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La metamorfosis del autódromo

Carlos Monsiváis| El Universal
Sábado 30 de abril de 2011
La metamorfosis del autdromo

FE. Cientos de miles de personas acamparon el 23 de enero de 1999 en el autódromo Hermanos Rodríguez para poder ganar un lugar para la misa solemne de Juan Pablo II. (Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL )

El 24 de enero de 1999, durante la cuarta visita del Pontífice a México, hubo una misa a la que asistieron unos 3 millones de personas, evento que reseñó el escritor Carlos Monsiváis

El río humano es interminable, sólido, espeso, reacio a reconocer los castigos del frío; estoico, alegre con el ritmo del único, extenso comentario sobre gran figura. Miles y miles, o diezmiles y diezmiles se agregan a la gran cadena del ser que es la cola para entrar al autódromo, hoy habilitado como el gran templo que acogerá la misa solemne del papa Juan Pablo II, en su cuarta y según los pronósticos de los expertos última visita a México. Se mueven a trechos o a golpes de tribu las familias burguesas convertidas casi literalmente en un solo cuerpo; se dejan ver las familias proletarias que a todo le imprimen el acento del relajo piadoso; los grupos de las parroquias se añaden a sus directores espirituales; los jóvenes se alborozan al hallar la causa que conjuga altos destinos con tiempo compartido generacionalmente.

La mirada registra a catequistas, curas, monjas, seglares empeñados en dar ejemplo de vida con- yugal; profesionistas orgullosos de su profesión de cristianidad ante el cerco de amigos íntimos, obreros que instruyen a sus hijos para que guarden estas horas como el mayor regalo de sus padres; empresarios que le imprimen a sus facciones el hieratismo del momento histórico. Consagrados y consagradas que le imprimen su paso el énfasis misional (“Predicad desde el andar”); jovencitas burguesitas al tanto de que hay algo más trascendente en la vida que las discoteques, integristas cuya severidad se atenúa al calcular cuántos se apartarán definitivamente del hedonismo y, sobre todo, creyentes que retornan a la fuente de las creencias, a la sensación de recobrar la inocencia, de “ser de nuevo la frente limpia y bárbara de un niño” (López Velarde), de ir como al principio a misa, tomados de la mano de los progenitores, pero esta vez a una misa del acercamiento del milenio con la presencia del Santo Padre.



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