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Yo, la peor

Por Martín Casillas de Alba| El Universal
Viernes 12 de junio de 2009

“Antonio Núñez de Miranda, el prefecto de la Congregación de la Purísima Concepción de María, oidor de la Inquisición, me sigue merodeando como si cuidara a la oveja negra de su rebaño. Se lo ve marcharse satisfecho, le parece que ha cumplido su misión... Deben saber que si firmé Yo, la peor de todas con mi sangre fue para rubricar esa representación”, es lo que rescata y escribe Mónica Lavín en su novela sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz (Yo, la peor, Grijalbo, 2009), la más grande poeta del siglo XVII forzada al final de su vida por la Iglesia y la Santa Inquisición para que abandonara los libros, dejara de escribir y de pensar: “Ahora me piden que sea otra de la que soy, que me corte la lengua, que me nuble la vista, que me ampute los dedos”, como escribió Sor Juana cuando tuvo que entregar su biblioteca para que la vendieran y ese dinero repartirlo entre los pobres. ¡Qué poca...!

Sor Juana muere un año después de estos sucesos y la destrucción de su biblioteca. Impotente, le clavaron la puntilla, como la muy triste historia de Octavio Paz, quien murió unos años después de que se incendió y perdió parte de la suya, donde la puntilla fue la tristeza y mortificación de perderla.

Mónica es una escritora de oficio que ha logrado varios premios y reconocimientos. Es una mujer que sabe describir los detalles alrededor de los sucesos, como los que ahora narra alrededor de la vida de Sor Juana. Es coloquial y utiliza un lenguaje familiar y que resulta ser una delicia cuando recorremos con ella la infancia de la poeta, desde las faldas del volcán, donde Juana Inés aprendió a leer y luego a escribir hasta que las fuerzas oscuras de la Iglesia le cortaron la lengua y le nublaron la vista.

Sor Juana escribió mucho y de todo: villancicos, obras de teatro, sonetos, celebraciones de bautizos, obituarios y poemas como el “Nocturno alegórico”, en honor del virrey Tomás de la Cerda, marqués de la Laguna, publicado el mismo año (1680) que su “Sátira filosófica”, uno de los poemas más populares:

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

O el manuscrito de Primero sueño que le mandó a su amiga María Luisa, quien había sido virreina en México (1680-1688) y amiga íntima de la monja, que ahora que recibía ese manuscrito había rejuvenecido; “parecía una quinceañera que recibía de su padre y de la Corte los asombros del mundo; la misma que se había extasiado con el palacio de la Alhambra” y que ahora deseaba empezar a leer:

Piramidal, funesta, de la tierra

nacida sombra, al Cielo encaminaba

de vanos obeliscos punta altiva,

escalar pretendiendo las estrellas;

si bien sus luces bellas

—exentas siempre, siempre rutilantes—

la tenebrosa guerra

que con negros vapores le intimaba

la pavorosa sombra fugitiva

burlaban tan distantes...

En 1692, fue la marquesa quien se encargó de imprimir en Sevilla esta obra para que el mundo confirmara el genio de Sor Juana. Es un poema difícil que mejor nos dejamos llevar como en una obra musical, para disfrutar de sus imágenes y metáforas como la melodía que se traslapa como la Luna, la “diosa tres veces hermosa, con tres hermosos rostros.”

“Sor Juana la intocable —escribió Mónica Lavín—. Confieso que no ha sido fácil. Que aproximarme a Sor Juana, a su vida, a su tiempo, a su deseo de saber por encima de todo e intentar darle vida, me pareció un atrevimiento. Aún me lo parece, por su estatura literaria, por ser un enigma... Pero el atrevimiento ha valido la pena. Me acerqué temerosa al cementerio de las luminarias mexicanas; mi quimera era rozar lo inalcanzable.”



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