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Los nuevos soldados de la fe

Eduardo Mora Tavares| El Universal
Miércoles 17 de agosto de 2011

eduardo.mora@eluniversal.com.mx

El arresto del joven mexicano José Alvano Pérez Bautista, tras descubrirse, según la Policía Nacional, que tenía intenciones de atentar contra quienes se oponen a la visita del Papa Benedicto XVI a España, parece mostrar el avance de la intolerancia religiosa, en tiempos de incertidumbre política, inestabilidad económica y xenofobia.

Fuentes policiales aseguraron que el joven participó en los últimos días en foros ultraconservadores y de seguidores acérrimos del cristianismo en Internet en los cuales hizo comentarios despectivos contra quienes cuestionan la visita del Papa para participar en la Jornada Mundial de la Juventud que inició ayer en Madrid.

Presuntamente, Pérez Bautista, quien estudió en Puebla —¿alguien se acuerda de la película Canoa?— decía que se debía acabar con los opositores al Papa y que para ello bastaba con fabricar gas sarín para matar de un plumazo a cientos de personas.

Por fortuna, de acuerdo con la información de la policía española, las supuestas intenciones asesinas del mexicano sólo habrían sido ideas, terreno en el que debería darse el verdadero debate religioso, pues de otra manera, estaríamos lamentando otra tragedia como la vivida el 22 de julio pasado en Noruega, cuando el ultraderechista Anders Behring Breivik, de 32 años, mató a 76 personas.

Justamente, puede hablarse de una conexión “espiritual” entre estos dos soldados de la fe cristiana, que están dispuestos a combatir como modernos cruzados a quienes ven como “enemigos de la cristiandad”. No son jóvenes ignorantes —Breivik tiene una maestría en ciencia política y Pérez Bautista hacía estudios de posgrado—, pero sí fanáticos, convencidos de tener la razón y de que su fe es la verdadera.

Breivik atentó contra su gobierno por ser tolerante y contra jóvenes como él, pero socialdemócratas, por ser una especie de “tontos útiles” que no se oponen a la inmigración islámica, que en su visión de cruzados, amenaza con diluir la identidad cristiana. Pérez Bautista, de resultar ciertas las versiones de la policía madrileña, rechazaría, en consecuencia, a los antipapistas, ateos y seguramente a los que toleran la libertad religiosa.

El celo de Dios que caracteriza a los fanáticos contemporáneos, para usar la expresión del filósofo alemán Peter Sloterdijk, tiene raíces profundas en la convicción de las tres grandes religiones monoteístas de ser cada una la única verdadera, al grado de librar guerras por la defensa de sus respectivas creencias a lo largo de los siglos.

No hay que olvidar, por cierto, que el propio Benedicto XVI ha reclamado a los líderes europeos asumir la identidad cristiana de Europa, en lo que coincide con su compatriota la canciller alemana Angela Merkel, opuesta al ingreso de Turquía a la Unión Europea, entre otras razones, precisamente por ser una nación islámica. Nadie puede negar el papel del cristianismo en la historia de Europa, pero las otras religiones monoteístas también lo han tenido. Basta pensar en las contribuciones del islam a la cultura española (Al-andalus), así como las del judaísmo (Sefarad).

Si bien en los últimos tiempos los extremistas religiosos parecieron provenir del fundamentalismo islámico —desde ayatolas que condenaban a muerte a novelistas (Salman Rushdie), hasta terroristas que ponen bombas y amenazan a caricaturistas que ridiculizan a Mahoma—, los cristianos radicales han tomado la estafeta ahora.

El ecumenismo está siendo olvidado, la confrontación —choque de civilizaciones— ocupa el lugar del diálogo cultural y religioso, y donde debían estar las ideas, el arte y la literatura, el fanatismo sólo coloca balas, tóxicos y explosivos para enorgullecerse con los muertos que causan.

El gran poeta alemán Novalis habla en su novela inconclusa Enrique de Ofterdingen del entusiasmo cristiano por rescatar el Santo Sepulcro de los musulmanes en Jerusalén. Pero apenas unas páginas más adelante, él mismo admite, con la historia de Zulima, que las cruzadas, “aquellas guerras tan horribles como inútiles... no han hecho sino provocar la miseria del mundo y cavar un hondo abismo entre Europa y Oriente”.

Los extremistas de todas las religiones ahondan, sin duda, ese abismo. Hoy hace falta, como dice Sloterdijk, que las culturas “se civilicen mutuamente”. Es hora de más tolerancia, no de más oscurantismo.



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