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Frida Kahlo se manifiesta

Carlos Monsiváis| El Universal
Domingo 20 de junio de 2010

Al contemplarla, sentí el pasmo más tarde clasificado como uno de los “trances míticos” del laicismo. Nunca antes encontré una figura tan martirizada y altiva. No me la esperaba así, no con el rostro lívido donde parecía extinguirse un rito cristiano, no con ese distanciamiento ante el dolor ofrecido como hastío sublime. La escena era teatral al afectar a símbolos y a símbolos muy conscientes de serlo, tanto por su rol de celebridades en la ciudad relativamente pequeña (“Si lo reconozco ya sé que debe ser muy importante”) como por su condición de emblema de la diferencia en medios de la intolerancia. A su alrededor, las miradas los jerarquizaban y con el aire del habituado a extraer de su fama la autoridad que va necesitando, Diego Rivera dirigía las maniobras: bajen las silla del auto, háganse a un lado, acomoden a Frida, Juan O’Gorman y yo la llevaremos, vamos a la cabeza de la manifestación. A su lado, unas mujeres repartían volantes y vociferaban contra el golpe de Estado de la CIA en Guatemala, el militarote Carlos Castillo Armas contra el gobierno legítimo de Jacobo Arbenz.

Seguía a Frida y Diego (imposible llamarlos de otro modo) a lo largo de la manifestación, no muy nutrida en los términos actuales. De la marcha sólo recuerdo a la pareja. ¿Cómo apartar los ojos del coloso y de la dolorosa que él conducía? Desde mi culto adolescente por los héroes —del que me aparté críticamente debido a mi culto adolescente por los iconos perdurables— la pareja me alucinó. Frida Kahlo, el retablo actuado; Diego Rivera, la síntesis progresista de la fuerza de la naturaleza. Entonces aún no los cortejaban las biografías, los precios cósmicos de sus obras, los acercamientos fílmicos y teatrales, las retrospectivas, el aura que en cada época envuelve a las luminarias y tiende a olvidar el sentido específico de sus acciones. Apenas sabía de ellos —noticias vagas, escándalos, círculos de la admiración—, pero ya entonces, de verbalizar mi pasmo, me habría declarado en presencia de lo irrepetible.

Esa noche, deslumbrado por la experiencia única, escribí una reseña de la marcha, publicada en un periódico sorpresivamente llamado El Preparatoriano, de donde espero que jamás resucite. Así ingresé a la crónica, oh dioses.

(Fragmento de “Oficio: cronista”, un largo texto autobiográfico publicado el 26 de junio de 2004 en EL UNIVERSAL.)

 

 



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