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Compras de pánico en supermercados

José Gerardo Mejía| El Universal
Lunes 27 de abril de 2009
Agua, termómetros, guantes y antigripales llenan los carritos de supermercados, donde los cubrebocas se agotaron

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La influenza porcina ha generado un nuevo virus entres los habitantes del Distrito Federal: las compras de pánico.

Como si fuera una escena previa a la cena de Navidad o de fin de año, decenas y decenas de familias, la mayoría de ellas, sin niños, atiborran las tiendas de autoservicio para comprar cajas de leche y agua embotellada, arroz, frijol, charolas con pollo y carne, además de antigripales, termómetros, guantes de látex

Cubrebocas no, porque en tres cartulinas que están pegadas en el mostrador de la farmacia del Wal Mart de Fray Servando, se puede leer que no hay, que se agotaron, por lo que con suerte, uno encontrará un puesto del Ejército para obtenerlos de manera gratuita.

Ahí, en una de las largas y eternas filas que se han formado de manera permanente desde el viernes pasado, están Gloria y Fermín, matrimonio con dos hijos, participantes de los recorridos en bicicleta y vecinos de la colonia Jardín Balbuena.

Fermín se puso su jersey de azul y oro para gritar frente a la televisión, el agónico empate de su equipo frente a las Chivas, allá en el estadio de CU, mientras Karla y David, de 10 y 12 años de edad, matan enemigos con su equipo X Box.

Atrás de ellos, se encuentra una persona desempleada, de expresión desconfiada que cubre sus manos con guantes de látex y que se abstiene de responder cualquier pregunta por temor a un contagio y que casi en un susurro responde que se llama Fausto.

Casi a señas, pide a su interlocutor que se retire para mostrarle a un metro de distancia, que en su carrito lleva termómetros, cremas y líquidos sanitizantes y antigripales.

En la tienda, la ausencia de cubrebocas, permite a algunas personas zigzaguear entre el resto de los clientes, ya que en medio de miradas de desaprobación y reproche, se abren espacios para evitar un posible contagio.

“Es que en cuanto llegan los cubrebocas se acaban, incluso hay filas esperando”, comenta Luis Becerril, gerente de la tienda, quien pone cara de preocupación tras haber saludado de mano y confirmar que desde el viernes comenzaron las “compras de pánico”.

“Yo creo que la gente piensa que a la par de la influenza viene un desabasto o incremento en los precios, pero hasta el momento no nos han dicho nada… de repente, llegan los cubrebocas, pero siempre hay filas”, comentó.

Los cubrebocas son localizados a un par de kilómetros de ahí, en el Tianguis de Apatlaco, ubicado en la calle y colonia del mismo nombre a dos por cinco pesos, donde Elvia, vendedora de ropa tiene un anuncio, al lado de una oferta de pantalones.

“Yo los doy más baratos que en la farmacia, porque ellos están abusando y la gente no tiene dinero, pero necesita protegerse”, comenta, mientras saca un par de cubrebocas, de una bolsa donde hay al menos unos 200; “es que mi marido trabaja en el sector salud”, explica sonriente a unos calles de la estación del metro Apatlaco. Enfrente de ella, se encuentra el puesto semifijo de El Jaibas, quien vende mariscos, pero este fin de semana, “me ha ido peor que cuando hay marea roja”: no hay clientes.

Allá no hay clientes y el Metro no tiene usuarios, al menos en viajes de la línea azul y la que va y viene de la estación Constitución de 1917, los vagones van semivacíos.

En Plaza Universidad, cuatro de cada cinco lugares de estacionamiento está disponible, luego de que varios negocios decidieron cerrar temporalmente, como la cadena de Cinépolis, “hasta nuevo aviso”, como lo explica un guardia, con lo que se rompe una racha ininterrumpida de proyecciones de más de 20 años.

La medida, sorprendió hasta sus empleados, quienes cambian su cara de sorpresa, al ver los cordones que impiden el paso, por la de enojo, luego de que se les notifica que tienen que apoyar en el aseo de las salas.

En el Centro Histórico un mayor número de personas usa cubrebocas mientras recorre los pocos establecimientos abiertos. Frente al edificio del gobierno del DF, hay dos puestos del Ejército repartiendo la protección bucal.

Allá por La Merced en la calle de San Pablo, se encuentra la eterna fila de sexoservidoras que espera con paciencia, todas ellas sin cubre bocas. Esmeralda, costeña de 20 años de edad, piel morena y ojos verdes, ofrece caricias durante media hora por 200 pesos en el “hotel de a la vuelta”, mientras su padrote la observa a unos metros recargado en la pared, eso sí, con protección bucal.

En plena negociación, a su lado, pasa un cliente que tras salir del hotel, vuelve a ponerse el cubreboca para caminar hacia La Merced, Esmeralda sonríe y cuenta que durante no han faltado clientes, ya que ella, antes de las tres de la tarde contaba cinco.

“Es que yo creo que le tienen más miedo a la influenza que al sida”, comenta.



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