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“Desde chicos tenemos que entrarle a las minas”

Hilda Fernández/ Corresponsal| El Universal
Viernes 20 de mayo de 2011
Desde chicos tenemos que entrarle a las minas

CONVALECIENTE. Jesús Fernando cumple hoy 15 años; de cumpleaños quiere una computadora para tener con qué estudiar. (Foto: CORTESÍA )

Jesús Fernando, el “niño minero” que sobrevivió a la explosión de un pozo de carbón, promete retomar sus estudios básicos

MÚZQUIZ

“Comencé a trabajar para comprarme ropa y lo que se me antojara, me gusta vestir bien”, dice Jesús Fernando Lara Ruiz, de 14 años de edad, quien perdió la mitad de su brazo derecho en la explosión de una mina que ocasionó la muerte de 14 personas el pasado 3 de mayo. Vivaracho, de 1.70 metros de estatura y robusto, narra que sólo estudió la primaria y un mes de secundaria: “Me salí porque me aburría y tenía ganas de comprarme cosas”.

—¿Por qué trabajar en los pozos?

—Aquí no hay más, no hay de otra.

“En esta zona no hay más para ganarse la vida. Desde chicos o ya hechos hombres, la mayoría tiene que entrar a minas, pozos y tajos de carbón, pues es la principal actividad que existe”, comenta el “niño minero”, quien este viernes cumple 15 años.

Para Jesús Fernando era la cuarta semana de trabajo en el Pozo 3 del ejido de Sabinas, de la empresa Binsa, cuando la explosión sepultó a los 14 mineros que laboraban en su interior. Jesús se salvo porque era “ganchero”, así le dicen a quienes se encargan de recibir el tambo con carbón que sacan los obreros. Ese es el trabajo que hacen los más jóvenes. Aunque las autoridades señalan que es una práctica desterrada, en los “pocitos” se sigue contratando a menores de edad para que trabajen quitando la basura del carbón, de gancheros o malacateros.

El 80% de la economía de toda la Región Carbonífera depende de la industria extractiva. Aunque es una actividad peligrosa, los ingresos son mayores, porque se paga a destajo y, con horas extras, los obreros reciben mil 800 o mil 900 por semana.

María Rosalba Lara, madre del “niño minero”, aprovecha la entrevista para pedir a las autoridades que abran otras fuentes de trabajo en la zona, donde la gente no arriesgue su vida en cada jornada y sean mejor pagados.

Al referirse del caso de su hijo, recuerda que “ya había recibido su tercer sobre (sueldo) y el sábado le tocaba el cuarto”. Comenta que admira la fortaleza de su vástago, porque “no se deja caer” y trata de olvidar la pesadilla que le cambió la vida.

La extremidad superior le fue amputada y los médicos del IMSS donde lo atendieron esperan que se desinflame y cicatrice el muñón para tomarle medidas y ordenar que se haga la prótesis del antebrazo y la mano derecha, para hacer menos penosa la pérdida.

Jesús Fernando es el mayor de tres hermanos, le siguen una niña de 14 y uno de 12. Recuerda que no le gustaba asistir a clases, prefería irse con sus cuates “por ahí” de pinta a correrse la venada, que estar en el salón.

“Tengo muchos amigos, como unos 20”, unos estudian, otros no, porque trabajan. De pocas palabras, platica:

“Mi primer trabajo fue de empacador a una tienda de abarrotes, pero no tenía un salario fijo. Por las propinas que sacaba 50, 70 o 100 pesos al día, muy poquito, no valía la pena estar ahí”. Añade: “No la pensé mucho y decidí hacer lo mismo que mi padre, abuelo y tíos, irme de minero”.

Reitera que es de familia de mineros y sólo un tío es enfermero. El adolescente comenta que no batalló para que lo emplearan en el Pozo 3 del ejido Sabinas, municipio de Sabinas, donde empezó de ganchero con un sueldo de 900 pesos por semana.

Su trabajo consistía en recibir el tambo de media tonelada de carbón que se extraía del hoyo de 58 metros de profundidad, esperar a que se descargara y volverlo a enganchar para que bajara de nuevo por más mineral.

Todos los días se levantaba a las 5:30 de la madrugada, se bañaba, almorzaba, agarraba el lonche que le preparaba su madre y tomaba el camión que lo llevaba a Sabinas, pues entraba a laborar a las 7:00 horas.

Aclara que no tiene novia: “Yo quería dinero para mí, para comprarme lo que se me antojara, fritos, sodas. También para ropa y zapatos, pues me gusta vestir bien”. Desmiente versiones de algunos medios, en el sentido de que trabajaba para mantener a su familia.

El día de la explosión de gas metano que segó la vida a los 14 carboneros que estaban en el interior del túnel tumbando la hulla, Rosalinda dice: “Me avisaron luego luego, para las 8 y media, antes de la 9 de la mañana ya sabía” y temió lo peor, afortunadamente su hijo se había salvado.

Aunque en principio su estado de salud era reservado porque sufrió quemaduras internas, su recuperación es asombrosa. La madre no duda en señalar que fue un milagro.

Él ya no quiere recordar la tragedia porque conocía a sus compañeros que murieron en el estallido de gas metano “y duele acordarse”. Tampoco puede hablar de ese día porque en su tratamiento psicológico le recomendaron que trate de olvidar el accidente para superar lo ocurrido.

A pesar de su desgracia sonríe cuando se acuerda que este viernes cumplirá 15 años de edad. Adelanta que quiere un pastel de tres leches, que es su favorito, y le gustaría de regalo una computadora de escritorio:

“Ya no quiero saber nada del carbón y ahora sí voy a estudiar, porque tengo una beca”.

 



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