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Orgullosa de ser parte de la tropa

Doris Gómora| El Universal
Miércoles 20 de febrero de 2013
Orgullosa de ser parte de la tropa

NOSTALGIA. Doña Andrea del Rosario asegura que fue “muy feliz” durante sus años en la tropa. Hoy celebra que mejoraron las condiciones para los actuales integrantes del Ejército mexicano. (Foto: ESPECIAL )

Andrea del Rosario recuerda su vida como sargento y sus viajes arriba del techo del tren, sus constantes mudanzas en la que cargaba con mesa y cuatro platos; ella es cimiento de una familia militar

doris.gomora@eluniversal.com.mx

Por los años que sirvió al Ejército mexicano, por todos los kilómetros que sobre el techo de los trenes recorrió por el país, y por su vida que le dedicó a la milicia como sargento, Andrea del Rosario Rodríguez tiene tantas historias que contar que con ellas podrían escribirse tomos completos.

Hoy a casi 100 años de la creación del Ejército mexicano, Andrea del Rosario, recuerda como si fuera ayer cada detalle de su alta en la fuerza castrense, de sus viajes, de cómo se acomodaban sobre el techo de los trenes y ya en marcha brincando de un vagón a otro ayudando a más mujeres con sus tareas.

Su familia lleva más de un siglo en las filas de la milicia en México; sus suegro, su padrastro, su mamá, su esposo, parte de sus hijos, su nieto, sus sobrinos, siguen la tradición de pertenecer al Ejército.

Pero también ha experimentado la pérdida de su yerno, un mayor, en la lucha contra el narcotráfico.

“Mi carrera militar fue muy larga y muy bonita, porque yo no me quejo de haber sufrido, no sufrí, al contrario yo gocé, conociendo, viendo. Ahora, tanta elegancia del soldado”, recuerda Andrea del Rosario Rodríguez en entrevista con EL UNIVERSAL.

Los remembranzas llegan solas, como se los cuenta a sus nietos y sobrinos, es volver a viajar: “Nada más vieras qué cosas tan bonitas arriba en el tren, yo nunca solté mi moscoba (gorra de sargento), ni mi morral de ración, ni mis trenzas arriba de mi cabeza. ¡Si ahora las soldaderas hicieran lo que uno hizo! ¡Viva nuestro gobierno que supo darle buena vida al soldado!”, exclama.

Andrea del Rosario se dió de alta, en 1925, en el Ejército en Río Verde, San Luis Potosí, donde existía el 24º Regimiento, y desde entonces comenzó a recorrer la República Mexicana como todavía hasta los años 80 lo hacían los miembros del Ejército: por tren, con largas horas de traslado, con paradas en algunas estaciones y sin importar ser mujer, sobre el techo de los vagones.

Aún siendo soltera, el tren era la única forma en que podía mudarse de un punto a otro. Las asignaciones en cada unidad duraban un año en promedio y una vez que se informaba a la tropa de un cambio, las mujeres volteaban las mesas de su comedor y “patas arriba” colocaban dentro todo lo que podían para el viaje, y después la envolvían para llevárselo cargando desde el pueblo hasta la estación del tren.

Cuando comenzó a viajar con su familia la mudanza creció rumbo al tren y consistía en “una mesita, éramos cuatro, mi hermana, mi mamá, mi padrastro y yo. Teníamos cuatro platos, una mesita, la canasta, cuatro jarros”.

El recorrido que más le gusta recordar es el que vivió hacia Sinaloa, cuando el tren sólo viajaba en la noche por órdenes del general que iba al frente, y que constantemente enviaba mensajes pidiendo vía libre para el paso de su convoy, para su tropa, y si en el trayecto se topaba con una máquina hacía que el otro ferrocarril diera marcha atrás.

La tropa, dice Andrea, apreciaba mucho a ese general, al que sólo conocían por el apodo del Monje Loco, porque cuidaba a su tropa, fue el primero en ponerles un convoy; cuando llegaban a una estación, pedía que se abrieran las llaves del tanque elevado de agua para que su gente pudiera lavar, bañar a los niños, y las mujeres prepararan de comer.

Los soldados solteros buscaban a las mujeres para que les lavaran, les cocinaran, y a cambio les pagaban. Andrea del Rosario era muy solicitada porque planchaba muy bien los uniformes con almidón y lograba que brillaran con la luz del sol, recuerda.

Nuevamente en marcha con las primeras horas de la noche, Andrea del Rosario y el resto de las mujeres regresaban al techo de los vagones del tren y eran advertidas cuando se acercaban a un túnel para que se acostaran a fin de evitar algún accidente.

Y tras la primera advertencia “que nos paramos con la cara llena de tizne, pero ya llegamos a un pueblo. Pasamos ese lugar de tantos túneles, eran muchos, pasaban de 40 creo. En un pueblo nos bajaron a todas para que nos metiéramos en un tren de pasajeros, pero fue para pasar un túnel. Después yo, con otra muchacha, nos subimos al techo del tren”.

En esa época a los soldados sólo se les daban dos uniformes y cada año se los cambiaban contra la entrega de los anteriores aunque quedaran rotos. En el batallón sólo contaban con un médico, una enfermera y un cabo como ayudante, y cuando Andrea del Rosario llegó a Sinaloa enfermó, pero a falta de instalaciones u de hospital le pidieron a su mamá que le consiguiera una almohada y una cobija para que la mantuvieran en observación sobre un catre.

La ayuda de Cárdenas

Tenían unas horas de haber llegado a Sinaloa cuando observaron cómo un grupo de mujeres con sus cosas e hijos bloqueaban las vías del tren, algunas estaban acostadas y eran jaloneadas por algunos soldados que intentaban quitarlas, porque se esperaba el arribo del tren del entonces presidente Lázaro Cárdenas.

El batallón del lugar se había disuelto y los hombres regresaron a la ciudad de México, pero con nuevas mujeres que conocieron en Sinaloa dejando atrás a sus esposas e hijos, sin un solo peso, recuerda Andrea del Rosario.

Ante la imposibilidad de quitarlas de las vías, el tren del mandatario se detuvo y un grupo de mujeres le contó al presidente Lázaro Cárdenas lo que ocurría, quien siendo militar también, decidió en ese momento que se cancelara el pago de los soldados en la ciudad de México y se les entregara íntegro a las esposas con sus hijos.

Las mujeres gritaron de gusto, aventando canastas y dando gracias al presidente Lázaro Cárdenas. Días después por orden del general llegaba un tren con los soldados que habían partido, pero sin sus novias.

Se llevaron al general

Su paso por Sinaloa terminó antes de lo previsto para Andrea del Rosario, su voz se corta y las lágrimas vienen a sus ojos cuando recuerda ese momento, en que se llevaron al general.

“Un día fui estaba yo dando de desayunar a mi padrastro cuando llegaron unos señores en un coche. Se paró mi padrastro, se pararon todos, se bajaron dos señores ahí muy encapuchados, muy bien vestidos, ¡sacaron a nuestro general! Y se lo robaron, jamás lo volvimos a ver”, su voz entrecortada se pierde.

Ese mismo día se les informó que el batallón se disolvía, y que tenían que estar a las cuatro de la tarde en la estación donde los reasignaron a Guadalajara y a las nueve de la noche iban rumbo a Puebla donde al llegar su padrastro se reportó, ella se dio de alta y después fue a buscar un cuarto pequeño que estuviera desocupado que era donde llegaban las familias.

Al poco tiempo conoció a otro militar, que habría de convertirse en su esposo, con el cual tuvo ocho hijos de los cuales tres varones se integraron al Ejército mexicano, y años después su nieto; además de tener otros sobrinos en la milicia.

Como otros militares Andrea del Rosario “habla soldado” y en ocasiones ha preguntado a sus “antiguos” o conocidos de su época sobre el general, además de platicar cómo ha mejorado la forma de vida para los miembros del Ejército.

Compara su experiencia como soldado y refiere: “Ya te digo mi mamá se echaba la mesa a la cabeza y yo las cobijas, mi hermana la canasta para la estación. Y ahora no, le ponen a uno un pullman para que vaya uno sentada, les ponen camiones para sus mudanzas”.

Las largas jornadas caminando con las mesas y su equipaje que llevaban en las manos o en la cabeza comenzaron a cambiar con el arribo del presidente Miguel Alemán. “De ahí para adelante, mucho lujo, ya no hubo soldaderas guachas. ¡Qué bueno, ahora los militares tienen su casa que se la renta el gobierno en la unidad militar, tiene sala, comedor, recámaras, me da mucho gusto. Les prestan también para comprar su casa propia”, comenta.

Para Andrea del Rosario esos beneficios son resultado de que llegaron presidentes del país a quienes les preocupó la tropa, “no tengo palabras para agradecer, ¿será el gobierno? no sé, el que ha ayudado al militar, que ha visto por él, por sus hijos, por su mujer, por sus papás, fíjate la atención ¿qué más quiere uno?, muere el marido y les dan pensión”.

Las vivencias de Andrea del Rosario se suman a toda la vida que ha dedicado su familia en el Ejército, y su experiencia se resume en una última frase: “Cómo me gustó esa parte de mi vida militar. Fueron muchos años de tropa, es muy larga la vida, pero yo fui muy feliz”.



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