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Andrés Lajous

La ciudad a dos tiempos

Andrés Lajous es maestro en planeación urbana por el Massachusetts Institute of Technology y activista político. Actualmente es colaborado ...

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    03 de junio de 2011

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    Hace no mucho empecé a caminar por lo que se conoce como el Centro de Barrio de la colonia Del Valle Norte, entre Amores y Avenida Coyoacán. La zona parece estar en un muy extendido momento de transición entre las distintas velocidades económicas. Hay casas antiguas, edificios cincuenteros, y algunos edificios más recientes. A unas cuadras, por Xola, pasa la línea 2 del Metrobús, frente a la torre de Mexicana, que sigue rodeadea de pequeñas tiendas que sólo pueden ser descritas como antiguas: el mercado “Lázaro Cárdenas”, una huevería (donde sólo venden huevos rojos y blancos), una tortillería, una charcutería francesa (tan vieja, que el número de teléfono que anuncia tiene sólo seis dígitos), una panadería de pan de nata (sí, sólo pan de nata), etc. Al mismo tiempo hay ya comercios como un Pizza Amore, un Starbucks, un Café El Silo, un Sumesa, y una tienda de alimentos gourmet.

    En este escenario nadie podría decir que está en buen estado este Centro de Barrio. Los edificios se ven deslavados y unos cuantos son usados como bodegas, aunque tiene amplias y cómodas banquetas que parecen salvar la vida urbana. Pese a la cantidad de gente que hay en las calles, incluida una universidad privada sobre Mier y Pesado, todo parece moverse con cierta lentitud. A simple vista no está claro cuál es el origen de esta sensación, pero si uno tiene el privilegio de violar los horarios de trabajo más concurridos, puede ver que buena parte de los habitantes, consumidores, y comerciantes de la zona son adultos mayores. Incluso uno podría explicar la supervivencia de estos antiguos y pequeños negocios con relaciones comerciales que no son relaciones propiamente de mercado.

    La huevería y la natería probablemente no pueden ofrecer precios más bajos que los del Sumesa, pero hay compradores que por motivos distintos al precio prefieren comprar ahí. La variedad, frescura, y presentación de las frutas, verduras y carnes en el mercado son muy superiores a las del supermercado. Imagino que entre los consumidores de la charcutería, al igual que los de los negocios que la rodean, hay gente que se conoce con la amabilidad de quien se saluda todas las mañanas; personas que se han visto pasear o vender en una zona por varias décadas; personas que prefieren seguirse viendo que dejar de hacerlo.

    El romanticismo de la descripción previa probablemente refleja costos. Si las relaciones comerciales, entre compradores y vendedores, sólo fueran de intercambio, es decir, si sólo se determinaran por la competencia en precios, la zona se vería de distinta manera. Hay gente que prefiere que no sea así, y se muestra dispuesta a pagar por ello.

    La reciente aprobación de la Norma 29 en el DF, que limita la apertura de supermercados y minisupers a predios de tipo de suelo “Habitacional Mixto” refleja las tensiones y consecuencias que tienen ciertos mercados en ciertos lugares. Por medio de esta ley, el GDF pretende proteger a abarroterías y Mercados Públicos, y los representantes de las tiendas de autoservicio (ANTAD) se cuelgan del techo, intentando subvertir el proceso legal al amenazar con sacar sus inversiones de la ciudad de México. La tensión ahí está, y hasta el momento ninguno de los dos lados ha podido dar mucho más que argumentos amplios sobre las consecuencias de la política que defienden. El GDF dice defender los empleos de los locatarios de los Mercados Públicos, la ANTAD dice defender la libre competencia, y en consecuencia —argumenta— los bajos precios.

    La discusión sería más interesante si el GDF ofreciera argumentos tratando de describir qué espera que pase con los Centros de Barrio en los que hay Mercados Públicos, cómo mejorarían, por qué el servicio y/o los productos que ahí se venden son mejores que los de los supermercados. Al mismo tiempo la ANTAD, en vez de aventar de chicotazo un argumento de libre mercado y amenazar a la ciudad con la movilidad de su capital, debería de reconocer que los grandes bodegones con estacionamientos infinitos no construyen una ciudad deseable.

    De esa mejor discusión, no estaría mal esperar el reconocimiento de que los mercados y la competencia se diseñan a partir de las consecuencias esperadas, no surgen “naturalmente”. La economía y la providencia, aunque lo parezcan, no son lo mismo.



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