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Importaciones y el debilitamiento del mercado interno

Gregorio Vidal*| El Universal
Viernes 13 de abril de 2012
Importaciones y el debilitamiento del mercado interno

. (Foto: )


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Entre los denominados beneficios de la globalización se cita con frecuencia el proceso de desinflación que se observa desde hace más de dos décadas. Se destaca que ha existido un aumento del comercio mundial y de la competencia. Además, se han producido disminuciones en dos precios importantes en el funcionamiento de las economías: los costos de los salarios reales y los precios reales de las importaciones.

En México la economía funciona con tasas de inflación bajas, al punto que es posible sostener que no se observa dificultad en este frente. Pero, como se ha destacado en colaboraciones anteriores, otro resultado del proceso es un muy débil crecimiento económico. Hay más hechos que plantean serias interrogantes sobre el curso futuro de la economía del país y las condiciones para enfrentar los graves y crecientes problemas en materia de desigualdad , desintegración social y regional y pobreza.

El comportamiento de los salarios no deja lugar a dudas sobre la tendencia que prevalece. Tanto los salarios mínimos, como el promedio de los salarios que perciben los trabajadores que cotizan en el Seguro Social no están creciendo en años recientes, a la vez que aumenta el trabajo informal y la ocupación en micronegocios y una gran cantidad de actividades que informan de una exclusión social creciente. Un escenario de esta naturaleza no permite considerar fortalecimiento alguno del mercado interno. Pero también, el comportamiento del comercio exterior refuerza la debilidad del mercado interno.

Al aumento en el componente importado de las inversiones y el mantenimiento de altos niveles de contenido importado de los bienes intermedios que se usan en las manufacturas, que son exportadas en grandes cantidades, se suma el creciente incremento en las importaciones de bienes de consumo. Las exportaciones y en particular las exportaciones manufactureras tuvieron una ampliación notable a partir de los años de 1993-1994. El incremento se correspondió con uno incluso mayor de las importaciones, incluidas las de bienes de consumo. Para el año 2011, las importaciones de bienes de consumo son el 14.8% de las importaciones totales y como sucede desde hace años sólo reducen su crecimiento como resultado de una recesión o una caída en el crecimiento de la economía.

Como se aprecia en la gráfica adjunta, desde el año de 1970 hay dos grandes periodos en el comportamiento de la importación de bienes de consumo. Durante los años 70, no se incrementa su participación con relación al producto interno bruto (PIB), manteniéndose en cifras inferiores al 1%. Después, en los años 80 y el inicio de los 90 se produce la transición a una nueva situación: Crecimiento constante de las importaciones de bienes de consumo con relación al PIB. En 1995 las importaciones de bienes de consumo equivalen al 1.7% del PIB. En 2011, como resultado de una firme tendencia al crecimiento, representan 4.7% del PIB. Es una cifra superior a la inversión física realizada por el gobierno federal. Es un incremento que no se observa en la formación de capital. Es la otra cara de la moneda de la situación de desastre que existe en el campo. Es un dato de la pérdida de la soberanía alimentaria.

Los precios internacionales de los gramos básicos no son argumento para mantener las importaciones de estos productos. La disponibilidad de divisas tampoco permite sostener que la importación de bienes de consumo es financiable en el futuro inmediato. Pero más grave es que continuar con incrementos en las importaciones de bienes de consumo es un testimonio de una economía que opera sin permitir el fortalecimiento del mercado interno. Es parte de una economía en la que algunos sectores o segmentos están articulados al exterior y funcionan según los requerimientos que desde fuera se les establecen. Es, para decirlo en una frase, una moderna economía de enclave semejante a las construidas en los años del mundo colonial.

*El autor es profesor titular del Departamento de Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa



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