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El discurso

Manuel Camacho Solís| El Universal
Miércoles 21 de enero de 2009

En marzo de 1933, Franklin D. Roosevelt cambió el destino de Estados Unidos con un discurso. En un momento de desesperación, con uno de cada cinco trabajadores en el desempleo y un sistema bancario hecho añicos, el nuevo presidente pudo, con un brevísimo mensaje, electrizar a los ciudadanos y ponerse al frente de la lucha contra la emergencia. En enero de 2009 Barack Obama enfrenta circunstancias semejantes. Hay un desaliento generalizado. No hay recursos que alcancen para reestablecer el crédito. Sólo la política puede ganar la confianza, el tiempo y lograr los sacrificios que hagan la diferencia.

El discurso de aceptación de Roosevelt estableció una comunicación franca y enfrentó desde el arranque el pánico con su famosa frase de que, “a lo único que le debemos tener miedo es a tener miedo —al miedo sin nombre, irracional, injustificado que paraliza—”. El discurso puso los valores por encima de los intereses y las cosas materiales: los valores sociales por encima de las ganancias monetarias; resaltó la importancia de la honestidad, el honor, la generosidad. Reconoció la gravedad de la situación. Definió el problema principal: el desempleo. Señaló a los responsables: las prácticas de los financieros inescrupulosos que buscaron ganancias evanescentes y los falsos liderazgos sin visión.

Con el firme sustento de los valores y la confianza de la historia, Roosevelt llamó a la acción; a la acción inmediata. A controlar la especulación mediante la regulación de la banca, el crédito y las inversiones. A fortalecer la moneda. A dar prioridad a la recuperación interna y a la redistribución, por encima del comercio internacional. Definió una nueva orientación en la política internacional: la política del buen vecino fundada en el respeto a sí mismos y a los otros. Para finalizar, Roosevelt advirtió que, de no contar con el debido apoyo, podría solicitar facultades ejecutivas amplias para hacer la guerra a la emergencia.

El discurso de Obama de 2009 tuvo semejanzas y diferencias con el de Roosevelt de 1933. Coincidió en el énfasis en los valores, en poner la igualdad en el primer plano y en recuperar la honestidad, el trabajo esforzado, la tolerancia y el patriotismo. Tiene muchos encuentros con Roosevelt y con Lincoln. En el reconocimiento de la crisis. En su rescate de la historia. En señalar la irresponsabilidad de algunos de no tomar las decisiones duras y realizar los sacrificios necesarios. Llamó a enfrentar los retos. A poner la esperanza por encima del temor.

El discurso tuvo, también, diferencias respecto al de Roosevelt. Fue más cauto con sus antecesores, empezando por Bush. Más suave con los responsables de la crisis. Puso a la unidad por encima del conflicto. Fue un discurso prudente. Menos combativo. Mucho más orientado a la situación internacional. Definió un límite preciso en las relaciones internacionales con su posición firme frente al terrorismo, pero a la vez tendió puentes, llamó a una nueva relación donde los valores y los intereses se vuelvan compatibles. Exaltó el pluralismo religioso. Lanzó un mensaje de reconciliación.

El tono del discurso de Obama fue más ciudadano. Menos político. En muchos sentidos más idealista, con reminiscencias bíblicas, con múltiples conexiones con la fuerza de la fe y con la confianza de ser, él, un ejemplo de la integración y del avance de los derechos civiles. Esperanza y virtud, como las rocas donde apoyará su tarea de renovación de la economía, el rescate de la educación, el impulso a la ciencia y la tecnología, la reforma de la salud y el desarrollo de las energías alternativas.

Obama está consciente de sus estrechísimos márgenes en la economía y la política internacional. Ha apostado a la unión. A evitar el conflicto interno. Buscó evitar que se genere una oposición interna y una confrontación que limitaría más aún sus márgenes de acción, pero a la vez —y esto parece ser fundamental— dejó abiertos su márgenes de acción.

Su discurso decepcionará a muchos que lo apoyaron y esperaban una oferta de cambio más profunda. Pero también puso nerviosos a otros que, al no ver compromisos precisos, y al constatar su extraordinario apoyo popular, saben que podrá emprender decisiones que afecten sus intereses. Su silencio en muchos puntos fue la manifestación de su fuerza.

En 1933 ,Roosevelt definió un nuevo trato y aglutinó a las fuerzas del cambio. En 2009, Obama busca corregir los excesos internos y externos de su antecesor, sin ir a una confrontación. Roosevelt acertó. Su discurso fue histórico por su contenido y por sus resultados. Obama está a prueba, hasta hoy su serenidad y prudencia han sido sus mejores aliados. Lo hicieron candidato y presidente. Ahora se verá si, además de su valor intrínseco, son un recurso de astucia para suavizar las resistencias, conservar la iniciativa y facilitar su consolidación política.

 

 

 

El discurso de renovación y reconciliación de Barack Obama podrá ser histórico si va seguido del liderazgo eficaz que ya mostró en la integración de su equipo y ahora tendrá que demostrar al tomar las decisiones duras de la economía y al confrontar las decisiones más difíciles para la seguridad nacional. Por lo pronto, la gente está de su lado y le ha dado el tiempo de arranque que necesita.

 

 

 

 



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