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No soy mecenas, sólo un facilitador del arte: Isaac Masri

Miguel Ángel Ceballos / El Universal| El Universal
Martes 05 de junio de 2007
Desde hace más de 30 años este odontólogo y promotor artístico se ha dedicado a curar las caries de los artistas plásticos más destacados del país y a promover que la obra de esos creadores sea exhibida en la calle, al alcance de todos

Isaac Masri presume de conocer la cultura mexicana hasta las muelas. Y sí, desde hace más de 30 años este odontólogo y promotor artístico se ha dedicado a curar las caries de los artistas plásticos más destacados del país y a promover que la obra de esos creadores sea exhibida en la calle, al alcance de todos. Para Masri, el arte es un hobby, su pasión es curar dientes. Sin embargo, el pasatiempo lo ha llevado a ser considerado uno de los promotores más importantes del país.

Algunos lo llaman El Último de los Mecenas, pero él enseguida se deslinda de ese título y se define simplemente como “un facilitador del arte”. Al impulso de Masri se deben varias de las exposiciones artísticas que se han realizado sobre Paseo de la Reforma: Animales impuros, Libertad en bronce, Nopal urbano, Campanas y Diálogo de bancas, que actualmente está en exhibición.

También es responsable de que la ciudad de México cuente con esculturas públicas monumentales de artistas como José Luis Cuevas (Hombre mirando al infinito: homenaje a Bertha Cuevas, en la Plaza Necaxa) y Leonora Carrington (Cocodrilo, en Paseo de la Reforma y Havre). Su más reciente creación es el Centro Cultural Estación Indianilla, un espacio dedicado a la exhibición de las diferentes expresiones artísticas, ubicado en la colonia Doctores.

Este lugar fue concebido por Masri como un proyecto de rescate urbano que alberga una colección de juguete-arte-objeto, además de obra de creadores contemporáneos. En el pasado, la Estación Indianilla fue un taller mecánico de tranvías que con ayuda del Gobierno de Distrito Federal, Masri transformó en un espacio con la calidad de cualquier otro museo del mundo.

El propio Masri se considera como un hombre de la izquierda moderada, posición política que mostró cuando organizó —junto con varios de sus amigos artistas— la exposición De las obligaciones de la razón. Del mayoreo al menudeo, que se exhibió sobre la avenida Juárez en apoyo a Andrés Manuel López Obrador y como forma de desacuerdo con los resultados de las elecciones presidenciales de 2006.

—¿Cómo se define usted, como un odontólogo, un promotor o un mecenas?

—Isaac Masri es una persona familiar a quien desde su juventud le gustó la odontología, la estudió y hasta la fecha la sigue practicando todos los días. Esa es realmente mi pasión: curar dientes. Lo que pasa es que tuve la fortuna de que a mi consulta se acercaron muchos intelectuales tan importantes como José Luis Cuevas, Fernando Gamboa, Fernando Benítez, Ricardo Martínez, y así empecé a despertar en el arte.

—Entonces ¿su acercamiento al arte no fue desde la niñez?

—No directamente. Yo tengo 56 años. Nací en la colonia Roma y fui un niño como los demás: mis padres me dejaban estar en las calles, echaba volados, jugaba bote pateado, le rompíamos los vidrios con nuestro balón a los vecinos, nos subíamos a las azoteas, me gustaba poner monedas de 20 centavos en la vía del tren para que las aplastara, y como vivía sobre Álvaro Obregón, enfrente de la estación de tranvías, me gustaba colgarme detrás de ellos para que me llevarán gratis hasta el Cine México y de regreso.

Cuento todo esto porque ahora nos damos cuenta de que a un padre de familia le da miedo que su hijo o su esposa anden solos en la calle, e incluso a él mismo lo pueden acuchillar por un reloj o un teléfono celular. Entonces, mi labor de llevar el arte a la calle tiene que ver con la intención de recuperar más y más pedacitos de nuestra ciudad.

—¿Cómo y quién lo inspira para entrar a la promoción cultural?

—Fue a consecuencia de una recomendación que me hizo don Fernando Gamboa, el gran promotor del arte mexicano, museógrafo que dirigió varias instituciones culturales. Él me dijo que yo tenía que hacer algo por el arte, pero nunca me dijo qué. Aún así me lanzó al proyecto y hasta la fecha he trabajado mucho en la promoción como un hobby, pero sin dejar mi profesión, que es la odontología, a la que me dedicaré hasta que me tiemble el pulso o me falle el ojo.

—¿A qué se dedicaban sus padres? ¿Hubo dentistas en la familia?

—No. Mi madre, Concha, quien aún vive, trabajaba en la casa, vendía ropa y con eso ayudaba al mantenimiento de la familia; mi padre, Jacobo, quien ya falleció, viajaba también vendiendo ropa. Él recorría toda la República en su coche y llevaba sus muestrarios. Un mes estaba de viaje y otro con nosotros. Inicialmente fuimos cuatro hermanos, pero una hermana, que fue a quien le dediqué el Museo de Juguete Arte-Objeto, de la Estación Indianilla, murió en un accidente que tuvimos a bordo de un camión de servicio público en la zona de Tecamachalco. En ese momento yo tenía 13 años y ella nueve. Después mi mamá tuvo otro hijo, un varón, y volvimos a ser cuatro.

—¿Y de quién hereda la habilidad manual para ser odontólogo?

—Aunque no tuve odontólogos a mi alrededor, siempre me gustó ayudar a los demás y tenía mucha habilidad manual, como mi papá, sólo que él la ejercía haciendo tortas. Cortaba el aguacate con una fineza extraordinaria que pienso que él era como un cirujano de la torta, tenía una habilidad manual impresionante porque podía armar barcos o coches, era un perfeccionista y creo que me lo heredó.

Siempre tuve duda sobre si ser arquitecto o ingeniero y hacer grandes puentes, o ser odontólogo y construir puentes pequeñitos entre los dientes. Era muy malo en matemáticas, así que eso me inclinó a salirme de la ingeniería y meterme a biología, porque me gustaba curar: curaba a mis perros, a la gente. Cuando tenía como 18 años trabajé con la Cruz Roja en las ambulancias como ayudante. Después me volví un voluntario que andaba en mi automóvil para recoger heridos que no podían levantar las ambulancias.

—Luego que estableció su consultorio de dentista, ¿quién fue el primer artista que llegó a atenderse?

—Primero tuve un consultorio atrás de Chapultepec, un lugar que me rentaban por hora. Después me fui a las Lomas de Chapultepec y tuve la suerte de que un médico que se llamaba Fausto Sánchez Cordero me vendiera su consultorio y me enseñara parte de su práctica. Fue una persona que me ayudó y, a partir de ahí, comencé a hacer mi clientela. El primero que llegó, en el año 1974, fue José Luis Cuevas, quien hasta le fecha es mi amigo y paciente. Y así fueron llegando Leonora Carrington, Gunther Gerzso, Ricardo Martínez, Fernando Gamboa, Gabriel Macotela; escritores como Alberto Blanco, Miguel Ángel Alamilla y Sergio Hernández, y muchos directores de museos, funcionarios de cultura, gente de la política, de izquierda, derecha, centro.

—Entonces usted es quien conoce las muelas de la intelectualidad mexicana.

— No toda, pero de una gran parte sí.

—¿Cómo es atender a un político de derecha cuando se tiene corazón de izquierda?

—No me crea ningún conflicto. A todas las personas las atiendo lo mejor que puedo. Soy un dentista que se dedica a lo suyo, no soy político y nunca he tenido pretensiones de tener puestos burocráticos, me gusta la iniciativa privada y desde ahí trabajo. Lo único que hago es que, con las relaciones que tengo, se forme un puente de unión entre los empresarios y las instituciones tanto públicas como privadas para apoyar y masificar el arte en las calles, las plazas, los parques.

—¿Por qué llevar el arte a la calle?

—Porque a los museos sólo tienen acceso una élite, que es la misma tanto para artes plásticas, música, teatro, danza, y creo que no es justo. En México tenemos la educación de no asistir a los museos porque nos intimidan, no sabemos lo que vamos a ver a dentro y no queremos hacer el ridículo.

Con este antecedente, quisimos llevar a los espacios de la calle lo que está dentro de los muros de los museos. Al principio lo hicimos donde llega más público, es decir, en la zona de Chapultepec, y lo hacemos porque en el momento en que la inseguridad, el hampa, el tránsito y el smog nos roban la ciudad, sólo nos quedan los museos, así que hay que sacar esas piezas para recuperar nuestras calles otra vez.

—¿En qué se considera mejor, curando dientes o curando exposiciones?

—Los dentistas dicen que soy muy bueno para curar arte y los artistas dicen que soy muy bueno para curar dientes. Yo vivo feliz con lo que hago porque no estoy buscando el reconocimiento de ninguno de los dos gremios.

—¿La colaboración con los políticos también se ha dado a través de la consulta?

—En parte ha sido suerte que toda esa gente hubiera llegado a mi consultorio y me tuviera confianza. He tenido la oportunidad de colaborar con mi ciudad desde los gobiernos de Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Robles, Andrés Manuel López Obrador, Alejandro Encinas y ahora Marcelo Ebrard, muchos de ellos son mis pacientes.

—¿Es más fácil pedir apoyo de los políticos cuando está a punto de sacarles una muela?

—Se podría hacer presión con eso, pero no, es una broma que a veces jugamos. Realmente es gente que conoce mis proyectos, me he acercado a ellos, han confiado en mí y no he fallado o he fallado muy poco.

—¿Cómo es como coleccionista?

—Realmente no soy coleccionista. La idea de la colección de juguete-arte-objeto era entregarla a un espacio público, así como las esculturas que formaron parte de las exposiciones Columnas, Campanas, Nopal Urbano, que se entregaron a institutos para gente discapacitada. No tengo el afán de poseer una colección. Creo que el coleccionismo es almacenar y tener más. Yo reúno, le doy forma y finalmente le doy un mejor destino. Claro que tengo cosas personales que me gustan, pero que no va más allá de lo que hay colgado en las paredes de mi casa, que no es nada de otro mundo.

—¿Le pesa el título de mecenas?

— Tampoco me considero un mecenas, simplemente un facilitador de que las cosas sucedan. Los mecenas siempre están buscando un beneficio, nadie da nada por nada, es mentira que el mecenas dé algo por el arte sin esperar nada a cambio. En su época, los que hacían los grandes mecenazgos eran los políticos, los monarcas o los religiosos que estaban buscando algo. Yo sí tengo un objetivo, sí me gusta el arte, pero no hago las cosas por amor al arte, las hago porque creo que es una necesidad y creo que el arte, llegando a más y nuevos públicos, tendrá un mejor fin y se va a reflejar en que seamos una mejor sociedad... ese es mi único objetivo.



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