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Sandra Lorenzano

“Mi” UNAM



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    25 de septiembre de 2010

    “Yo quiero estudiar acá”, dije cuando bajamos del camión, cruzamos Insurgentes y nos encontramos cara a cara con los murales de la Biblioteca Central. “Yo quiero estudiar acá”, fue la primera frase que me permití a mí misma con sentido de futuro en este nuevo estado de vida que se llamaba México DF. Detrás, las “islas” se descubrían como un territorio de libertad. Era el mes de julio de 1976, y el viaje a la Ciudad Universitaria, nuestra primera salida de fin de semana.

    Todavía el olor a smog, a café quemado (cortesía de la esquina de Molinos y Revolución) y a las flores y barbacoa del mercado de enfrente – “todo mezclado, todo mezclado”, como había escrito Nicolás Guillén– me era no sólo ajeno sino casi agresivo; todavía no habíamos aprendido que el sol quemante del medio día se transforma en un instante en una tormenta que nos deja desprotegidos y empapados; todavía no sabíamos reconocer las esquinas por sus voces, ni habíamos fatigado –borgeanamente– las cuadras que separaban las Torres de Mixcoac del correo que estaba (¿está?) junto a la Iglesia de la Candelaria esperando recibir la constatación escrita de que nuestra vida estaba en otra parte, que nuestras complicidades verdaderas nos esperaban a 10 mil kilómetros, al sur de todos los sures, y que este paso por una ciudad otra, ajena y distante, era un error que solucionaríamos más temprano que tarde.

    Aún no había pasado nada de eso, y estaba muy lejos de creer que algún día reivindicaría, con una insistencia que raya en la obsesión, mi nacionalidad “argen-mex”. Pero lo dije: “Yo quiero estudiar acá”. Quizás porque fue el primer lugar que sentí abierto y libre frente a la asfixia que se me había instalado “entre pecho y espalda” como decían las viejas, exactamente en el espacio que existe entre el corazón, los pulmones y las “saudades”. Fue desde ese momento mi lugar favorito en esta ciudad que fui ganando cuadra a cuadra, esquina a esquina, hasta sentir como propia. Hasta ser capaz de aspirar, con nostalgia incluso, el olor a café quemado y smog de Molinos y Revolución (la necesidad de pertenencia tiene razones que la razón desconoce). Y se me cumplió; algo, lo sé, que no pueden decir los miles de jóvenes que quedan fuera de la UNAM cada año, pero que sí comparto –como marca de agua genética– con millones, con orgullo “puma” y con la convicción de que no hay mejor inversión para un país que la educación pública.
    Mi “patria chica” dentro de ese monstruo –en el sentido más cariñoso del término– que es la Universidad Nacional fue y sigue siendo la Facultad de Filosofía y Letras. Finalmente llegué a sus aulas tres años después del primer deslumbramiento, sintiéndome más chilanga que nadie (aunque siguiera sin entender el lema de Vasconcelos, o aunque –mejor dicho- no me gustara lo que entendía: ¿raza?, ¿espíritu?).

    El primer día me recibieron la ironía muchas veces hiriente de María del Carmen Millán, el paso firme y las preguntas inquisitivas de Adolfo Sánchez Vásquez y de Ramón Xirau, a quienes admirábamos de lejos, y la voz suave de Luis Rius del que nos enamoramos inmediatamente todas y todos.

    ¡Vaya debut! En ese mismo momento me puse un sello con tinta indeleble en la frente que voy presumiendo por la vida. Siempre vuelvo cuando quiero recuperar mi lugar en el mundo: cuando en abril el estacionamiento se cubre de jacarandas florecidos, cuando pienso en las largas discusiones en el “aeropuerto” sobre la revista que algún día haríamos, sobre los libros que escribiríamos, cuando me acuerdo de Salvador Elizondo sumergido en el Ulises y contagiándonos su emoción ante cada hallazgo, o de Margo Glantz, con largos collares y unas genealogías que mi madre sintió siempre como propias, que me invitó a dar mi primera conferencia (aunque no creo que ella lo recuerde, yo se lo he agradecido toda la vida), o de una jovencísima Anamari Gomís que llegaba deslumbrada por la teoría aprendida en NYU, o de la agudeza y calidez de Federico Álvarez…, cuando pienso en el relato repetido una y otra vez de Alcira, aquella uruguaya que quedó atrapada en uno de los baños en pleno 68 y que Bolaño transformara en personaje literario, pero también cuando quiero revivir el tiempo en que le enseñé a Mariana a andar en bicicleta (en el tramo que va de Derecho a Arquitectura), o el pánico de mi primera clase frente a un grupo a la que llegué gracias a la solidaridad de Valquiria Wey (y no, no fue en el mismo salón que me recibió en el 79, aunque la razón poética me empuje a hacerlo coincidir), o las primeras marchas ¡por supuesto! al grito de  “Fi Fi Filosofía”, las quesadillas camino a Psicología, las clases de teatro en el Carlos Lazo, la emoción del homenaje a Eduardo Mata en el Che Guevara…

    Perdonen ustedes el desorden, pero la memoria es así: fragmentaria, dispersa, caótica.  En todo esto he pensado estos días de Centenario. En “mi” UNAM, la que me sedujo allá al comienzo del exilio y me hizo hacer la primera declaración de futuro en esta tierra que me ha dejado echar raíces. Así que sé que ustedes sabrán disculpar que  termine estas líneas con un agradecidísimo ¡Gooooyaaaaa!!!!



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