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Manuel Camacho Solís

¿Por qué cayó Díaz?

Ha participado en importantes diálogos y negociaciones políticas: con las organizaciones de damnificados después de los sismos de 1985; el S ...

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    22 de noviembre de 2010

    Porfirio Díaz cayó porque su modernización desigual se agotó y sufrió los efectos de dos crisis internacionales; se acumularon múltiples agravios por el despojo de tierras a las comunidades y represión a las protestas sociales y a los opositores; el capital externo se enseñoreó pero él fue perdiendo apoyo en Estados Unidos por su política de equilibrios con Europa (John Mason Hart). Todo ello creó las condiciones, pero fue en el laboratorio de la política donde se catalizó la chispa de la rebelión. Díaz cayó porque no supo abrir las compuertas políticas a las fuerzas que su propia modernización había potenciado y no condujo con acierto su sucesión presidencial.

    En estos días, han sido publicados dos excelentes artículos que ayudan a explicar por qué cayó Díaz. Uno es de Lorenzo Meyer, en Reforma, “Cien años no son (casi) nada”, donde esclarece cómo se fueron concatenando decisiones políticas equivocadas —en la élite— que terminaron por incendiar una pradera social que estaba seca.

    El otro, de Adolfo Gilly, “El águila y el sol”, en La Jornada, explica la genealogía de la rebelión, la cual vincula a la acumulación de los agravios contra la sociedad, empezando por los que provocaron el acaparamiento de tierras por la oligarquía terrateniente y los extranjeros, y el despojo de las comunidades indígenas. Tiene razón Adolfo Gilly cuando sostiene, como antes lo hizo Womack, y antes Octavio Paz, que la rebelión “no habla del futuro, habla de la abolición de los agravios del pasado”.

    Ambas lecturas explican por qué cayó el régimen. Sin la crisis política provocada por la exclusión y la incompetente conducción de la sucesión presidencial, no se habría iniciado una rebelión generalizada. Sin la vinculación de esa rebelión con los agravios sociales, no se habría transformado ésta en una revolución social.

    Como lo ha explicado Lorenzo Meyer, el régimen de Díaz descansaba en un sistema de complejos equilibrios regionales con el que el dictador había estabilizado al país. El régimen entró en crisis cuando el mal manejo de la candidatura vicepresidencial aceleró la división de su élite y la sucesión presidencial facilitó un proceso autónomo de participación política.

    La Revolución no era inevitable. Sobrevino cuando Díaz no supo resolver su sucesión. La candidatura de Corral a la vicepresidencia rompió los equilibrios entre los grupos. La movilización que inició Reyes fue retomada y reforzada por Madero. El propio régimen desaprovechó la oportunidad de conducir una transición pacífica, sobre cuyos trazos reflexionó posteriormente en sus memorias el propio Limantour (con cambio de gabinete, creación de un partido político y una adecuada negociación de la candidatura que mantuviera la unidad y las expectativas, otro hubiera sido el desenlace).

    Pero la rebelión no fue únicamente producto de la disputa inicial por la vicepresidencia entre Reyes y Corral, en un momento en el que sus partidarios sabían que por la edad del presidente, ésta equivaldría a la sucesión presidencial. La rebelión fue impulsada por la participación independiente de los ciudadanos en los clubes antirreeleccionistas que primero fueron reyistas, y al retirarse éste, fueron encabezados por Madero. Ahí se reunieron las aspiraciones y los agravios, y ahí se gestó una oposición que Díaz ya no pudo contener.

    Cuando Díaz celebraba las fiestas del centenario, seguramente no se imaginaba qué tan frágil era su gobierno. Una vez que empezó la rebelión, supo que estaba ante un problema mayor.

    Díaz no renunció porque hubiera quedado totalmente derrotado. Renunció porque él sabía que ya no tenía margen para ganar. Su sucesor estaba descalificado. Su gabinete era impotente frente a los acontecimientos. La sublevación se extendía y sus fuerzas militares eran limitadas para contenerlas. Estados Unidos jugaba ya a varias cartas. Sabía que había despertado el México bronco. Prolongar su mandato, no habría logrado sino aumentar los costos.

    Coordinador del Diálogo para la Reconstrucción de México (DIA)



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