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“Mataron a cuatro; yo los vi, mamita”

Kowanin Silva / Vanguardia de Saltillo| El Universal
Viernes 30 de abril de 2010
Algunos han presenciado el asesinato de su padre o de vecinos; otros han visto balaceras. Una profesora de kínder resume la situación: “Los niños aquí son un cero a la izquierda”. De 2008 a la fecha, los menores infractores se han triplicado

CIUDAD JUÁREZ

Carmen vive bajo amenaza de muerte. Su pequeño de siete años, cada que lo va a regañar le dice: “Te voy a matar, mamá, te voy a matar”. Esto tiene más de una explicación. Julio tiene los ojos gigantes como de alguien que acaba de ver un acto de magia. Su gesto de asombro es de esperarse, todavía no se le cae el primer diente y ya vio sangre correr.

Fue hace un año que Jesús estaba jugando en su casa. El sonido de las balas que mataron a su vecino lo inquietaron. Pudo haber pensado que eran cohetes, pero sus papás salieron corriendo a ver qué había pasado. Ahí estaba Panchito tirado en el asfalto, pintado de rojo, como lo dibujaría después en la escuela.

“El niño se hizo muy retraído, durante dos meses no salía ni a la puerta, de repente me decía: ‘Mamita, yo no voy a salir a jugar porque me puede pasar lo mismo que a Panchito, ¿verdad?”, platica Carmen desde el sofá, donde descansa luego de haber llegado de la maquila.

Me abrió las puertas de su casa un poco temerosa, le dije que sólo quería platicar sobre cómo era ser mamá en Juárez y me dice que su niño ya no duerme igual, que desde lo de Panchito se despierta llorando y grita “tengo miedo”.

—¿Qué le dices, cómo le explicas?

—Lo abrazo, le digo que le rece a su ángel de la guarda, que él lo va a cuidar.

Dos meses después de lo que vio, Julio salió del encierro como quien carga un escudo de acero. Le duró poco. Otro día, en el trayecto de la escuela a su casa, algo falló en su armadura.

El camión escolar hizo una escala para recoger a otros niños en una estancia, segundos antes acababan de matar a cuatro. Julio no los hubiera visto de cerca, sino es que su maestra se puso a gritar y todos los niños se bajaron a ver.

“Mataron a cuatro, yo los vi mamita, ahí estaban tirados y todos llorábamos”, le dijo ese día a Carmen cuando le preguntó cómo le había ido en la escuela.

Desde entonces Julio va al psicólogo. Carmen sigue preocupada, porque hace dos días le escuchó jugar con su amiguito de la cuadra y le decía: “Yo voy a ser sicario y te voy a matar”.

Sicario, como uno de los hombres que acribillaron el pasado 30 de enero a los 16 estudiantes de la colonia Villas de Salvárcar. La masacre ocurrió a la vuelta de la casa de Julio, quien por suerte ya estaba dormido. Desde entonces los policías custodian la colonia y los niños juegan fútbol en la calle con las patrullas como escenario.

Por 30 pesos

Regresé a la zona poniente, esta vez a bordo de una camioneta cargada de G.I. Joe’s, que dan el recorrido de rutina en busca de pandillas.

Aseguran estar capacitados en tratar a los menores y cuando les pregunto cómo es que deciden a qué joven registran y a quién no, me dice uno de ellos: “Pues mire, como ese que va ahí con los pantalones aguados, ésos son los que regularmente andan mal”.

En eso todos bajan de la patrulla y se le van encima al muchacho. Su falta fue quizá caminar en la calle a las cinco de la tarde y tener finta de malandro.

Parece que estos policías especiales hacen efectivo un toque de queda desde que cae la tarde.

Mientras volvemos a bordo, Pinedo muestra el arma hechiza a la cámara y explica cómo hacer una:

“Estos tubos tienen un clavito en el interior que causan la detonación, los tubos son para hacer presión, al meter un tubo dentro del otro se da la explosión de la bala, éstas son las armas hechizas.

“Es muy fácil y muy económico, son tubos normales del agua, si mucho han de gastar 30 pesos para hacerla. Mandan soldar los tubos para que la presión sea fuerte y le ponen cinta de aislar para que no se les caliente. El clavo que le ponen adentro funciona como el martillo, ese es el mecanismo que dispara”.

¿Hay buena puntería?

“Sí, ellos se amacizan de los tubos y amarran el movimiento”.

—¿Qué alcance tienen?

—No mucho, igual que una arma verdadera, unos 50 metros, a veces usan hasta tubos más gruesos como escopeta que aguantan un calibre más alto”.

—¿Cuántas decomisan al mes?

—Estamos hablando de unas 15 más o menos, pues es que ya nomás ganan dinero y se compran una de verdad.

Me dice que quienes fabrican estas armas son jóvenes entre 14 y 15 años que apenas comienzan en la pandilla. En México, explica, portar una de estas armas es sólo una falta administrativa.

Ya en la Estación de Policía, Ricardo Tovar, el trabajador social, explica que de 2008 a la fecha, los menores infractores se han triplicado alcanzando 280 detenciones por semana, algo nunca antes visto en sus 17 años de carrera.

Me habla de un programa que se llama Jóvenes con Valor que trata de reintegrar en la sociedad a los menores. Es sólo un esfuerzo, él sabe bien cómo es la calle.

“Vemos a jóvenes de 14 años que ya están en el mundo de los sicarios, arrancándole la vida a otro ser humano cuando ni conocen qué van a hacer con la propia. Muchos ya están dentro de otro mundo o buscando cómo entrar, porque han visto en amigos y familiares el falso poder de comprar lo que les guste. Ven ese mundo como única opción para tener un futuro”, reflexiona.

Frágiles burbujas

“¿Se puede meter a los niños en una burbuja? le pregunto a Cinthia Álvarez, maestra de kínder, mientras observamos la nueva sensación de Plaza Misiones, el mall más grande de Juárez.

Se trata de un juego donde los papás pagan 30 pesos para que metan a sus niños en una burbuja de plástico que luego avientan a una alberca. La burbuja tiene oxígeno propio y los niños intentan ponerse de pie y caminar, pero el agua y la redondez de la burbuja los hace caer.

“Todos los papás quisieran eso”, me dice Cinthia, quien ha traído a la cita a su pequeño Gael de apenas un año, un bebé risueño que le extiende los brazos a todo el que ve pasar.

“Son niños de la calle o de cuatro paredes. Están en la casa todo el día encerrados o en la calle porque papá y mamá trabajan en la maquila”, me dice refiriéndose a sus alumnos de segundo grado.

Lo de la burbuja a Cinthia le parece imposible y lo comprobó con Iván, uno de sus alumnos que puso al kínder de cabeza el otro día.

Estaban en una dinámica de grupo y el pequeño soltó el llanto: “Mataron a mi papi en los González (un supermercado popular) maestra, le dieron un balazo en la cabeza”, dijo Iván así tan claro como si hubiera estado ahí y sus ojos recordaran la escena. El grupo enmudeció. Parecía como si de pronto el salón de clases se hubiera convertido en una sala funeraria. Los niños, de apenas cuatro y cinco años, le daban el pésame, lo abrazaban y lloraban junto con él.

Lo que Cinthia y las demás maestras se preguntaban aquél día en el kínder era cómo, si habían matado al papá un día anterior, él había ido a clases. No hallaban cómo manejarlo y esperaron a la mamá para platicarle lo sucedido. La señora, quien ese día vestía de negro, les dijo que nada era cierto, que su esposo estaba en el trabajo, que no entendía por qué su niño decía eso.

El kínder había entrado de un instante a otro, sin saberlo, en un déjavu. “El niño lloró, dijo que su hermanito estaba muy triste, así como si fuera algo que él vivió. No sabemos entonces si fue un sueño o un temor que el niño estaba proyectando”, dice Cinthia.

Mientras me deja pensando, el juego de la burbuja llega a su fin. Son sólo 15 minutos para que los niños vuelvan a respirar el oxígeno de la ciudad. La imagen de la pelota de plástico desinflándose tiene más sentido después de escuchar la historia de Iván.

Como es domingo, la alberca de burbujas está rodeada de decenas de papás entretenidos viendo a sus niños. Cinthia platica que así es frecuente ver a la gente alrededor de la escena de un crimen.

“Les da mucha curiosidad ir a ver un ejecutado, muchos papás no creen que a sus hijos les afecte, pero yo creo que les están quitando lo humano a los niños, el ver a alguien tirado ya es tan normal como ver a un animalito muerto.

“Antes no dejaban entrar a los niños a las funerarias, ahora ya no, ya los niños van a ver al ser querido dentro de una caja, maquillado, deformado, son imágenes muy fuertes. Ya saben lo que es un ‘encajuelado’, un ‘teipeado’…” cuenta.

Cinthia es de la ciudad de Chihuahua y está en Juárez, como muchos maestros, por una plaza docente mejor remunerada. Lleva siete años viviendo aquí, los mismos que lleva acumulando historias de terror que le cuentan los niños. La que más le duele me la cuenta cuando la visito en el kínder donde trabaja.

Un error

Karen tiene cinco años y perdió el brillo de sus ojos, así lo percibe Cinthia, quien seguido la escuchaba cantar en el salón de clases y la veía bailar con sus amigas en el recreo.

Por su mirada ausente, pensaría que a esta pequeña de mochila rosa y dos colitas adornadas con moños, Juárez la mató en vida.

Transcurría junio de 2009 y Karen pintaba un cuadro para el festival del Día del Padre, que organizaba la escuela. En esos días un vecino le había pedido a su papá que le fuera a arreglar una fuga que había en el medidor del agua.

Karen y su hermanita se encontraban en casa, cuando de pronto llegaron los vecinos gritándole a su mamá, así sin preámbulos, que habían matado a su esposo de un balazo.

Las niñas escucharon de un grito el fallecimiento de su padre y llegaron a la escena antes que la policía acordonara el área. “¿Qué voy a hacer con la pintura que le hice a mi papá, maestra”, le preguntaba Karena Cinthia días después de lo sucedido.

No había respuesta. Su papá había estado en el lugar equivocado. Lo confundieron con el dueño de la casa. Fue un error. “Los niños aquí en Juárez son un cero a la izquierda”, me dice Cinthia. Ella sabe que los más de 5 mil muertos que suma el gobierno tienen cicatrices.

Por eso en la entrada del kínder los niños han escrito con crayones mensajes para sus padres:

“Si vemos violencia nuestra mente la guarda”, “No me dejes ver los muertos”, “No me dejes ver los cholos”, son algunas de las peticiones.

Cuando me despido de Cinthia me dice que si le dieran a elegir se iría con Gael a otra parte, donde hubiera un mejor clima, mejores parques y tranquilidad.

Me confiesa que tampoco regresaría con sus padres a Chihuahua. Tenía razón. Días después de vernos me mandó un mensaje de texto que decía: “Acaban de secuestrar a mi primo en Chihuahua. No es justo”.



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