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Sandra Lorenzano

Lo más cercano a la felicidad



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    14 de agosto de 2011

    “Los libros sabían mucho de mí y de mis deseos más recónditos. Poseían incluso la extraña virtud de plegarse a los deseos de aquel que los abría, de expresar algo distinto para cada uno…”, escribe Michele Petit en Una infancia en el país de los libros. Petit, quien ha trabajado especialmente sobre el poder reparador de la lectura en tiempos de catástrofe, hace en estas páginas una entrañable confesión acerca de su propia relación de niña con los libros: allí se mezclan La cabra del señor Seguin o Barba Azul, con los cuentos de Perrault o de los hermanos Grimm, provocándole pesadillas y ataques de angustia y llanto a la pequeña Michel. Afortunadamente para ella, Tintin y Peter Pan, y el Gran Larousse que había en casa de sus abuelos, le descubrieron un mundo luminoso y mágico del que ya no quiso salir. “De niña, cuando veía o mi padre leer y perderse en alguna ensoñación, me preguntaba adónde se habían ido. Tal vez para resolver ese misterio empecé a aventurarme en los libros”, cuenta la autora. Y haciendo de sus preocupaciones infantiles temas de investigación, se convirtió en antropóloga de la lectura. Frente al horror, dice Petit, la lectura ha sido una pieza fundamental para salvarse de la locura o la muerte, como lo demuestran los testimonios de Primo Levi y de Jorge Semprún, o los de tantos presos políticos como Joseph Brodsky, condenado a trabajos forzados, o Jean-Paul Kauffman, rehén durante tres años en Líbano.

    Sin llegar a situaciones tan extremas, se habla mucho del modo en que la lectura contribuye a la reconstrucción de uno mismo ante cualquier pérdida o frente a una enfermedad. Sergio Pitol, que había perdido a su padre siendo un bebé y a su madre cuando tenía cinco años, habla conmovido sobre su propia “infancia en el país de los libros”: “Mi abuela leía sin parar. Y yo atrapaba todo lo que caía en mis manos. (…) A los doce años descubrí La guerra y la paz y cesó mi enfermedad. Siempre he estado convencido de que Tolstoi me salvó” (citado en Michele Petit, El arte de la lectura en tiempos de crisis, México, Ed. Océano, 2009, p. 11).

    Ya sea Tolstoi o Arsenio Lupin, Los tres mosqueteros o Tom Sawyer, la mitología griega, Juan Ramón Jiménez o Dailan Kifki (la maravillosa novela de María Elena Walsh que hizo que mi hija siempre esperara un elefante de regalo), los libros han poblado la infancia de generaciones y generaciones.

    Yo lloré inconsolablemente con el destino del caballo Azabache, quise convertirme en escritora como Jo en Mujercitas, me sentí la mejor amiga de Huck Finn, y miembro del club de “los siete secretos”. Fui la quinta mosquetera durante uno de los veranos más hermosos de mi infancia, trepada en las ramas del damasco que crecía en el jardín de casa y escuchando a lo lejos, cada tanto, la voz de mi madre (ahora se me mezclan en el dolor el recuerdo de ese sonido entrañable, con el perfume de los tilos que tenía alrededor y mi amor por D’Artagnan).

    A los doce años, mis padres me dijeron que ya podía leer todo lo que había en su biblioteca. Recuerdo mi alegría mezclada con la sensación de responsabilidad de estar heredando no sabía bien qué, pero algo con un valor simbólico muy fuerte, de eso no tenía dudas. Un poco apabullante, la verdad. A partir de ese momento crecieron por igual la pasión y el desorden con que toda mi vida me he zambullido en la lectura: Cortázar y Arthur Miller, Agatha Christie y Simone de Beauvoir, Durrell y García Lorca… No estoy segura de haber entendido todo lo que leía entonces, pero disfrutaba los libros. Pensándolo bien, tampoco ahora sé si entiendo todo lo que se supone que debo entender, pero el placer que me da tirarme a leer en cualquier lugar (en la cama, los sábados a la mañana con una taza de café, o en un sillón o en el primer pastito que aparezca) no lo cambio por nada. Y si alrededor, mi gente querida también está leyendo y podemos compartir ese silencio cómplice, o algún comentario suelto cada tanto, ¿qué quieren que les diga? Es lo más cercano a la felicidad.

    Y ustedes, ¿cómo se llevaban con los libros cuando eran chicos? ¿Leían? ¿Qué leían? Cuéntenme… Ya llevamos decenas de respuestas en Facebook y Twitter, ¿se suman?



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