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José Fernández Santillán

Internet y la revolución árabe

Recibió el título de doctor en Historia de las Ideas Políticas por la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Turín (1983); se ...

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    11 de febrero de 2011

    Para Carmen Aristegui

    Malcolm Gladwell dice que algunos fenómenos sociales se parecen a las epidemias. Es decir, se asemejan a una infección que comienza en un punto minúsculo, se extiende progresivamente en un cuerpo y, finalmente, se contagia a otros organismos (The Tipping Point, Little, Brown & Company, New York, pp. 7-9). Bien podríamos emplear esta metáfora para tratar de comprender lo que hoy está sucediendo en los países árabes.

    La mecha que encendió el movimiento fue la inmolación de Mohamed Bouazizi, quien falleció el 4 de enero del presente año. Ese hecho fue el catalizador de las protestas que lograron la salida del dictador tunecino Ben Alí.

    Como sabemos, el contagio se ha extendido a varios países situados en la costa sur del Mediterráneo; ha tocado con particular intensidad a Egipto, lugar en el que masivamente las personas, sobre todo jóvenes, se han volcado a las plazas públicas para exigir la dimisión del autócrata, Hosni Mubarak.

    Varios estudiosos, entre ellos, Timothy Garton Ash (“¿Estamos ante el 1989 de los árabes?”, en El País, 8 de febrero de 2011), han comparado este movimiento democrático con los acontecimientos que provocaron la caída del Muro de Berlín hace 22 años y la posterior disolución de la Unión Soviética. Ciertamente, hay similitudes entre lo que sucedió en Europa del Este y lo que hoy acontece en la vasta región comprendida entre el océano Atlántico y el golfo Pérsico: los dos movimientos se esparcieron como una epidemia.

    De igual manera, ambos son producto del “despertar de la sociedad civil”. Pero hay también elementos que los distinguen. Por ejemplo, a fines de los años 80 aún no se había registrado el boom de las redes sociales que, sin duda, han desempeñado un papel estelar en el caso de los países árabes.

    Ana Anabitarte, corresponsal de EL UNIVERSAL, en Madrid, presentó aquí dos textos (7 de febrero, p. A10) que dan cuenta de la relevancia de internet en la revuelta. Allí cita el caso de la tunecina Lina Ben Mehnni, quien a través de Facebook y Twitter denunció las brutalidades cometidas por la dictadura. La gente la tomó como un punto de referencia del levantamiento. Su trabajo sirvió para movilizar a miles de ciudadanos; Lina se ha convertido en otro de los iconos de la “Revolución del Jazmín”.

    El propio Malcolm Gladwell en un artículo publicado en The New Yorker (“Small Change”, 4 de octubre de 2010) afirma: “Los nuevos instrumentos de la comunicación social han reinventado el activismo social. Con Facebook y Twitter, la tradicional relación entre la autoridad política y la voluntad popular ha dado un vuelco, haciendo más fácil para los desposeídos colaborar, coordinar y hacerse oír”. Palabras premonitorias que encontraron su ratificación pocos meses después con los acontecimientos que aquí comentamos.

    Para los estudiosos de la sociedad civil, las redes sociales representan un reto interpretativo. Son un fenómeno inédito. Ellas sirven, ciertamente, para movilizar; o sea, para difundir el contagio; pero no para organizar a las turbas callejeras. Esta debilidad se aprecia en el caso de Egipto, país en el que la lucha popular es intensa, pero falta el elemento aglutinador que fue clave en los países del Este europeo en 1989.

    Allí radica el peligro: quienes sí están organizados son los movimientos islamistas como la Hermandad Musulmana. Eso podría desviar el cauce democrático que, en primera instancia, ha logrado la revolución árabe.

    [email protected]; Twitter: @jfsantillan

    Profesor del Tecnológico de Monterrey (CCM)



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