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“Topos”: los esclavos del narco

Laura Sánchez / Corresponsal| El Universal
Domingo 24 de marzo de 2013

En Tijuana, decenas de personas, especialmente migrantes, son engañadas por miembros del crimen organizado para esclavizarlos en la construcción de túneles para el trasiego de droga hacia Estados Unidos Especial

Los sujetos se hacen pasar por "polleros" que les prometen cruzarlos hacia territorio estadounidense y después les ofrecen trabajo de "obreros" Especial

El 4 de febrero, elementos del Ejército frustraron la construcción de un túnel y resguardaron a 17 personas, que vejados como esclavos vivieron tres meses en el sótano de una bodega de carga Especial

Los hombres, en su mayoría originarios del Rosario, Sinaloa, se convirtieron en "topos"; se les prohibió contacto con el exterior. Si escapaban los matarían Especial

A pico y pala, los hombres tienen que trabajar hasta 10 metros bajo tierra. Sin importar su delgadez por falta de comida, tienen que cavar pasadizos que incluso tienen elevadores, sistema eléctrico, iluminación, ventilación y rieles Especial

Muchos son llevados a las construcciones con engaños y una vez adentro son amenazados y ya no pueden salir. Su vida se reduce a escarbar, escarbar y sacar tierra Especial

Los sujetos los enganchan ofreciéndoles trabajos de campesinos, tarimeros, obreros y albañiles, con sueldos de 800 a mil pesos. Pero nunca ven el dinero Especial

El departamento de Seguridad Nacional de EU reveló en su último reporte del año 2012, que desde 1990, 150 túneles de droga fueron descubiertos en la frontera entre California y México Especial

Topos: los esclavos del narco

CONSTRUCCIÓN. La obra tiene iluminación y ventilación artificiales, un sistema hidráulico para descender, así como rieles para guiar un “carrito” similar a los que se usan en las minas. (Foto: LAURA SÁNCHEZ EL UNIVERSAL )

Miembros del crimen organizado “reclutan” a obreros que buscan cruzar hacia EU para cavar los narcotúneles

estados@eluniversal.com.mx

TIJUANA.- Cuando lo vio parado en la esquina del parque, susurrándole algo a otro que llevaba su mochila abrazada, Juan José supo que estaba en el lugar correcto: comprendió que se trataba de un coyote y que él lo cruzaría. Lo que nunca supuso fue que no llegaría jamás a Estados Unidos y que lo esclavizarían durante dos meses en la construcción de un narcotúnel.

Desde que salió de El Rosario, Sinaloa, hacía pequeñas paradas para preguntar a extraños como podía pasar a Estados Unidos. Desde hace meses, Juan José ideó en su cabeza llegar en camión a Sonora y agarrar otro camión y otro y otro... hasta llegar a San Luis Río Colorado.

Un día, dos días y ahí estaba Juan José, al despuntar la mañana, deambulando sin rumbo en un polvoriento parque de bancas descoloridas. Preguntar por un pollero para cruzar el desierto de Sonora “se me hizo fácil”. Eso sí, tenía miedo.

Era diciembre de 2012. El pollero le ofreció a Juan José un trato irrechazable: no tendría que pagar hasta que estuviera en Yuma, Arizona, y el cruce fronterizo se haría por el poblado de Algodones, localizado al este de Baja California.

“Me di cuenta que el camión siguió derecho por Mexicali y llegue a otra ciudad; se llamaba Tijuana”. El pollero le advirtió que para llegar a Estados Unidos tenía que ganarse unos centavos. Y hasta le haría un favor personal: lo dejaría en un almacén, con un tal “Juanito”. Un día sacaría tierra y se ganaría mil pesos. A Juan José ese mes “se lo tragó la tierra”.

Un golpe histórico

Amaneció nublado el 4 de febrero en Tijuana. Más oscuro que de costumbre. Aunque algunos dicen que Otay, localizada al norte de la frontera, casi siempre luce funesta: la adornan humos negros que emanan los parques maquiladores y los miles de camiones de carga que cruzan por la garita hacia Estados Unidos.

Ese día, los radios matra hicieron lo suyo y no dejaron de sonar: “¡Adelante! ¡Adelante!” “¡pi, pi!”. Terminaba la “operación narcotúnel”. A las tres de la tarde, personal del Ejército asestaban en la calle de Junípero Serra un golpe histórico: frustraba la construcción de un túnel con destino a Estados Unidos y resguardaba en el cuartel militar Morelos a 17 personas. En otros túneles no ha había detenidos, sólo sospechas.

Vejados, como esclavos, los detenidos vivieron en el sótano de una bodega de carga con el membrete “Asociación de distribuidores”, en el número 17603, un pequeño inmueble color verde que a primera vista sólo albergaba un escritorio, un teléfono de cable y un florero del que se desbordaban coloridas margaritas.

Estaba cerca de la aduana mexicana y a 200 metros de la garita internacional para ingresar a San Diego, California.

Durante tres meses, a 17 hombres jóvenes, en su mayoría originarios del Rosario, Sinaloa, se les prohibió contacto con el exterior: se convirtieron en “topos”.

El lunes 4 de febrero, Juan José volvió a existir. El día que el Ejército descubrió al migrante, contratado para hacer trabajos en la obra, reveló que en diciembre supuso que la “obra” era un túnel y concluyó que su encierro sería para largo.

Las opciones del sinaloense se redujeron a dos: escapar o trabajar. La primera implicaba que el “Juanito” lo matara, pues fue tajante y a mentadas de madre lo recibió: “¡Si te escapas, te voy a matar!”; la segunda, incluía la esperanza de que lo dejaran libre cuando terminara el pasadizo y cobrar mil pesos cada tres semanas.

Sólo un obrero

Cuando los cabos del 28 batallón de infantería, Hernández, Tinajero, Rosas, Hernández y Molina abrieron la puerta de la bodega, lo primero que vieron fue la silueta de un hombre. Vestía un pantalón de mezclilla café y una chamarra del mismo color. Una capa de polvo cubría su rostro. Era Juan José. Iba vestido de “topo”.

—¿A qué te dedicas? —le gritó el cabo Hernández.

—Soy obrero —respondió sin titubear Juan José.

Hernández lograba ver al fondo dos hombres que cargaban costales de tierra sobre una plataforma, mientras Tinajero se percataba que algo brillaba detrás de una puerta de madera. Era una canastilla de metal, empleada como elevador e instalada con sistema eléctrico, los militares encapuchados descendieron 10 metros bajo tierra. Encontraron el túnel.

El pasadizo tenía un metro con 20 centímetros de altura y 80 centímetros de ancho, sistema de iluminación, ventilación y rieles con dirección a la línea fronteriza. A pico y pala, una cuadrilla de hombres, sucios, delgados, vejados y tratados como esclavos excavaban para que Joaquín El Chapo Guzmán cruzara su droga hasta San Diego, California.

Debajo de la tierra, los 17 hombres relataron que habían sido llevados con engaños y una vez dentro fueron amenazados. Con Juan José, otros 16 nombres volvieron a salir del subsuelo: José de Jesús, Jesús, Fernando, Abel, Jairo, Fernando, Rogelio, Antonio, Juan, Roberto, Alonso, José, Daniel, Lucio, Leopoldo y Jesús.

Pasadizo salida

Los esclavos eran arriados por un tal “Juanito”. José de Jesús lo recuerda: “Yo estaba en Tijuana buscado quién me cruzara a Estados Unidos, y un hombre en la colonia Pegaso me dijo que un amigo podía hacerlo. Me llevó en la cajuela de su pick up, pero me dejó en una bodega. Ya ahí me dijeron que tenía que trabajar excavando, si no matarían a mi familia”.

Otro de los sometidos fue Juan Carlos, un joven de apenas 24 años de edad. Originario de Tijuana, se la sentenciaron: “Aquí ya no hay salida”. Pasaba frente a la bodega cuando un hombre le ofreció trabajo desarmando y armando “racas”. Al entrar le apuntaron en la cabeza: “Ya no hay salida, no hay”. Le advirtieron que de ahora en adelante su vida sería escarbar, escarbar y sacar tierra.

Alonso Guadalupe, de 31 años, nació en El Rosario, Sinaloa. Sabe leer y escribir, aunque no terminó la primaria. Lo agarraron con el pico en las manos, callosas y llenas de lodo.

Lejos de asustarse cuando llegaron los elementos del Ejército, se sintió aliviado. “Nadie corrió”. Total, todos estaban obligados y amenazados. Como era costumbre, a mentadas de madre les recordaban: “¡Si llego y no están haciendo nada, los voy a matar!”.

Los 17 hombres fueron “reclutados” durante diciembre. Algunos eran migrantes, otros desempleados; todos dicen que fueron obligados a cavar el subterráneo durante más de dos meses, hasta que el Ejército los capturó.

Les prometieron sueldos de 800 pesos para el que era campesino, tarimero u obrero; a los que tenían conocimientos de albañilería, les darían mil pesos. Nunca vieron el dinero.

Los “topos”, como los llaman, están recluidos en la penitenciaría de La Mesa, en Tijuana. Fueron acusados de delitos contra la salud, en su modalidad de colaboración al fomento para posibilitar la ejecución y se encuentran en la espera de su juicio. De ellos, 16 nunca fueron procesados en el pasado.

Frontera perforada

El Departamento de Justicia de Estados Unidos, en su reporte denominado “Riesgos de la droga”, documentó que aproximadamente 100 túneles habían sido hallados en la frontera de México del año 2005 a 2010.

Mientras que el Departamento de Seguridad Nacional reveló en su reporte del año 2012 que desde 1990 más de 150 túneles de droga fueron descubiertos en la frontera entre California y México, la mitad de ellos la detectaron en los últimos cuatro años.

Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de los Derechos Humanos, lanza una pregunta: “¿Qué iba a pasar con estas 17 personas? ¿Los narcotraficantes se iban a arriesgar a que platicaran sobre la construcción?”. La hipótesis del activista es que iban a ser asesinados.

Miles de personas han desaparecido en la frontera de México. Defensores de derechos humanos y el mismo centro binacional calculan que cientos de ellos pudieron ser asesinados en la construcción de los llamados narcotúneles.

“Son trabajadores, aspirantes a indocumentados, mano de obra barata y desechable. Esta parte de la frontera, Otay, está perforada. Es apta porque el ruido del aeropuerto de Tijuana les permite realizar las excavaciones”, dijo Clark Alfaro.

Son túneles con salida y sin ella, con rieles eléctricos, con cuerdas, elevador, refrigeración, recubrimientos, construidos a pico y pala por los “topos”, los esclavos modernos del narcotráfico.



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