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“Tendré que vivir con el dolor para siempre”

Elly Castillo Corresponsal| El Universal
Miércoles 17 de agosto de 2011
Tendr que vivir con el dolor para siempre

LAMENTO. José García Guerrero se convirtió en una víctima colateral la noche del 15 de septiembre de 2008, luego que en la plaza Ocampo, en Michoacán, se registraran unos granadazos, hecho en el que falleció su madre. (Foto: LUIS CORTÉS EL UNIVERSAL )

José García Guerrero acusa a los gobiernos estatal y federal de su situación: “Fue algo que ellos pudieron evitar, ya que tenían informes, conocimiento de amenazas de que algo iba a ocurrir y no hicieron nada para prevenirlo..”

MORELIA

José García Guerrero tiene 47 años de edad, de los cuales los últimos tres los ha pasado caminando llevando unas 60 esquirlas de granada incrustadas en sus dos piernas. Su esposa, Aurora, camina también con una treintena de pedazos de metal que se clavaron en ambas extremidades inferiores la noche del 15 de septiembre de 2008.

Ellos están dentro de la centena de lesionados de ese día. Dos de sus familiares formaron parte de la lista de ocho fallecidos, víctimas del que es considerado el primer ataque terrorista del país: los granadazos en el Centro de Morelia.

El recordatorio de lo sucedido no sólo lo tienen en sus trágicos recuerdos del momento preciso en que explotó la granada, sino que además lo llevan en la piel, en las visibles y enormes cicatrices de sus extremidades inferiores; y también en los rostros indiferentes de los burócratas que se han encargado de medio atenderlos, cuando no desdeñarlos.

“Cuando caminamos llegamos a sentir como si unas pequeñas navajas se nos clavaran en la piel. De repente el dolor es intenso, hasta siento ganas de llorar”, expresa José.

“Los doctores nos han explicado que no nos pueden quitar las esquirlas, porque eso implica un riesgo de que nos afecten algún nervio o se rasgue un tendón. Nos dicen que poco a poco el organismo las expulsará, pero también existe la posibilidad de que ocurra lo contrario y tengamos que vivir con ellas para siempre”, dice Aurora con un dejo de resignación.

Sin embargo, el dolor físico que puede sentir el matrimonio García no se compara con el calvario emocional que, aseguran, han vivido a lo largo de este tiempo, empezando por la deficiente atención médica que recibieron del Seguro Social, donde auguraban la amputación de la pierna izquierda de José; hasta los engorrosos trámites que realizan ante funcionarios enfadados para poder acceder a las pensiones temporales ofrecidas por el Congreso de Michoacán para víctimas del crimen organizado.

Y ese dolor nacido de la impotencia aún se recarga en otro sufrimiento: la pérdida de doña Elisa, madre de José, quien ya había vencido el cáncer de mama, pero que falleció instantáneamente en la explosión de la granada que arrojaron en la plaza Ocampo, y que también mató a su sobrino Ángel Uriel, de 13 años; y lesionó a la madre y a la hermana de éste, Rocío García y la pequeña Ariadna, quien en ese entonces tenía año y medio de edad.

¿Qué es ser una víctima del combate contra el crimen organizado, qué se siente formar parte de las familias que son consideradas en el país como bajas colaterales?, se les pregunta.

“Ser víctima es haber adquirido un mal que no te debió tocar. Es no poder convivir con la gente. Te quitan algo de tu vida para siempre. Te quitan a tu familia de una manera cruel que nadie merece”, responde José, superando apenas su nudo en la garganta.

Agrega: “Ese término (de daños colaterales) no me gusta para nada. El Presidente (Felipe Calderón) lo utiliza como una cosa así, algo simple. Lo que pasa es que a ellos (las autoridades) no son los que sufren como nosotros. Nos tratan como si nos quisieran dejar en el olvido”.

Acusa a los gobiernos estatal y federal de su situación: “Fue algo que ellos pudieron evitar, ya que tenían informes, conocimiento de amenazas de que algo iba a ocurrir y no hicieron nada para prevenirlo, dejaron que el atentado ocurriera”.

¿Algún reproche contra los criminales que realizaron el atentado?

“Al principio sí, los maldecía, les reclamaba. Pero soy católico. Lo que la gente hizo arriba, Dios se lo tomará en cuenta. No puedo llevar rencor”.



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