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Héctor de Mauleón

Año Nuevo



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    03 de enero de 2011

    El primero de enero es como una cruda sin aspirinas. La ciudad despierta un poco avergonzada de sí misma, mientras los adornos navideños cuelgan sin sentido sobre las calles desiertas. El Distrito Federal parece, más que nunca, un cementerio abandonado. El sol arrastra su cobija sobre esquinas en las que se acumulan despojos: botellas vacías, armazones de pavo y huesos de cerdo que perros famélicos hozan entre los basurales. Han terminado los fastos de diciembre y la ciudad, en plena bancarrota moral, resulta más enemiga que nunca: un deportista invicto corre solitario en la mañana brumosa; un viejo de sombrero y bufanda camina como Eneas en medio de la destrucción de Troya. No hay un alma en el transporte público. Permanecen cerradas las tiendas y las cafeterías. Salvo aquella muchacha que sacó a pasear al perro, los miembros de la tribu se guarecen del frío, pensando qué demonios llevarán al Monte apenas despunte la semana.

    Hace tiempo, digamos un siglo, el poeta Luis G. Urbina describió un primero de enero semejante: relató el vacío que se desplomaba en las calles en cuanto llegaba el primer amanecer del año, y recomendó a sus lectores no fiarse de la frase “¡feliz año nuevo!”, que era el ritornello de todas las conversaciones. “Nada tiene de nuevo ni de feliz —escribió—. Es la misma tortura”. La soledad que reinaba en las calles era sólo el anuncio de que la batalla continuaba.

    Aunque de la ciudad de Urbina no nos quedan sino osamentas, el clima moral del primer día del año no ha cambiado mucho. Hace un siglo, sin embargo, en 1911, el año nuevo porfiriano resultó curiosamente animado. Nadie parecía entender la gravedad del movimiento armado que asolaba el norte del país, no había forma de saber que aquella era la última vez que don Porfirio era el encargado de recibir el año. Los diarios anunciaban que los rebeldes habían sido diezmados en Chihuahua y una comitiva de políticos y militares acudía al Palacio Nacional para dar los parabienes al caudillo. “Cada año recoge el país la abundante cosecha de los grandes beneficios de vuestra labor”, le dijo el ministro de Relaciones. “La República os mira un vez más en pie, robusto y pleno de vigor”. Faltaban unos meses para que Díaz renunciara a la presidencia, pero las clases acomodadas creían que la nación había “manifestado inequívocamente su reprobación e intolerancia a todo trastorno del orden” y recibían el primer día de 1911 con una “surprise party” en casa del magnate Tomás Braniff, y con rumbosos banquetes en la Beneficencia Española y el Centro Castellano. En el club Reforma se celebraba un “match de foot ball” entre el México y el Pachuca; en el Toreo de la Condesa alternaban Vicente Segura y El Cocherito de Bilbao, y en El Palacio de Hierro se lanzaba una realización de “adiós a las mercancías”, en la que se remataban trajes, abrigos y sombreros. No se conocía el paradero de Francisco I. Madero, aunque El País aseguraba que se hallaba oculto en Ojinaga.

    Pocos fords y unos cuantos landós circularon ese día en las calles. La ciudad lucía tan sola que nadie ayudó al obrero Juan Calderón cuando tres sujetos lo asaltaron en la Piedad, y nadie notó cuando unos ladrones fracturaron la cerradura de un inmueble de la Plaza Orizaba, de donde extrajeron joyas y prendas de vestir. Bajo los árboles de Alameda el joven Pablo Reyes se dio un tiro en la sien y en los llanos de Escandón un gendarme halló el cadáver de un recién nacido envuelto en pañales. Hizo frío hace un siglo en las calles de México. La bruma envolvió a la urbe del mismo modo en que apresa a la ciudad de hoy; el sol arrastró su cobija por esquinas repletas de despojos. Todo era como siempre, pero estaba terminando un tiempo: con aquel año nuevo comenzaba un siglo que iba a ser para el país como una cruda sin aspirinas. No había dónde meterse. Ni en aquel año nuevo ni en el de hoy.

     

     



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