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Sin mexicanos... y sin cantina

J. Jaime Hernández| El Universal
Martes 02 de mayo de 2006

LOS ÁNGELES.- En las inmediaciones de la cantina Chapala, en el corazón del este de Los Ángeles, todo ayer era desolación. Por primera vez en su historia, este negocio de leyendas tan turbias como pecaminosas cerraba sus puertas para sumarse al boicot del 1 de mayo.

En la parroquia de Nuestra Señora de la Resurrección, el padre John Moretta, que ha luchado durante casi 30 años por el cierre de la cantina, elevaba los brazos al cielo mientras festejaba. "¡Ha sido un milagro! He luchado durante casi 30 años para cerrar esa cantina porque era un foco de violencia y prostitución. Y nunca lo había conseguido. Y hoy, por obra y gracia del boicot, al fin he conseguido que cierre sus puertas. Al menos por un día", dijo en tono festivo, mientras hacía replicar insistentemente las campanas de su iglesia para solidarizarse con la jornada de brazos caídos en la que ayer participaron sus feligreses.

En las esquinas de las avenidas Olympic o Witthier, los tradicionales puestos de tacos y quesadillas que frecuentan mecánicos, albañiles y jornaleros eran ayer sólo un rumor. Letreros de "Hoy no se trabaja" dejaban constancia, en escaparates y ventanas, de una intención: la de no acudir a trabajar y participar, en cambio, en las marchas convocadas en defensa de la legalización de 12 millones de inmigrantes.

En el oeste de Los Ángeles, las marchas lo inundaban todo con banderas de EU y México portadas por un ejército clandestino de durmientes que, por tercera ocasión en menos de dos meses, salieron de sus catacumbas después de permanecer largos años en la sombra. "Ya no somos invisibles. Dice mi amá que ya no somos invisibles", musitaba Diana, una niña de apenas nueve años de edad, sin comprender cabalmente el alcance de esa expresión.

En los jardines de la alcaldía, un grupo de estudiantes bailaba una charanga. Hombres y mujeres que nunca se habían visto formaban parejas improvisadas para mover la cadera al golpe de tambores y maracas. Una mujer disfrazada de la Virgen de Guadalupe parecía flotar entre la multitud, portando un letrero que rezaba: "¡We didn´t cross the borders! ¡The borders crossed us!" (Nosotros no cruzamos las fronteras. Las fronteras nos cruzaron a nosotros).

Bajo un sol de justicia, que se cobró los primeros desmayos y víctimas por ataques de agorafobia, jóvenes con peinados de diseño y ropa multicolor se abrieron paso entre la multitud para defender el derecho de los inmigrantes gays: "¡Jotitos unidos, jamás serán vencidos!", gritaban al unísono en una jornada en la que cada colectivo de la comunidad inmigrante hizo escuchar sus reclamos.

Más allá, un grupo de manifestantes indignados acorralaban a un equipo de reporteras del canal de noticias 34 de Univisión que intentaban mantener el tipo en medio de una marea humana, mientras el resto del equipo buscaba el refugio de su unidad móvil:

"¡Vendidos! ¡Traidores! ¡Malinches! ¡Culeros!", gritaba la multitud al equipo de periodistas.

"Quisieron dividirnos con sus informaciones contra el boicot. Es un asco su política informativa", musitó Juana M., una mujer que se sumó al grupo de manifestantes para impedir la transmisión en directo de las reporteras.



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