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Sandra Lorenzano

Mahler y el “mantra”



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    22 de mayo de 2011

    Cada uno tiene sus manías, sus obsesiones, una cierta manera de relacionarse con el mundo que lo va convirtiendo en un personaje peculiar. Sin querer entrar en demasiadas confesiones, tengo que decir que una de mis manías vinculadas a la escritura tiene que ver con la música. Pero antes una aclaración: no puedo escribir ni leer con música. Aquello de la “música de fondo” no va conmigo. Ni aun tratándose de “buena música”, de obras interesantes, o de piezas suaves que casi podrían pasar inadvertidas. La escritura requiere que yo esté con mis cinco sentidos allí, frente a la página en blanco. Y creo que la música exige lo mismo. A pesar de eso, tengo un ritual: mientras estoy trabajando en un libro recurro cada mañana, antes de ponerme a escribir, a una suerte de “mantra” musical. Esa obra que no elijo a conciencia sino que llega a mí de una manera casi mágica, y que suena muy suavecito en la madrugada (soy terriblemente tempranera), me permite recuperar cada día algo de la escritura. Con Saudades, escuchaba a la gran Marian Anderson – la primera cantante lírica afroamericana, excepcional contralto – con una parte de “La pasión según San Mateo” de Bach. “Erbarme dich, mein gott” cantaba Marian Anderson y yo sabía que eso marcaba mi reencuentro con la historia de amor de A., con la memoria, y con El libro del desasosiego de Fernando Pessoa.

    Y todo esto viene a cuento porque el miércoles pasado, 18 de mayo, se cumplieron cien años de la muerte de Gustav Mahler, ese “extranjero en todas partes”, judío transgresor y apasionado, que quizás no haya querido ser más que un “pequeño niño tambor”, como lo sugiere Leonard Bernstein en su documental “The little drummer boy”. El rasgo profético de sus sinfonías “está en la fuerza con la que abren a lo distinto el tejido compacto del discurso musical. Lo que de genial hay en ellas es el erigirse en encrucijada abierta por la que transitan acontecimientos sonoros”, escribe Alessandro Baricco en El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin. “El hecho de que luego consigan o no controlar ese tráfico en el afianzador perfil de algún orden formal – continúa – es una eventualidad no tan importante…”. Esta transgresión está dada, entre otros elementos, por la mezcla de melodías populares, ritmos infantiles, incluso de sonidos triviales, y modos arcaicos que se cuelan y entrecruzan en el tejido musical. Me detengo en esta característica porque desde hace ya más de un año el “mantra” que me acompaña cada mañana es el tercer movimiento de la Primera Sinfonía de Mahler. Doliente, el contrabajo inicia con el “Frere Jacques” -nuestro “Campanero”- que, en tono menor, va creando un ambiente de nostalgia que se convierte en marcha fúnebre. El paso del arrullo a la muerte, y luego a ese extraño festejo -¿una boda?- en el que, según Leonard Bernstein, aparece tan claramente la herencia judía, han convertido a este movimiento en el más célebre de la sinfonía. Puede sentirse la marca de la diáspora, dice Bernstein, en el “quejumbroso modo frigio, ese tono inicial” que recuerda a la música gitana, a la música eslava, a la música árabe, y que pasa por la ironía brutal que trae a Kafka a la memoria, y que es al mismo tiempo un sollozo desgarrado.

    La marcha fúnebre fue tratada con “furibundo desprecio” durante el estreno de la sinfonía, según cuentan las crónicas de la época. Cuando veinte años después Mahler dirigió la obra en Nueva York habló de su conmoción ante el tercer movimiento: “Para mí es una experiencia curiosa dirigir una de esas obras. Una sensación de doloroso ardor se cristaliza. ¡Qué extraño universo se refleja en esos sonidos y en esas figuras! ¡La Marcha Fúnebre y la tormenta que le sigue son una feroz requisitoria contra el Creador!” Quizás el sentido del arte no sea sino un dolido reclamo a los dioses.



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