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Resurrección taurina de Manolito Mejía

FIDEL SAMANIEGO | El Universal
Lunes 17 de noviembre de 2008
Dos orejas, la entrega del público, un buen trago y la salida en hombros fueron el premio para el matador en la México

fidel.samaniego@eluniversal.com.mx

Era Manolito Mejía Ávila un niño que tenía un sueño en la vida, sólo uno: ser torero. Desde chiquillo dio sus primeros capotazos a los becerros, y mostró intuición, madera. Aprendió pronto y mucho. Recibió consejos y apoyo de Manolo Martínez, se hizo novillero y tomó la alternativa como matador hace ya 27 años. Pasó el tiempo. Manolo Mejía corría con regular suerte, hacía las cosas bien, con oficio, sin llegar a ocupar el sitio de figura. Pero una noche de jueves, en la Plaza México, se encontró con Desvelado, le cortó las orejas y el rabo. Siguieron más triunfos.

Pero… pecó de soberbio. Otra tarde, en la Monumental, tras una buena faena, miró a los tendidos, se llevó la mano al pecho, levantó el índice, presumió que él era ya el número uno. El público no se lo perdonó. Y volvieron los años de las medias tintas, de no torear mucho, de la mala suerte en los sorteos, de los abucheos de la afición.

Sin embargo, ayer, Manolo Mejía tuvo su segunda resurrección en la México. En su primer toro, poco pudo hacer, el animal no se prestaba. Se retiró al callejón entre silbidos.

Y salió al ruedo con sus 513 kilos, su pelaje cárdeno oscuro, bien armado, el cuarto de la tarde, Don Fer, de la ganadería de El Junco —que fundó en 1948 Dámaso Cárdenas del Río, el hermano del general Lázaro Cárdenas—, hoy propiedad de Fernando Ochoa Ponce de León.

Lo recibió Manolo, con sus 43 años de edad, y sus ganas de ser ya lo que no ha podido. Verónicas regulares, una media con clase. Luego, como ya no lo hacía desde hace tiempo, puso banderillas. Brindó a su esposa y a sus hijitos, y a la gran faena, a los naturales templados, suaves. Series que adornaba con el martinete, y remataba con intensos pases de pecho. Y más. También por derechazos. Y la vitolina. Y un espléndido cambio de mano. Un toreo reposado, sin prisas, con la madurez que ha adquirido don Manolo. Don Fer parecía ya sin fuerza. Pero el diestro quería más, y el público, que gritaba: “¡Torero, torero!” también. Por fin se tiró a matar con una estocada entera, que a algunos pareció bajonazo. Dos orejas, la entrega de la gente, un buen trago de una bota y la salida a hombros fueron el premio al reconciliado Mejía.

Por su parte, Fermín Spínola, quien fuera discípulo de Curro Rivera, pecó de valiente. Y ganó las palmas, los olés a base de exponerse, de estar entre los pitones. Cuando iba a poner un par de banderillas, intentó hacer el quiebro, el toro no se tragó la finta, se fue contra el cuerpo, lo levantó, lo arrolló, sin herirlo. Con coraje, con su hambre de gloria se levantó Fermín. Ganó una merecida oreja.

Confirmó su alternativa el desconocido Pedro Rubén. Muy verde. Desperdició a sus dos toros. Pero no tiene la culpa el muchacho, sino quien, sabrá por qué, y habiendo otros jóvenes que son promesas, lo hizo debutante.

 

 

 



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