había preparado en su casa. Los tíos, tías y primos se congregaron alrededor de la parrilla y asaron la carne y las conchas de arca. Los parientes se metieron al mar y jugaron con una pelota. Las primas, que se parecían a mi padre, tenían piernas rectas y largas. Los primos reían a carcajadas bajo los rayos ardientes del sol. Sorprendida de súbito por aquellas carcajadas, dejé caer el parasol sin darme cuenta. Vi por primera vez a mi padre nadando. Era ágil y flexible, como foca. Vi ese aspecto de mi padre por primera vez en la vida. Al parecer se me olvidaba por momentos que ésa era su ciudad natal.

El tío Dosong, vuelto a casa después de larga navegación, continuaba bebiendo aguardiente en botellas de gran tamaño. “Tío, ¿no bebe usted demasiado?” Sé que estas palabras no le gustaban, como tampoco a mi padre. Tal vez desde entonces el tío Dosong cayó enfermo del hígado. “Déjalo”, me dijo mi padre.

La tía Yonsuk, que había preparado la comida, casi no tuvo ocasión de probarla. También estaba muy ocupada hirviendo pollos en agua y asando conchas de arca y otros mariscos. Otras tías fregaban los platos bajo la dirección de la tía Yonsuk. Ellas también bebían en botella haciéndola circular. Terminaron en unos minutos un paquete de kimchi con hojas de mostaza producido en Dolsan.

Mi madre estaba borracha con tres copas de aguardiente corea-no y se tumbó sobre una colcha. La luz del sol estaba muy fuerte. Parecía interminable la extensión del mar. Tíos y primos me hacían señales con las manos desde lejos, en el mar. Les decía que no moviendo la cabeza. Ninguna de las tres hermanas sabíamos nadar. Sin embargo, nos habían echado al mar violentamente desde pequeñas, según nos contó la tía Yonsuk. Me quité los calcetines. Me hacía falta valor para entrar al mar. Entré paso a paso agarrada de la mano de mis hermanas. Mi tercer tío, Doyun, me empujó de repente con fuerza por la espalda. Caí vestida al agua. La risa de los tíos se oyó hasta la profundidad del mar, pero no tuve miedo, pude nadar instintivamente agitando brazos y piernas, como la tía Yonsuk, y porque soy hija de mi padre, que podía saber lo que había comido la anchoa sólo con ver su excremento. Salí del agua andando precipitadamente. A mi lado nadaban con tranquilidad mi padre, tres tíos, tres tías y seis primos. Ahora ya no están dos de ellos porque murieron. Los sobrevivientes llaman a mi madre con frecuencia. Decían que un tío sufría el dolor de una pierna en la que se le acumuló el agua, y que el otro se lesionó la cintura y no podía subir al arco. Me daba miedo que se estuvieran muriendo cada vez más personas. A mí no me gusta la lluvia prolongada ni las grandes nevadas ni la guerra. Casi nunca quería ver la cara de los muertos, pero era posible que los viera más tarde. Se puso el sol. Se agotaron el aguardiente, las sandías, los pulpos, el bulgogui,3 la lechuga…

El marido de la tía Yonsuk arregló todo después de la comida. Él era el que conducía. Su aspecto no parecía el de alguien malo o que le pegara con violencia a las personas, pero me daba miedo la forma de sus ojos. Dando una larga vuelta por el camino, la familia llegó a la casa del tío. Mi padre, tíos y tías bebieron hasta la madrugada del día siguiente. Algunos discutían y lloraban, pero de inmediato estallaban en carcajadas.

Durante el regreso a casa, mi padre no dijo una palabra. Si falleciera mi segunda abuela paterna, de más de ochenta años, yo iría a Yeosu. De su cabeza saldrían de nuevo pelos negros.

Cuando mi padre se emborrachaba, recordaba las anécdotas de la excursión de aquel verano. Y, también, nos relataba cosas acerca de Arabia Saudita, Irán y Kuwait, países donde había pasado su juventud. Durante su estancia en el extranjero nos escribía dos veces a la semana, pero mi madre le escribía todos los días. Nosotras le escribíamos regularmente una vez a la semana, rendidas y obligadas por su insistencia. “Papá, todas estamos bien y asistimos al colegio sin faltar a clases. Vamos a estudiar mucho.” Esto era todo lo que podíamos escribirle y no teníamos más que decir. El contenido de la carta de nuestro padre, que nos llegaba a través del viento de arena del desierto, era igual que el nuestro. “Obedezcan a su madre y estudien con entusiasmo. Su padre está bien.” Así que las cartas sólo eran distintas por las fechas. Las cartas amontonadas a lo largo de diez años entre nosotras y nuestro padre se encuentran en una tinaja de la terraza. Las guardamos envueltas en una bolsa de plástico en una tinaja, como si guardáramos el kimchi para el invierno.4 Ése era el trabajo que mi padre había empezado a realizar. No he abierto nunca esa bolsa hasta ahora. Desde hace poco me preocupa qué voy a hacer con esas cartas después que fallezca mi padre. Todos los días mi padre consigue casas y las pierde repetidas veces, pero no ha habido grandes cambios en nuestra vida. Todas las mañanas trae el periódico a casa, mi madre limpia los zapatos y mis hermanas salen al trabajo. Mi padre gruñe fuera del alcance de mis oídos porque nadie se interesa en el cacto que floreció ayer, mientras tanto, mi madre me sugiere algo con los ojos. Mi madre no entra a mi desván. Cuando hay alguna llamada para mí, pone el auricular delante de mi cuarto y después vuelve a bajar las escaleras. ¿Hasta cuándo podrá subir las escaleras mi madre que sufre de artritis? Suelo ir al piso de abajo mientras escribo o leo un libro. Es mejor que se marche de casa alguna de mis hermanas, luego de que se case. En caso de que se desocupe una alcoba, allí podré dejar mis cosas que están en el dormitorio principal y también poner un sofá en la sala, pero yo, la mayor de las hermanas, temo que tendré que quedarme en esta casa hasta el último día. Mi padre sigue preocupándose de que se derrumbe el desván, mientras yo me preocupo del dormitorio principal ocupado por los paquetes y libros de mis hermanas. No soy la mujer más feliz ni la más infeliz en este mundo. Cuando estoy de mal humor o me siento herida en el orgullo, me voy a la mesa para preparar las anchoas durante una o dos horas. Si no tengo anchoas, por lo menos pelo cacahuates. A veces me pongo un vestido bonito, voy a un restaurante italiano, como pasta y tomo vino. Mi mamá me dice que el ser humano tiene que aprender a contentarse, aunque no sea por completo. Ahora sé qué significado tienen esas palabras, aunque he tardado demasiado tiempo en entenderlo. Todavía vivo en esta casa. La casa en que perduran, al mismo tiempo, los momentos más felices e infelices de mi vida. La alcoba del desván está caliente porque estamos en invierno. Se oye desde el piso de abajo el ruido que hacen al poner las cucharas en la mesa. Mi mamá me grita en voz alta: “¡Vamos a comer!” Le respondo de inmediato que sí, y bajo corriendo las escaleras haciendo ruido.

Hay veces en que espero que él me llame por teléfono. Es el único que me presta atención y al que le cuento la historia de mi elefante. Con el solo relato del elefante puedo soltarle una charla de una hora por lo menos. No saco más fotos. Sin embargo, hay algo que se siente. Hay veces que la casa se mueve un poco. Entonces, deliberadamente imagino: ¡Oh!, ha llegado el elefante.


1 Puerto situado al suroeste de la península coreana.
2 Barrio al sur del río Han que atraviesa la capital Seúl de este a oeste.
3 Es un plato de carne, típico de Corea, condimentada con cebollas, aceite de sésamo, champiñones, poros, etc., que se asa generalmente a la parrilla o a la plancha.
4 Antes de que llegue el invierno, de diciembre a febrero, en Corea se prepara kimchi por anticipado.

* Reproducido con autorización de ediciones El Ermitaño (solareditores.com).



Ver más @Univ_Cultura
comentarios
0