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Héctor de Mauleón

La glorieta del deseo



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    24 de enero de 2011

    En 1969, el año del viaje a la Luna, la glorieta del Metro Insurgentes era un cráter futurista abierto en la columna vertebral de la urbe. Los añejos caserones que la circundaban parecían mirarla azorados, como si de pronto la ciudad de México hubiera ingresado en un cómic de ciencia ficción. José Alvarado afirmaba que el Metro iba a crear un ciudadano nuevo: un capitalino sin neurosis, fresco, relajado, sonriente, que en cosa de minutos sería capaz de transportarse cómodamente sentado en un vagón que borraba de un plumazo los semáforos, los embolletamientos, la lentitud de los trolebuses, la pesadilla que fue durante años viajar colgado en el pescante de los autobuses urbanos: López Mateos, Circunvalación, San Juanico, Violeta-Perú, Zócalo-Xochicalco y anexas. Terminaba para siempre “el viaje de mosquita”. La glorieta de Insurgentes era la escenografía del mundo que se aproximaba: una ciudad ultradinámica, dotada de circuitos, desniveles, amplísimos espacios.

    La historia de la urbe es la historia de la forma en que la urbe asesina nuestros sueños. Una década después de que Gustavo Díaz Ordaz inaugurara el primer viaje en Metro, un cronista inigualable, José Joaquín Blanco, visitó nuestro cráter del futuro. Descubrió que la ciudad, “su miseria, sus masas, el modo de vida de sus barrios, su violencia”, había convertido la glorieta en una plaza más. Las boutiques, los bares, los lujosos restaurantes que en 1969 servían al aire libre, y eran la puerta que conducía, ¡oh, Cuevas!, ¡oh, Fuentes!, ¡oh, Monsiváis!, a la snobísima Zona Rosa, se habían disuelto en una serie de fondas, taquerías, torterías, sucursales de la Conasupo, el Boletrónico y el Injuve.

    Muchedumbres intermitentes, uniformadas por la pobreza —ataviadas, cuando más, por la oferta de Milano—, corrían, compraban en las tiendas de soya, se alimentaban con licuados, se agrupaban en corrillos, se descomponían en figuras prematuramente devastadas por la crisis. Han pasado más de cuatro décadas desde que Díaz Ordaz condujo con sus propias manos un vagón del Metro. Los túneles de la ciudad interplanetaria se hallan invadidos por discos y películas “piratas”.

    Los ambulantes venden cepillos, lociones, cosméticos. En 1969, la publicidad ofrecía la aspiración de convertir a los mexicanos en técnicos de IBM. Hoy se pueden contar en la circunferencia de la glorieta trece cafés internet, atascados la mayor parte del día. La computación no fue el futuro: los mexicanos entetienen un mundo sin oportunidades en el Twitter, el chat, el e-mail. Sobre los restaurantes al aire libre cayeron el polvo, el smog: el mundo interplanetario fue reemplazado por baños públicos, farmacias de similares, escuelas “internacionales” de cosmiatría, maquillaje y estilismo, tiendas de productos para la calvicie, la gordura y la impotencia, locales de lotería, peluquerías de a diez pesos y consultas médicas de a veinticinco.

    Las muchedumbres forman colas estables frente a las máquinas de recarga del Metrobús.

    Los túneles traseros de los comercios huelen a orines; los niños de la calle se agrupan, a inhalar cemento, junto al busto del regente Corona del Rosal. En las bancas, los novios se besan, pelean, conversan. Las tribus urbanas, emos, punketos, lo que sea, afirman por un instante su pertenencia a la metrópoli. La glorieta registra la salida masiva de los mexicanos del clóset: fajes a mil por hora y besos de lengüita de ese amor que hace unos años no se atrevía a pronunciar su nombre. Cumbias y salsas emergen de los puestos.

    Entre las seis de la tarde y las nueve de la noche, la glorieta es la sala de estar de una ciudad que se caracteriza por su falta de puntos de encuentro. Es el sofá, el café, la lonchería a cielo abierto, la dura decisión de subirse al Metro o dirigirse, sin más, al cercano Hotel Castro.

    Ha caído la noche. A la plaza la sobresaltan las sombras. Como en la crónica lejana de José Joaquín Blanco, los policías fuman. Aguardan el momento de oficiar.



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