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Editorial EL UNIVERSAL

Revolución inconclusa

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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    16 de noviembre de 2010

    Democracia y justicia social, dos de las reivindicaciones principales del movimiento revolucionario que inició en 1910, siguen siendo, por desgracia, dos grandes pendientes de la agenda nacional, a pesar de que durante los últimos 100 años los gobiernos en turno han proclamado que el país va siempre hacia más y mejor, como en una tendencia ascendente sin fin. Falso.

    Académicos consultados por este diario coinciden en que los postulados revolucionarios no son todavía realidad, si bien el movimiento iniciado por Madero tuvo el acierto de transformar al país. El historiador Felipe Ávila destaca que aquella gesta marcó el “acontecimiento inaugural” de una nueva forma de practicar la política, que asumió el paradigma de la política de masas.

    En lo electoral —base de la democracia—, pese al millón de muertos que hubo en la Revolución, vivimos un oscurantismo que duró siete décadas y que pudo ser revertido mediante un ciudadanizado sistema de comicios a finales de los años 90, que nos ha dado 15 años de elecciones creíbles, pero que está acosado por todos lados y requiere consolidarse.

    Por lo que respecta al andamiaje económico, el panorama es aún más preocupante. En palabras del politólogo Lorenzo Meyer: “Lo que tenemos, entonces, después de 100 años de Revolución, es una oligarquía que no se distingue en nada de la que se vivió con Porfirio Díaz; es un México más oligárquico que antes”.

    La concentración del ingreso y las desigualdades siguen vigentes, no obstante los millonarios programas de desarrollo social y asistencial durante las últimas diez décadas. Más de la mitad de la población vive en algún tipo de pobreza, la mayor parte en su expresión extrema. Campesinos e indígenas saben bien de tal atraso de la justicia social.

    No se ha logrado universalizar el acceso a la salud, y la educación naufraga en una crisis que ha retrasado irremediablemente el acceso del país a la sociedad del conocimiento y, por lo mismo, a mejores niveles de bienestar.

    Ante ese escenario, no hay nada peor que la incertidumbre o la falta de rumbo. La tarea por venir es, entonces, la de construir instituciones, ser propositivos y diseñar como país la ruta hacia mejores niveles de desarrollo político y económico.

    La paz social está amenazada, tanto por inconformidades sociales latentes, como por fuerzas criminales que han sabido colocarse por encima del Estado e imponer su fuerza. Ése no puede ser nuestro destino. Urge concluir la Revolución, de una vez por todas.

     



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