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Mendoza, Los Andes y el vino

Arturo Reyes Fragoso| El Universal
Domingo 24 de junio de 2007
Basta con ver los viñedos diseminados en las afueras del aeropuerto de la ciudad de Mendoza, a poco más de una hora de vuelo desde Buenos Aires

Basta con ver los viñedos diseminados en las afueras del aeropuerto de la ciudad de Mendoza, a poco más de una hora de vuelo desde Buenos Aires, para saber que llegamos a la capital del vino argentino, en cuyos alrededores se concentra 75% del total de la producción nacional, con más de un millar de bodegas en operación.

Heladas ráfagas de viento anuncian las primeras nevadas en la región, invitando a muchos de sus habitantes a refugiarse en cafés y bares.

Los Andes, recortados en el horizonte, anuncian el final de las hasta entonces inconmensurables llanuras, teñidas de color marrón por la aridez y el calor del otoño austral.

Estas ruinas que ves

Al recorrer las calles de Mendoza, no deja de admirarse el armonioso trazo urbanístico de la cuarta ciudad más importante de Argentina --donde se concentran las dos terceras partes del millón 600 mil habitantes de la provincia del mismo nombre--, con sus calles flanqueadas por hileras de árboles alimentados por una intrincada red de canales que se extiende por la ciudad.

La avenida principal lleva el nombre del prócer San Martín, quien antes de lanzarse a la lucha por emancipar estas latitudes de la corona española fue gobernador de esta provincia; con su nombre también fue bautizado el inmenso parque de la ciudad, edificado a finales del siglo antepasado que, entre otras cosas, tiene un lago artificial, en cuya ribera se levanta el club local de regatas.

Ante tanta armonía, pareciera que Mendoza fue construida de golpe siguiendo un plano preestablecido, y en buena medida así ocurrió, luego del devastador terremoto que asoló la ciudad en 1861, y que prácticamente arrasó con las construcciones existentes desde su fundación, tres siglos atrás. Las ruinas del convento de San Francisco, sostenidas por una jaula de andamiajes, dan fe de aquella catástrofe.

Por muchos años, los turistas que arribaban a la ciudad cargaban su equipo para esquiar en la nieve, instrumentos de montañismo para enfilar sus pasos al Aconcagua --la montaña más alta del continente, con una elevación de casi siete mil metros--, distante unos centenares de kilómetros, o bien, dinero dispuesto para arriesgar en los casinos de la ciudad.

Hoy en día, las agencias de viaje diseminadas sobre las calles peatonales de Mendoza suman a esas atracciones, recorridos por los viñedos, bodegas y restaurantes.

No en balde, la Organización Internacional de la Viña y el Vino designó a Mendoza como una de las "capitales mundiales" del vino, a la par de lugares como Burdeos, en Francia, y Victoria, en Australia.

Palomas sibaritas

Los inmigrantes europeos --españoles primero, italianos después, primordialmente--, encontraron aquí enormes extensiones de terreno a su disposición, las cuales fueron, metafóricamente hablando, regadas con su sudor para arrancarle frutos a una tierra azotada a lo largo del año por granizo, nieve, heladas y ráfagas de un viento seco y caliente proveniente de la cordillera, conocido como viento Zonda.

Al paso de los años, la vid y el olivo fueron enseñoreándose de los paisajes mendocinos, alimentados por el cauce del río proveniente de las cumbres andinas, regulado por una intrincada red de presas, canales, diques y acequias.

Desde hace tiempo, las fincas campestres empiezan a disputarle terreno a los viñedos que antes señoreaban el paisaje. Es en los meses de enero y febrero cuando se precipitan las exiguas lluvias en la región, hoy coloreada de color ocre dorado de los resecos viñedos a la espera de la poda.

El viento sacude las desnudas ramas de los álamos sembrados décadas atrás por los inmigrantes italianos, al tiempo que parejas de palomas y algún solitario halcón surcan el azul intenso del firmamento libre de nubes.

"Hubo algún tiempo en que a las palomas les gustaban las uvas, por lo que algunos vitivinicultores llegaron a alquilar cetreros para erradicarlas; muchos otros prefirieron cazarlas a tiros o pedradas", nos dice Alejandro Bertolini, jefe de los viñedos de la zona norte de las Bodegas Chandon, al tiempo de recorrer una de las veredas que cruzan un viñedo de 80 años de antigüedad de la finca Las Compuertas.

"Estamos en la zona alta de Mendoza, a poco más de mil millas de metros de altitud sobre el nivel del mar", explica el hombre con el rostro curtido por el trabajo en el campo, quien agrega que el cultivo de viñedos en esta zona fría y alta con veranos secos y calurosos, da por resultado uvas de pequeño tamaño y alta concentración de sabor, ideales para la elaboración de los mejores Malbecs argentinos.

De Argentina al mundo

La inmigración europea propicio la consolidación de una sólida cultura vinícola; esto, en algún momento, hizo que el país fuera el cuarto productor mundial de este producto, destinado entonces casi en su totalidad al consumo interno, que llegó a sobrepasar los 90 litros anuales per capita. Esa cifra es similar a la alcanzada en Italia, España y Francia.

"Entonces la industria vitivinícola se basaba en empresas familiares de inmigrantes, en su mayoría italianas y españolas, las cuales derivaron en minifundios que impulsaron un fuerte desarrollo regional", explica Pablo Rodríguez, enólogo de Terrazas de los Andes.

El ciclo de las grandes compañías familiares dio paso a un fuerte intervencionismo estatal, dada la importancia del vino en la economía nacional; esto duró hasta los años setenta del siglo pasado.

¿El resultado? Una caída en la calidad del producto y el descenso en los niveles de consumo por parte de los argentinos, quienes empezaron a tomar otras bebidas, como cervezas y refrescos. (Actualmente, señala el entrevistado, el consumo anual de vino ronda los 30 litros per capita.)

A principios de los años ochenta había llegado a su fin el intervencionismo estatal argentino, dando entrada a la inversión privada, incluida la proveniente de empresas extranjeras dedicadas a la vitivinicultura, particularmente francesas y españolas, quienes se enfocaron a la producción de vinos de alta categoría.

Los vinos de alta calidad, suelen producirse en lugares con el clima regulado por el océano, como Chile, Sudáfrica, Burdeos o California; en el caso de Argentina, esta influencia oceánica es bloqueada por la cordillera de los Andes, que propicia un clima árido extremoso, aunado a las condiciones de latitud y altura.

"Normalmente, un viñedo que produce uvas de calidad debe crecer en condiciones ´sufridas´, que incluyan suelos rocosos recubiertos por una delgada capa de tierra, bajas temperaturas invernales, veranos calurosos, así como bajos niveles de humedad", señala el enólogo Rodríguez.

Para muchas variedades de uvas, especialmente las destinadas a la elaboración de vinos tintos, la diferencia de temperaturas entre el día y la noche presentes en la región, permite producir frutos de mayor calidad, con más aromas y sabores.

"En la medida que subes de altura, las noches son más frías. Por ejemplo, en la terraza donde tenemos los Malbec, a poco más de mil metros de altura, puedes encontrar en la época de madurez de las uvas una diferencia hasta de 15 grados centígrados entre el día y la noche, lo que le permite reposar a la planta, dándole a su vez un ciclo más largo de producción y mejores resultados en sus frutos."

A esto se suma la construcción de canales para traer el agua proveniente del deshielo de las montañas, que permite controlar los niveles de humedad de los viñedos, algo imposible de hacer en lugares como Burdeos, donde la calidad de los cultivos está atenida a la precipitación pluvial.

Todo esto explica el porqué Argentina logró convertirse, en sólo tres lustros, en un importante productor de vinos de alta calidad a escala mundial.

Aquella mañana, apreciamos un caballo arrancando la reseca vegetación para alimentarse; la intensa luz de los primeros rayos solares parecía incendiar su rojiza pelambre al igual que el resto del paisaje mendocino, enmarcado por la imponente silueta de la cordillera nevada.

La sola evocación de esta imagen invita a descorchar una botella de vino.



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