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En busca de reclutas para Irak

JUAN VELEDÍAZ/ENVIADO | El Universal
Miércoles 26 de diciembre de 2007
Estados Unidos ha enfocado su búsqueda de soldados entre residentes latinos con edades entre 19 y 30 años, con la promesa de otorgarles la ciudadanía, luego de un año de servicio

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GUASAVE, Sin.— Cuando Idelfonso Ortiz Cabrera recibió una “invitación” del ejército de Estados Unidos para presentarse a la base militar de Luke, en Phoenix Arizona donde residió hasta el año pasado, tomó sus pertenencias, atravesó la frontera por Nogales y regresó a El Burrión, un poblado del norte de Sinaloa donde hace poco más de 18 años nació.

En esta comunidad localizada a seis kilómetros al sur de Guasave es difícil encontrar una familia que no tenga por lo menos uno de sus integrantes con residencia legal o ciudadanía estadounidense. No solo porque desde hace décadas el poblado es punto de partida de migrantes, sino porque la mayoría de ellos tienen aquí sus casas propias y con cierta frecuencia regresan en compañía de sus hijos la mayoría de ellos residentes en la Unión Americana.

Idelfonso es un chico de un 1.80 metros de estatura que luce bigote y corte de pelo casi a rape estilo cholo. Su corpulencia contrasta con la timidez que deja entrever cuando cuenta a sus amigos los motivos por los que regresó de Phoenix luego de que él y otros jóvenes mexicanos residentes en los Estados Unidos comenzaron a ser “invitados” para acercarse a las oficinas de reclutamiento militar.

Primero era con volantes que repartían entre jóvenes de apariencia latina a las afueras de los centros comerciales como invitaban a sumarse a filas, tiempo después comenzaron a acercarse a los domicilios para ofrecer a cambio de prestar el servicio por un año en Irak que al regresar se les concedía la ciudadanía. Pero eso era antes, ahora el lapso ha aumentado pues el requisito es un año y medio de servicio para que al terminar se les otorgue la nacionalidad estadounidense.

Lo que Idelfonso contó luego de recibir el documento fue que él no iba a pelear por una guerra que no sea de México, y que no iría porque el conflicto no es de él ni de su país. Ese fue el motivo por el que decidió tomar sus maletas, coger las llaves de su auto y manejar desde Phoenix Arizona a Guasave Sinaloa e instalarse con sus padres en El Burrión.

Un número de por vida

Pero no fue el único. Otros jóvenes de este poblado como Carlos Mario Pérez lo hicieron desde hace un par de años cuando la situación para las tropas estadounidenses en Irak empeoró y entonces, la campaña de reclutamiento, se enfocó hacia residentes debido al rechazo entre los ciudadanos estadounidenses a enlistarse como soldados.

El primero en ser “invitado”, cuenta este hombre de 34 años y padre de familia con dos niños, fue Orlando su hermano menor, quien rechazó la oferta pues comenzaba a ser evidente entre la comunidad migrante que el peligro para los reclutas era mucho mayor que para un soldado de base en la zona del conflicto.

“Nosotros vivíamos cerca de la base de la fuerza aérea en Phoenix, diario veíamos cómo despegaban dos aviones Hércules con todos los muchachos que se alistaban. Estaban reclutando como en la guerra de Vietnam, te decían que te iban a entrenar durante un mes y que después de firmar el contrato en un año ya eras ciudadano, luego que se puso más difícil le subieron a un año y medio y ya muchos mejor ni siquiera se quisieron enlistar”.

Carlos Mario cuenta que su hermano Orlando estuvo hace unos días en El Burrión y le contó que el reclutamiento sigue en el mismo tenor sobre todo con los residentes mexicanos en comunidades cercanas a Phoenix.

En un momento de la plática hace una pausa para recordar que cuando en marzo del 2003 inició la invasión militar estadounidense a Irak, comenzaron a llegar a su centro de trabajo en Arizona invitaciones a los mexicanos para que se enlistaran. Su temor ante el acoso por parte de los reclutadores con los jóvenes que como él habían regularizado su situación fue que de la insistencia se pasara a la obligatoriedad por lo que en julio de ese año decidió regresar a Sinaloa.

Quienes siguieron en Arizona fueron los hermanos Martín y Lorena Sandoval, originarios también de esta comunidad, quienes se las ingeniaron para evadir las insistentes proposiciones para que se alistaran. En el caso de la chica, de escasos 23 años, estaba lista para enrolarse pero un accidente de tráfico la inmovilizó temporalmente de una pierna por lo que comunicó a la base de reclutamiento que posponía su ingreso.

A Martín, de 26 años, le llegó una carta para que se presentara a una unidad del cuerpo de Marines en Phoenix y respondió que padecía una enfermedad ocular que le impedía prestar servicio. En ambos casos las misivas dejaron de llegar, dice Carlos Mario, concuño de Martín.

La generación de jóvenes entre los 18 y 30 años que residen legalmente en Arizona y que son originarios de esta comunidad de Guasave en su mayoría ya han sido padres de familia y sus hijos, nacidos en territorio estadounidense adquieren en automático la ciudadanía. Lo que Carlos Mario le sorprendió cuando nacieron sus hijos fue que cada bebé se le asigna una matrícula la cual será su clave de identidad militar con la que será llamado a prestar servicio una vez que cumpla la mayoría de edad.

“Yo tengo dos niños, ¿te imaginas? cuando sean grandes los van a mandar de carne de cañón a una guerra, también por eso me regresé, nada más ahorita hay como mil 500 niños que nacieron en Phoenix cuyos padres son de aquí”, dice. La boda que no fue Cuando Ramón Romero Soto, un chico que vivió 19 años y que en sus vacaciones desde que era niño solía pasarlas en El Burrión, murió durante un ataque a la patrulla de marines a la que pertenecía el 22 de agosto de 2005 durante los combates que se registraron en el bastión rebelde de la ciudad de Faluya, su familia levantó un pequeño altar en su domicilio y su historia se convirtió en referente para todos los chicos del poblado que como él en algún momento pensaron ir a pelear a Irak.

Ramón había nacido en San Diego pero sus padres eran de esta región de Sinaloa, era ciudadano estadounidense y al terminar de estudiar la preparatoria realizó un curso de capacitación para agentes de reserva. Desde que inició la invasión a Irak comenzó con la idea de alistarse para la guerra, dice su tía Fabiola Soto Parra.

La familia vive desde hace tiempo en San Diego y ahí fue donde Ramón le pidió a su madre María Soto Parra que le firmara la carta donde le autorizaba asistir al curso de marines cuando solo tenía 17 años y era aún menor de edad. Decía que si no le firmaba al llegar a la mayoría de edad iría por su cuenta, dice su tía.

Al ingresar al curso no imaginó que la rudeza de la preparación y la incomunicación con su familia serían las tónicas antes de partir a Bagdad. Quizá por ello en la primera oportunidad le entregó el anillo de compromiso a su novia Tania Martínez, una chica sinaloense que aparece junto a él en una fotografía que está en el altar.

Antes de partir Ramón comunicó a su madre y a su novia que si un día se presentaba a su domicilio un policía militar era porque había sido herido en combate pero que si llegaban dos oficiales de la infantería de marina era porque había fallecido. Cuando partió se comunicaba por teléfono cada ocho días y en los pocos minutos que le autorizaban para hablar contaba que la comida que les asignaban venía en sobres que se tenían que calentar al sol, casi no dormía y que su unidad entraría en acción en pocos días.

Por aquellas semanas su mamá y su tía visitaba a su madre en Tijuana y al volver a San Diego encontraron un mensaje en el teléfono. Cuando la señora se comunicó a la Cruz Roja que era donde provenía el recado a las pocas horas hicieron sus aparición dos oficiales del ejército y entonces recordó lo que su hijo le dijo.

Ramón había partido a Irak un 4 de julio y murió al estallar una bomba al paso de su unidad en una calle de Faluya el 22 de agosto de 2005, estuvo en el frente un mes y medio.

La última vez que fue a El Burrión fue en el verano de 2003 cuando tenía 17 años. En esa ocasión se paseó con sus amigos por una playa cercana a este poblado. Al morir fue sepultado en el cementerio de Rose Hills en San Diego, California, y en el pueblo comentan que al volver de Irak tenía pensado junto con su novia radicar en Sinaloa.



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