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Una sociedad de lectores

Sandra Lorenzano| El Universal
Lunes 08 de noviembre de 2010
Una sociedad de lectores

. (Foto: CORTESÍA AGN EL UNIVERSAL )


La realidad de la lectura es, ante todo, un acto de emancipación e ilustración humana, quizá modesto, pero que transforma y realza nuestro conocimiento en aras de algo diferente del reduccionismo, el cinismo o el estéril mantenerse al margen.

-Edward W. Said

“En México, 7 de cada 10 estudiantes de primaria y secundaria, esto es, poco más de 14 millones, 600 mil estudiantes de primaria y secundaria, ‘están fuera del estándar de lectura’, no saben leer bien, no lo hacen con fluidez y tampoco comprenden los textos que abordan, aseguró el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio Irazábal” (El Universal, 26 de agosto de 2010). Frente a esta brutal carencia, se buscará fortalecer las políticas que tiendan a revertirla; como parte de éstas, ocupa un lugar destacado el llamado “control de lectura”, según declaraciones de la propia SEP. Leemos mal y poco: en el mismo discurso, el funcionario señaló que “el promedio de lectura en nuestro país es de 2.9 libros por año” (cifra más que preocupante, por supuesto, si la comparamos con los 7.7 que leen los españoles, o los 12 que leen los alemanes).

No me interesa que ganemos estadísticas, ni que acumulemos lecturas mal hechas sobre los pupitres —ya decía Montaigne: “No quiero para los estudiantes cabezas bien llenas, sino cabezas bien hechas”—; lo que me preocupa realmente es que les estamos negando a nuestros chicos el descubrimiento del maravilloso mundo de la lectura, con todo lo que ello implica en términos, no sólo de desarrollo de su sensibilidad, de su capacidad de análisis, crítica y reflexión, de su apertura ante el mundo y de conocimiento de la realidad y de sí mismos, sino que estamos debilitando uno de los principales instrumentos de construcción de ciudadanía. Y éste sí es un tema que nos afecta como país y que tendrá serias repercusiones en el futuro.

Así, el derecho a la lectura (más allá de la discusión sobre los “soportes” en que se hace), es una parte fundamental del derecho a recibir educación y de participar libremente en la vida cultural, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Derecho a recibir las herramientas que permitan “descifrar y construir sentidos creativos sobre los diferentes textos que hacen al mundo de la vida”, y así construir una nueva ciudadanía política, social y cultural.

Si nuestro modelo económico y nuestra propuesta educativa están excluyendo a millones de niños y jóvenes de un futuro ciudadano, los excluyen también del derecho a sueños y utopías. Dice Paulo Freire: “La educación necesita tanto de formación técnica, científica y profesional, como de sueños y utopías”. ¿Cómo hacer para que la escuela ayude a tener fe en sueños y utopías? ¿Cómo hacer para que nuestros jóvenes defiendan su derecho al sueño y a la utopía? ¿Acaso no sería ésta la base de una verdadera educación democrática? ¿De una educación que no corte las alas, sino que ayude a que crezcan y se hagan fuertes? ¿De una educación que desea que surja la palabra en el otro, que el otro encuentre su propio modo de expresión?

“Leer por gusto es algo que se contagia, como todos los gustos, viendo a los entusiastas sumergidos en un libro, o escuchando el relato de sus aventuras”, dice Gabriel Zaid. Y estamos hablando, por supuesto, de la pasión por la lectura, del descubrimiento de nuevos mundos a través de los libros, de aprender a escuchar sus voces y el eco que provocan en nuestro propio interior.

No hablamos de la “lectura utilitaria”, de la que cuenta las palabras leídas por minuto sin apenas comprender e interiorizar lo que se ha leído. Hablamos, al contrario, del desarrollo de un proceso de pensamiento lento y profundo. De un verdadero proceso de transformación.

Escribe la antropóloga Michelle Petit: "Los libros son acogedores y nos permiten sobrellevar los exilios de los que se compone cada vida, nos permiten pensarlos, construir nuestras moradas interiores, inventar un hilo conductor para nuestras historias, considerarlas con humor, reescribirlas día a día. Y a veces nos empujan a atravesar océanos, llevados por el deseo y la fuerza de descubrir paisajes, rostros jamás vistos, otras tierras, donde otros encuentros serán quizás posibles.

Propongo que invitemos a nuestros estudiantes a abrir las ventanas que regalan los libros, no ejerciendo el “control” de lectura, sino despertando la “pasión” por ella. Estoy segura de que nuestros escritores, periodistas, educadores y, en general, gente amante de los libros y preocupada por la democracia, se sumarían en una suerte de “cruzada” que permitiera contagiar la pasión por la lectura.

Sólo así podremos construir entre todos, un futuro de verdaderos ciudadanos, críticos, comprometidos con el país y con su realidad, creativos, abiertos, propositivos. Ciudadanos que sepan defender su derecho a sueños y utopías.

Escritora



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