aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Mauricio Merino

El liderazgo indispensable de Sicilia

Mauricio Merino es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito y coordinado varios libros y ensayos sobre ...

Más de Mauricio Merino



ARTÍCULOS ANTERIORES


    Ver más artículos

    13 de julio de 2011

    No es todavía un movimiento social consolidado, ni tiene una organización definitiva; no aspira a ocupar posiciones de poder ni quiere convertirse en una opción electoral; no busca representar a nadie —o no al menos en el sentido tradicional de esa expresión— ni trata de imponer una visión ideológica del mundo. Tampoco es un membrete de la sociedad civil en busca de luz propia, ni sus líderes parecen disfrutar de la fama ganada. Pero el llamado Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad ya marcó su impronta en nuestra atribulada vida pública y, de aquí en adelante, lo más deseable es que su voz se escuche cada vez mejor.

    Un poeta desgarrado y un obstinado defensor de los derechos humanos han tocado las fibras más sensibles de la sociedad y están tratando de darle un sentido organizacional a una amalgama de dolores, agravios e impotencias. Pero no es su eficacia ni sus medios programáticos lo que ha convertido a este movimiento en el más importante y representativo del principio de este siglo —como lo fue el EZLN al final del siglo XX—, sino su capacidad para comprender e interpretar sentimientos individuales de impotencia e injusticia, de pérdidas irreparables y de pulsiones sociales sin respuesta.

    Lo que representa no se puede leer con las miradas habituales, pues se trata de otra cosa; acaso sea, para decirlo con los clásicos, un movimiento que ha logrado encarnar el espíritu de nuestra época: una época marcada por todas las violencias que han acabado con la vida de miles de personas —y no me refiero sólo a los que han muerto—, y que comenzó con la aceptación explícita de la desigualdad como destino, hasta deslizarse muy pronto hacia la degradación moral de nuestra convivencia.

    De ahí que sea tan difícil juzgarlo o discutirlo con frialdad. Porque lo más relevante de su voz no está en las seis propuestas que se han enderezado para darle racionalidad política a su organización, sino en hacer visibles las historias, los nombres y las biografías de las víctimas de la violencia. No digo que poner fin a esta guerra sin cuartel no sea vital, o que se pueda atajar a los violentos sin quebrar sus bases financieras, o que acabar con la corrupción y con la impunidad no sea fundamental para imaginar que la democracia todavía es posible en México. Pero el corazón del movimiento responde a una lógica distinta: lo que ha movido las conciencias del país ha sido la oportunidad de ponerle nombre, carne y hueso a las estadísticas de la violencia; el paso de los números y de los juegos de estrategia militar al dolor individual y a las historias singulares de las víctimas. El sentido humano y no político, que finalmente ha colocado en su justa dimensión lo que casi todos sentimos sobre este momento horrible del país.

    Con todo, dudo mucho que el movimiento comenzado por Javier Sicilia pueda desembocar sin accidentes en un propósito común y llevarnos a un destino compartido. Sus líderes tampoco quieren eso y, aunque cambiaran de opinión en el camino, ya no podrían contrapesar las maquinarias de poder político, mediático y financiero que están de fiesta con el deterioro del país. Nadie sensato podría exigirles tanto. En cambio, hay que pedirles que a pesar de todas sus contradicciones y sus riesgos, e incluso en contra de las presiones de toda índole que están sufriendo —dentro y fuera de su movimiento— no se rindan y sigan adelante. Es preciso que mantengan el liderazgo en el que se han metido, porque lo que estamos por vivir en los próximos 18 meses amenaza con ser todavía peor de lo que ya hemos visto. Si las tendencias dicen algo, a la guerra sin cuartel por el dominio de los territorios del crimen organizado seguirá muy pronto la lucha descarnada por el poder político entre los partidos. La guerra de todos contra todos, mientras las instituciones se desfondan entre la ineficacia y la corrupción.

    Si las guerras se mantienen o incluso se incrementan, las tentaciones de volver al orden imponiendo más violencia serán mucho más grandes. Y a estas alturas, ya no se necesita ir a ningún oráculo para otear el riesgo de la militarización completa del país. Y aunque nadie acabe de decirlo ni de reconocerlo francamente porque el miedo es un valor muy poderoso, el movimiento de Sicilia puede convertirse en el único antídoto eficaz para oponerse a ese destino. Que pase lo que pase, sea la reconstrucción de la conciencia ética y humana la que saque la casta del país y no las espirales de violencia.

    Investigador del CIDE



    ARTÍCULO ANTERIOR
    Editorial EL UNIVERSAL Un Hoy No Circula más justo


    PUBLICIDAD.