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Álvaro Enrigue

En torno a Bellatin

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    02 de abril de 2011

    Hace ya muchos años que Mario Bellatin tomó la decisión de sacar la literatura de los libros: desestabilizar el proceso de escritura y lectura proyectando los fenómenos literarios -irremediablemente anclados en las construcciones del lenguaje- hacia formas de la dramatización a veces tradicionales, a veces delirantes. Muchos de sus proyectos le han dado la vuelta al mundo por su divertida extravagancia. En algún momento convocó a toda clase de artistas plásticos a que diseñaran garfios para su célebre ausencia donde los demás tenemos el brazo izquierdo; en alguna otra ocasión organizo en París un Congreso de Dobles de la Literatura Mexicana en el que personas comunes y corrientes procuraban vivir las vidas de un escritor asignado y luego se juntaban a representarlo. En el último año se ha dedicado a imprimir ediciones muy caseras de sus propias obras, firmarlas con una huella digital y venderlas en una manta de mercado por las ferias editoriales a las que lo invitan.

    Desde el siglo XIX uno de los preceptos en que se fundamenta la lectura y escritura de ficción estriba en desplazar al lector fuera de la página mediante la manipulación de sus reacciones empáticas: la medida del éxito de un novelista ha sido tasada desde entonces por su capacidad para angustiar, entristecer o hacer mearse de risa a los lectores. La idea es trasponer la distancia que supone la letra impresa y, como sugería Ian McEwan en su formidable discurso de recepción del Premio Jerusalén -publicado por Letras Libres este mes de abril-, sustituir la conciencia del lector por la del escritor durante un periodo de tiempo que termina cuando se cierran las tapas del libro.

    Si la modernidad -en caso de que sigamos atorados en ese periodo- demanda la superación constante de todos los lenguajes del arte, probablemente Bellatin sea el renovador insignia de la literatura en español, en la medida en que todos sus gestos literarios apuntan hacia afuera del libro: “Determinado tipo de construcción artística -dice a manera casi gongorina- necesita de la no presencia de límite alguno para ser llevado a cabo”. En la presentación de Disecado, su libro más reciente y el primero inédito que llega al mercado mexicano en varios años, una chelista, un contratenor y un genio del audio interpretaron una cantata de Marcela Rodríguez cuyas arias citaban el libro y al hacerlo transmutaban su orden y significado: otra vez, el libro fuera del libro.

    Uno pensaría que un autor que trabaja sobre preceptos tan poco digeribles para el lector de a pie -en caso de que el lector de a pie exista, por supuesto- condenaría a las obras de Bellatin a piezas de lectura en capilla, pero no. La presentación de Disecado tuvo un aforo espectacular: hacia años que no asistía a una en la que tuviera que escuchar a los ponentes de pie.

    Es cuando menos fascinante que estos exitosos empeños por modificar las maneras de plantearse la experiencia de lo literario -“escribir sin escribir”, dice constantemente a lo largo de Disecado- nos lleguen de manera simultánea al embate más poderoso que ha padecido la cultura del libro en los últimos doscientos años. El empuje de los libros animados para ipad en nombre de la transformación radical del soporte clásico de la lectura empalma a la perfección con la voluntad expresa de Bellatin por expandir el límite de la literatura hacia afuera del lenguaje escrito. Es como si la cultura de la Ilustración -y su baluarte fundamental: el libro y sus ficciones- estuviera, ahora si, al borde de la extinción.



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