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Sandra Lorenzano

Todos somos hijos de una misma historia



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    23 de octubre de 2010

    Para Tania, Paula, Pável, y los demás

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    “Pensaba que en cualquier lugar -en el camión, en el cine- me iba a dar vuelta y ahí iba a estar. Pero yo no podría reconocerlo.” Andrés había “desaparecido” cuando Ana tenía sólo seis meses, y lo único que recordaba de su padre era la foto que desde siempre estaba sobre el buró: en ella, un chico tan joven que apenas se sospecha que pueda ser padre carga una bebé rolliza y sonriente.

    Lucila, en cambio, no tenía ninguna fotografía con su padre. “Nunca llegamos a mirarnos las caras”, dice. “Mi mamá estaba embarazada de seis meses cuando se lo llevaron.” Ese montaje en que se proyecta la imagen de Carlos a un lado apenas del rostro adolescente de su hija, casi encima, como si pudieran abrazarse, fue uno de los primeros experimentos que Lucila hizo como fotógrafa. Por fin tuvo una foto con su papá.

    Tomás se había criado con la abuela. “¿Y cómo eran, Abu?” No se cansaba de escuchar las historias de sus padres, aunque, a medida que crecía, cada tanto pensaba lo mismo que decía María Inés en su película “Papá Iván”: “Hubiera preferido un padre vivo que un héroe muerto”.
    Hay miles de historias como éstas. Miles de hijos de desaparecidos. También ellos son víctimas del terrorismo de Estado. Sus padres han sido secuestrados, torturados, asesinados, en Guatemala, en Colombia, en Chile, en El Salvador, en Argentina, en Bolivia, en Uruguay, en Perú, y claro, también en México.

    De a poco fueron dándose cuenta: empezaron a escribirse, a buscarse, a reconocerse y descubrieron que todos ellos “son hijos de una misma historia”. La historia del horror. Son hijos de los crímenes de lesa humanidad que ensangrentaron a nuestro continente; que siguen haciéndolo en muchos casos. Y piden lo mismo: justicia. “No olvidamos. No perdonamos. No nos reconciliamos”, dicen todos.

    De a poco fueron dándose cuenta: Tania y Pável, hijos de Rafael Ramírez Duarte, desaparecido en la ciudad de México; Paula, hija de Esther y Luis, desaparecidos en Córdoba, Argentina; Luisa, hija de Miguel Ángel Díaz, desaparecido en Bogotá, y muchos  más. Se miraron y se reconocieron: el mismo atisbo de sombra en la mirada, las mismas ganas de seguir peleando, la misma alegría para enfrentarse al mundo, y para dejar que los inunde cuando se abrazan, y cuando se entusiasman hablando de los próximos proyectos, y cuando cantan juntos, y cuando toman mate o un tequila -que de todo hay en las mesas cuando se sientan a charlar y a compartir-. La misma huella de los ausentes sobre la piel.

    Por eso, los chicos de H.I.J.O.S. México  (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio, http://www.hijosmexico.org) que cumplen diez años como grupo y que se saben herederos de la lucha de las “Doñas” que luego fundaron el Comité Eureka, y hermanos de muchos, muchísimos en América Latina, decidieron que una buena forma de celebrar el cumpleaños era la organización de un Encuentro Internacional. Para poder, ahora sí, mirarse de frente y descubrirse en los ojos de los “compas”. Y así nació este primer Encuentro que vistió de memoria nuestro octubre, en el que hubo reflexión, análisis, cine, música, fotografías, talleres, exposiciones  (la exposición colectiva “Todos somos hijos de una misma historia” puede verse en la Universidad del Claustro de Sor Juana), mucha risa, mucha emoción, mucho dolor en el cuerpo.

    Cuando el gran poeta Juan Gelman aún buscaba a Macarena, esa nieta que había nacido en cautiverio y cuyo nombre e identidad desconocía, escribió la conmovedora “Carta abierta a mi nieto o nieta” -un documento que difícilmente podamos leer sin sentir en los huesos el horror de la pesadilla y la conmoción de las lágrimas-. Los alumnos de una escuela primaria le respondieron: “Todos somos tus nietos, Juan”.

    Hoy quisiera decirles a los H.I.J.O.S. de todo el continente: “Todos somos sus padres, chicos”.

    http://sandralorenzano.blogspot.com    

    twitter.com/sandralorenzano



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