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“Por 20 mil pesos me vendieron mis papás”

Óscar Balderas| El Universal
04:00Domingo 29 de septiembre de 2013
A Esther sus padres la vendieron tres veces. La primera ocasin era una beb y ellos recibieron un a

ABUSO. A Esther sus padres la vendieron tres veces. La primera ocasión era una bebé y ellos recibieron un animal de rancho a cambio. La segunda obtuvieron 20 mil pesos y fue explotada sexualmente. La última vez la compró una mujer adinerada para servicio doméstico. (Foto: FOTO ISAÍAS PÉREZ )

Infancia en remate: cuánto vale una niña en México. Las ofrecen para trabajo doméstico sin paga, comercio sexual o matrimonio forzado

politica@eluniversal.com.mx  

Esther no sabe muchas cosas: su fecha de nacimiento, la calle donde creció, el nombre de sus papás... tampoco leer o escribir. Si alguien le pregunta sobre su cartilla de vacunación, pondrá cara de extrañeza y se encogerá de hombros. Lo que sí sabe es que toda su vida los adultos le han dado trato de mercancía en oferta.

También sabe contar su historia con voz queda, mezclando singulares con plurales, como suelen hacer los indígenas oaxaqueños que hacen un esfuerzo por hablar un idioma que no les enseñaron. Y cuando encuentra en el español las palabras que necesita, enreda sus dedos y platica cómo en su país ella vale menos que un mueble.

“Me vendieron cuando estaba bien tiernita, una bebé… ”, dice entre dientes para comenzar a narrar la primera vez que la vendieron: tenía ocho años y había pasado su vida alejada de cualquier escuela, hasta que murió su papá y su mamá fue incapaz de mantenerla. Entonces le dijo que ella no era su madre y que debían entregarla a sus verdaderos papás.

La realidad, supo después, es que la intercambiaron por un animal de rancho a un matrimonio que la quería para los quehaceres domésticos. Y del mismo modo que se vende un objeto, sus papás la entregaron y no quisieron saber más de ella.

Contra su voluntad trabajó con sus “verdaderos papás” durante dos años, sin clases ni amigos; sus juguetes eran las escobas con las que barría el piso de una casa en la zona pobre de Huatulco, Oaxaca.

A los diez años, una confesión de sus “verdaderos papás” permitió a Esther saber que había sido vendida. Enojada, se fugó y se fue con una tía, quien le consiguió trabajo en el único lugar de la región que podía aceptar a una niña de 10 años sin documentos: un bar en la zona marginal de Juchitán, donde el fantasma del tráfico de niños la siguió en la forma de un hombre de unos 40 años que se acercó a ella, indagó su domicilio y la compró por segunda vez en su vida. El tipo sólo necesitó 20 mil pesos para hacerse de ella.

“Mi ‘papá’ me dijo que fuera con él. Yo no quería ir, pero el muchacho me dijo ‘tus papás ya te vendieron por 20 mil’. Yo le decía al muchacho ‘no voy a ir contigo’, pero me llevó a la fuerza. Yo llegué a su casa y me dice ‘métete’. Yo no me quería meter. Tiene como tres cuartos: uno de su mamá, uno de él y otro no sé de quién es. Ahí fue que me violó”, cuenta Esther.

Aquella primera estadía con ese hombre llamado Francisco Ordaz, Esther la recuerda como una noche que olía a mangos que se podrían en el jardín y en la que suplicó piedad. La mamá de Francisco sólo la miró con desdén, cerró la puerta de su recámara y dejó que su hijo abusara sexualmente, por primera vez, de ese “objeto” de 10 años.

“Con un mecate me amarraba y me violaba por atrás, porque no me dejaba adelante”, dice Esther para ejemplificar las violaciones sistemáticas y los golpes que le propinaba Francisco. El abuso no paró ni cuando semanas después quedó embarazada, y antes de cumplir once años tuvo su primer aborto.

La obligaban a drogarse

Si no era abusada o golpeada en casa, a Esther se le podía encontrar en el bar de Francisco, donde la obligaba a consumir mariguana y cocaína para estar siempre despierta para los clientes.

“En el bar me decía que me acostara con los hombres, que me drogara. Yo no recibía dinero, nada de eso. Algunos me respetaron, porque me conocían y (sabían) que no podía (tener relaciones sexuales) porque estaba chiquita, pero se enojaba el señor y me pegaba mucho. Vi muchas niñas ahí. Como diez o veinte. Hay de trece, diez años, ocho… y de quince años”, recuerda.

Pasaron tres años con Francisco antes de que Esther pudiera revelar a su tía el abuso que sufría. Lo aguantó hasta que cumplió 13 años y supo que estaba embarazada por segunda vez. Con ayuda de su familiar esperó a que su captor saliera a comprar droga y huyó del bar.

¿Qué necesita alguien en el mercado negro de la trata de personas en México para comprar a un menor? Entre 5 mil y 40 mil pesos en efectivo, alguna propiedad como un local comercial o un pequeño predio, una vaca, un caballo, algunos gallos o hasta un cartón de cervezas.

Incluso, se puede pagar en abonos: el 9 de febrero de 2012, en el portal mercadolibre.com.mx, se podía participar en la venta de un bebé de ocho meses a cambio de 12 pagos mensuales de mil 916 pesos con cargo a una tarjeta de crédito. Para hacer creíble la oferta, el vendedor —originario de Sinaloa— publicó su número telefónico y la foto del menor, bajo el título: “Hermoso Bebé En Venta Para Organos o Lo Que Necesite Urge!!” (sic).

El anuncio se mantuvo en la web cuatro horas. En ese lapso recibió 10 ofertas; una del tuitero @el5anto, quien aseguró que la oferta fue real. “Dame 20 mil en efectivo y cerramos el trato”, habría dicho el vendedor.

El caso de Esther no es un fenómeno aislado: el Comité de Seguimiento de la Alianza de Mujeres Indígenas de México y Centroamérica señala que 70% de las víctimas de este delito son indígenas, cuyos usos y costumbres facilitan que sean vistas como objetos de cambio.

Los otros casos se reparten en el resto del país y en zonas urbanas como Pachuca, Hidalgo, donde la Procuraduría de Justicia local informó el 18 de agosto pasado que fue detenido un hombre que vendió a su recién nacida en 35 mil pesos; o en el Estado de México, donde el 13 de diciembre de 2011 elementos de la Procuraduría General de la República detuvieron a un papá que cambió a su hija de 14 años por 5 mil pesos y un celular.

Sucede también en el Distrito Federal, donde la investigadora Albania González, integrante de Consultoría de Estrategias para la Igualdad Social, ha documentado la venta de niñas de comunidades triquis, en la delegación Cuauhtémoc, para matrimonios forzados.

“Es un fenómeno que va escalado y del que, desgraciadamente, no tenemos datos oficiales. Lo más que sabemos de la venta de menores es lo que documenta la prensa cuando se detiene a alguien. No hay datos, no hay bases de colaboración, nada”, cuenta Juan Martín Pérez, director de la Red por los Derechos de la Infancia.

Crimen organizado, parte de la red

La venta de niñas también tiene su origen en el crimen organizado: ahí están los casos de los secuestros silenciosos de indígenas en Tamauín, San Luis Potosí; los levantones” de adolescentes que hacen Los Caballeros Templarios en las poblaciones originarias de Tepalcatepec, Michoacán; los raptos de las hijas de los tarahumaras de la Sierra de Chihuahua, donde el Cártel de Sinaloa controla a los rarámuris.

También “ayuda” la falta de protección de las autoridades mexicanas a los menores migrantes que viajan desde Centroamérica sin documentos: más de 30 mil niñas y niños fueron detenidos en estaciones migratorias entre 2008 y 2012 y, por cada cien de ellos, hay cinco menores de once años que se mueven de frontera a frontera sin que un adulto los acompañe.

Ya que están en poder de los grupos delictivos, las víctimas son vendidas a prostíbulos, casas de citas, locales de masajes o para matrimonios forzados con centroamericanos que desean la nacionalidad mexicana para facilitar su llegada a Estados Unidos; en otros casos, las entregan a lenones que las ofertan para servicio doméstico sin paga.

“La trata laboral está prácticamente en todo el país. Está tan naturalizada que ni siquiera la visibilizamos y es igual de grave que la otra. De esto, tampoco hay cifras”, lamenta Mayra Rojas, directora de la asociación civil Infancia Común.

Se les puede ver en cientos de lugares por el país: vendidas para limpiar las residencias de fraccionamientos como el Gabilondo en Tijuana, Baja California, o para sostener hasta 40 relaciones sexuales por noche para beneficio de tratantes que operan en bares a la orilla del río Coatán, en Tapachula, Chiapas.

“No es un fenómeno antiguo o superado. La venta de niñas va creciendo en México. No es posible, no es aceptable en un país como éste. Cada día que pasa que las autoridades no están viendo este problema, decenas de niñas y niños sufren, los violan, acaban con ellos como mercancía”, comenta Rosi Orozco, presidenta de Unidos Contra la Trata.

Se trata de un negocio casi sin riesgos en México, pues 98% de los delitos de trata de personas no alcanzan una sentencia condenatoria, asegura Fernando Batista, quinto visitador de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH): “Es más, sólo 24 estados del país tienen una ley especial contra la trata de personas (…) En cuanto al tráfico de personas, o de venta de niñas y niños, no existe un diagnóstico puntual. Es importante que las autoridades se coordinen. Todo deriva de la impunidad”, añade.

Un primer acercamiento a este tema será el estudio que desde hace un año elabora la CNDH para conocer, municipio por municipio, los focos rojos de la trata de personas. “En unos meses estará listo”, adelanta Batista.

Mientras llega el diagnóstico, historias como las de Esther amenazan con seguir.

“Carne de gata, buena y barata”

Cuando Esther huyó del bar y volvió a casa de sus “verdaderos papás”, su condena fue el embarazo. A la familia no le importó que fuera por una violación. Decidió que era algo vergonzoso y que apenas tuviera a su hijo se lo quitarían y la volverían a vender, ahora a “la señora Margarita”, una mujer que la adquirió por una suma desconocida, para el servicio doméstico de su casona en Huixquilucan, Estado de México.

Trabajaba sin días de descanso para atender las necesidades de los hijos —Jorge y Tatiana—. Para dormir, debía acomodarse en una tina sucia y, sin almohada, taparse con una cobija diminuta y apestosa.

Pero Jorge llevaba el abuso a otro extremo: de madrugaba caminaba de puntillas al baño de Esther, le tapaba la boca y la violaba. Cuando lo hacía, él susurraba una frase ordinaria: “carne de gata, buena y barata”.

Así duró un año Esther, hasta que encontró la manera de escapar. Limpiando el gimnasio de la casa vio que la ventana estaba abierta. No lo dudó, dejó todo en el suelo, se apoyó en el marco y se aventó desde el primer piso al patio.

Corrió hasta encontrarse con el policía Julián N, a quien le contó todo. Él prometió ayudarla y con el acompañamiento de una patrulla, sacaron sus pocas pertenencias de la casa. Los tres habitantes repetían una y otra vez que no había que creerle a la niña. Está loca, decían.

Denuncia a sus captores

Luego de la huida, el policía estatal del Estado de México la asesoró para levantar una denuncia por trata de personas contra Margarita, Tatiana y Jorge. Cuando el proceso terminó, el uniformado se dio cuenta que la niña de 14 años no tenía ningún lugar a donde ir, así que le ofreció alojamiento en su casa en la Ciudad de México.

Ahora Esther tiene 17 años, sigue sin conocer a su primer hijo y sabe más cosas: incluso ganando, pierde, porque Julián N vive con el temor de ser detenido por el delito de estupro, ahora que tienen un hijo de tres años juntos. Pero a Esther no le importa, dice que es feliz ahora que dejó atrás más de 6 mil 200 días de ser tratada como mercancía. Está feliz de poder cargar a su niño.



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