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Gabriela Warkentin

Derecho a ofender

Gabriela Warkentin, con estudios en comunicación y narrativa, es docente en universidades nacionales e internacionales, conductora de radio y ...

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    22 de octubre de 2010

    Exige tono de voz engolada: “Camino a la castidad”. Así se llama un congreso que en fechas próximas se llevará a cabo en Guadalajara. Lo organiza el grupo católico Courage Latino, y sólo pretende, ahí humildemente, “acercar a los homosexuales a la perfección cristiana”.

    Algunos colegas se sienten ofendidos: algo tan reaccionario, tan rancio, no debiera estar sucediendo. Yo le doy vueltas. Bien a bien, ¿qué me puede ofender? No sé: el pésimo diseño de sus carteles, la ridícula tipografía cursiva de sus comunicados y, ya entrados, ofende a la inteligencia que se reúnan, recen y canten, para mostrar “cómo se cura la homosexualidad”. Luego, eso de “acercar a la perfección cristiana”: ¡vaya soberbia! (y es pecado, ¿eh?, que las reglas también me las sé). En fin, reconozcamos: es un mito eso de que vivimos en el siglo XXI. Pero bueno. Con todo, sostengo que están en su derecho de dilapidar energías y proclamar sanaciones. La libertad de expresión nunca es de unos cuantos. Otra cosa es si se comprueba que el gobierno del estado patrocina tal encuentro; pero ése es un tema de rendición de cuentas y transparencia que también ofende.

    Ni modo, vivir la libertad de expresión es infinitamente más difícil que proclamarla.

    Sí, me parece que el gobernador de Jalisco, Emilio González M., es indefendible en sus muchas aseveraciones (incluida la más reciente: ésa de que no le ha perdido el asquito a las relaciones entre homosexuales; aunque habríamos de concederle el beneficio de la duda: dice que no le “ha perdido” el asquito, en una de esas ya va camino a… pero bueno). Sí, me parecen ofensivas las declaraciones del cardenal Sandoval Íñiguez en contra de todas las minorías y de quienes osan defenderlas. Y no, no me estoy ensañando con Jalisco, sólo que últimamente se han lucido aportando bellas perlas al museo nacional de la ignominia. Que para ejemplos de barbaries pronunciadas, basta voltear a diestra y siniestra, y la colección desborda. Incluido lo que aquí escribo, que seguro para muchos es ofensivo, banal y estúpido. Asumo, estoy ejerciendo mi derecho a ofender. Es parte de la libertad de expresión. Acallarlo es censurar, aunque nos estallen las vísceras frente a ciertas palabras, actitudes, mentalidades.

    Brincará más de uno. Me hablará de los derechos de las minorías, del peligro de incitar al odio. Argumentará que la ofensa, en extremo, puede conducir a la violencia. Dirá que nuestra máxima siempre ha sido eso de que el respeto al derecho ajeno es la paz. Me recordará —espero que no la madre— que en México nos gusta que nos hablen bonito. Y responderé a todo que sí, porque estoy de acuerdo. Sólo que no creo que acallando las voces discordantes, enterremos violencia, segregación, discriminación, y todo el lacerante discurso conservador y retrógrada que escuchamos cada vez más en un México al que le cuesta mucho afirmarse.

    En estos días me dicen con frecuencia que hay que sancionar al gobernador de Jalisco, ¡ya no le den tribuna! Pero me temo que nuestra política para prevenir la discriminación corre el peligro de volverse censora, en su afán excedido de lo políticamente correcto. ¿Y si mejor nos comprometemos a exhibir las intolerancias, los discursos de odio, las estupideces? ¿Y si, al dar tribuna, se ventilan? ¿Y si los medios hacen su papel de contextualizar, contrapuntear, y no dejarse llevar sólo por la estridencia? ¿Y si exigimos que todas las voces se escuchen? ¿Y si reconocemos el peso de las palabras? ¿Y si se activa la sanción social? ¿Y si le talacheamos, pues, para ser mejores ciudadanos?

    Dice bien el poeta Gilberto Prado Galán que el consenso es a la verosimilitud, lo que el disenso a la verdad. Si toca poner límites, que sean los mínimos. La voz, los micrófonos sirven también para incitar a la eliminación del otro; Ruanda bien nos lo recuerda. Pero en México todavía estamos en condiciones de reconocer que el derecho a ofender es parte intrínseca, por muy desagradable, de la libertad de expresión. Sólo así no terminaremos dándonos asquito todos.

    Directora del Depto. de Comunicación de la U. Iberoamericana y de ibero 90.9 fm. http://twitter.com/warkentin



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