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Manuel Camacho Solís

¿Estamos como Colombia?

Ha participado en importantes diálogos y negociaciones políticas: con las organizaciones de damnificados después de los sismos de 1985; el S ...

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    13 de septiembre de 2010

    Causó irritación lo dicho por la secretaria de Estado Hillary Clinton. De inmediato se respondió que parte de nuestro problema está originado por el gran consumo estadounidense de drogas y la venta sin control de armas. Que, además, en Colombia, hay vastos territorios controlados por la guerrilla. Eso es cierto, pero debiéramos preguntarnos con objetividad si nos estamos acercando o alejando del riesgo de tocar fondo como ocurrió en Colombia hace 20 años. Para resolver un problema el primer paso es reconocerlo.

    No estamos como Colombia porque nuestras historias son distintas. La reforma agraria de México dio más estabilidad en el campo por décadas. Porque nuestras economías tienen escalas diferentes. El peso relativo de su economía criminal en su producto interno era superior al de México. No lo estamos, por el tamaño de su guerrilla y porque los actos de terrorismo que llevaron a cabo sus organizaciones criminales fueron de mayor escala.

    Con esas diferencias, sin embargo, habría que reconocer que en varias regiones de nuestro país el Estado ha perdido soberanía. El crimen controla policías, logra infiltrar la cadena completa de la seguridad y la justicia, cobra derechos de piso equivalente a impuestos, realiza secuestros, financia campañas, incide en las elecciones, lava dinero en gran escala, amedrenta a altos funcionarios, ejerce sin consecuencia legal la violencia.

    El crecimiento de la violencia en México es innegable. Al principio de este sexenio el promedio bimestral de ejecutados no llegaba a los 400, mientras que actualmente sobrepasa los dos mil. Es un crecimiento de más de 500%. Por otra parte, la confianza de los ciudadanos en que la política de seguridad que aplica el gobierno es la correcta va en claro descenso. Más violencia y menos aprobación son como para preocupar a cualquiera.

    Pero el problema principal no es si estamos como Colombia, sino si nos estamos acercando o alejando de esa posibilidad. Hay que recordar que el punto más bajo de la situación colombiana ocurrió en 1989, cuando durante la campaña presidencial el narco asesinó a cuatro candidatos presidenciales e hirió de gravedad a quien después sería presidente. Ahí se tocó fondo: ¿el crimen decidiría quién sería presidente, o lo harían los ciudadanos?

    Los líderes políticos de ese país tuvieron la entereza, visión y responsabilidad para no darse por vencidos. Vino el Constituyente. Convinieron una política de seguridad de Estado. Y con esas bases políticas, la construcción de una policía nacional confiable, la extinción del dominio, el seguimiento al dinero, la sanción a los políticos que se habían asociado a la delincuencia y, al final, también, a quienes habían apoyado a los paramilitares. Por todo ello han mejorado la seguridad de sus ciudadanos: en 2010 hay mucho menos secuestros, extorsiones y asesinatos que en 1990.

    Nosotros no hemos llegado a su 1989, pero estamos justo en el momento en el que habremos de decidir si la política de seguridad va a quedar sujeta a la Constitución, a respetar o no los derechos humanos, si a los criminales se les someterá a juicio y si se va a elevar el costo de la asociación de algunos políticos con el crimen.

    Para asegurar que no nos acercamos a lo que fue Colombia tendríamos que proteger de la violencia el proceso sucesorio de 2012, y legitimarlo; convenir una política de Estado en materia de seguridad y optar con determinación por consolidar el Estado de derecho. Mientras no sea así, ese riesgo seguirá presente.

    Coordinador del Diálogo para la Reconstrucción de México (DIA)



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