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Andrés Lajous

¿A alguien más le molestan los ciclistas?

Andrés Lajous es maestro en planeación urbana por el Massachusetts Institute of Technology y activista político. Actualmente es colaborado ...

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    17 de junio de 2011

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    Llevo ya un rato esperando el artículo que escribió Gil Gamés en el periódico La Razón el lunes 13 de junio. Cae por fin como evidencia de que algo bueno está pasando con las bicicletas en esta ciudad: se notan y molestan. Sí Gilga, si ladran es señal de que avanzamos.

    Desde hace meses veo con envidia la discusión que hay en la ciudad de Nueva York sobre la construcción de infraestructura para bicicletas. Economistas, ambientalistas, periodistas, oenegeros, jueces y peatones se han dado hasta con la cubeta acusándose unos a otros de ser amigos o enemigos de las bicicletas (y por tanto amigos de los coches) o integrantes de un enloquecido lobby probicicleta que tiene tomado al gobierno. La discusión se ha puesto buena, cada grupo ofrece datos y argumentos de por qué es buena o mala idea la política de transporte del gobierno del alcalde Bloomberg.

    En el DF por desgracia esa discusión no ha sido ni así de estridente ni así de pública. Y claro, la diferencia está en que casi nadie se molesta con el tenue incremento en el uso de la bici en nuestra ciudad, en contraste con la ciudad de Nueva York donde se han construido 402 kilómetros de ciclovía/ciclocarril en tres años. En el DF, en cambio se han construido poco más de 20 km (incluyendo los de 17 km de carril compartido de Coyoacán) en este gobierno y mal construido 80 km en el gobierno anterior. Al inicio del gobierno de Ebrard se habían planeado al menos 200 kilómetros. Por ejemplo, se planearon ciclovías en Paseo de la Reforma, Buena Vista, y San Cosme; en Nuevo León, División del Norte, Vértiz, Fray Servando, Av. Juárez, Ferrocarril de Cuernavaca, Av. Chapultepec e Izazaga y en Calzada de los Misterios, La Viga, los Ejes 5, 6, 7, 8 Sur, y Avenida Tláhuac.

    Como le consta a Gamés —lo ha visto con sus propios ojos— el programa de infraestructura para bicicletas del GDF se ha reducido a unas cuantas colonias. Fuera de esa zona nadie se molesta por la invasión ciclista. El entusiasmo de priorizar el uso de la bicicleta, se transfirió a la promoción del uso del automóvil con la construcción de mal pensados segundos pisos y vías rápidas. Por ello el conflicto central en la discusión pública es la tal Supervía, en la que los ambientalistas del GDF tienen que dar vergonzantes piruetas para defenderla contra sus viejos aliados, en vez dedicarse a explicar por qué vale la pena sufrir la invasión ciclista que hoy tanto le preocupa a Gamés.

    Gil, se queja de que los ciclistas militantes le piden a los automovilistas un respeto a la ley y al ciclista que ellos mismos no están dispuestos a dar. Le concedo una parte, es difícil pedir que los demás cambien su comportamiento sin cambiar el propio. Coincido con algunas de sus quejas: 1) es mala idea andar en bici en sentido contrario, 2) es mala idea circular en bici sobre la banqueta.

    Sobre los semáforos, le pido a Gil algo de comprensión. En una bicicleta no sólo es más difícil arrancar que en un coche, sino que en cada semáforo el ciclista tiene que calcular que trae varios coches detrás con ganas de ir más rápido que él. Por esa razón, en los lugares donde sí se prioriza el uso de la bicicleta hay un semáforo para bicis que cambia a verde unos segundos antes que el de los coches, e incluso nuestro reglamento de tránsito permite que las bicicletas rebasen entre carriles durante un alto para no quedar en medio.

    La forma en la que los ciclistas se cruzan los semáforos, claro que pone vidas en riesgo y puede ser una estupidez (por eso lo suelen hacer con harto cuidado), pero si se fija Gil, en donde hay ciclovía lo hacen menos. Saben que pueden seguir avanzando sobre su propio carril sin tener que defender el espacio frente a los coches. Con mis propios ojos he visto, que cuando hay más ciclistas más se respetan los semáforos. Será por un sentido de vergüenza o por un sentido de seguridad colectiva, pero lo hacen más que el ciclista solitario.

    Con más ciclistas en las calles probablemente tendremos que encontrar mejores formas de resolver las tensiones con peatones y coches. Para ello bien haría Gilga en convertirse en un ciclista militante, repantigado en el mullido asiento de una de esas viejas bicicletas “Vagabundo”, y sin la necesidad de tomarse un Tafil antes de internarse en los eternos congestionamientos de la ciudad.



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