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Pierre Charasse

Una nueva estrategia mundial para las drogas

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    24 de agosto de 2010

    En México, como en muchos países, se abre la posibilidad de un debate sobre la legalización o despenalización de las drogas. Durante décadas, ni siquiera se podían mencionar estas palabras, ahora ya no es un tabú. Las evidencias se imponen: después de más de medio siglo de prohibición mundial, el consumo y la producción de estupefacientes no ha bajado, la violencia y la corrupción alcanzan niveles extraordinarios, la narcoeconomía está floreciendo.

    Desde el principio del siglo XX, los países occidentales, liderados por los Estados Unidos, impusieron y generalizaron un régimen internacional de prohibición de las drogas a través de una serie de convenciones internacionales (1961, 1972 y 1988) que establecen normas de derecho penal internacional: tipificación de delitos de producción y tráfico de drogas, lavado de dinero. Todos los países tuvieron que adaptar su derecho penal nacional a la norma internacional para reprimir el uso de los estupefacientes identificados por las Naciones Unidas. Las listas de las drogas y sustancias prohibidas y de sus precursores químicos están establecidas por expertos de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE). Están en constante evolución por la aparición de nuevas moléculas de drogas sintéticas. Los convenios internacionales dejan un pequeño espacio para el uso tradicional o medicinal de estupefacientes de origen vegetal.

    Con un balance tan negativo de medio siglo de políticas represivas, se siente la necesidad de abrir un debate sobre estas políticas y sus fundamentos. Se parte de una afirmación: las drogas son peligrosas y socialmente malas. Pero, en toda la historia de la humanidad, en todos los continentes, el hombre utilizó por un motivo o otro (curación, magia, religión, placer…) sustancias que tienen efectos sobre sus facultades físicas o mentales. Algunas pueden ser muy peligrosas, otras no, lo importante es que la absorción de estupefacientes depende de comportamientos individuales o colectivos y plantea la cuestión de las libertades fundamentales del hombre. La prohibición generalizada en el siglo XX responde, sobre todo, a posturas puritanas de la sociedad anglosajona, y se volvió norma universal. La prohibición del alcohol en los Estados Unidos fue un fracaso, nunca resolvió el problema del alcoholismo y provocó grandes daños sociales: violencia, corrupción. No duró mucho.

    A pesar de resultados muy discutibles, la mayoría de los gobiernos no se atreve a modificar el régimen actual de prohibición. Es cierto que no se sabe con exactitud qué pasará si se liberalizan la producción y el comercio de los estupefacientes. Pero tenemos indicios. Holanda y Suiza, que permitieron, en cierta medida, el libre comercio de drogas “ligeras”, u otros, que abrieron centros de atención a adictos a drogas “duras”, no se arrepienten: el consumo no ha aumentado, hay mayor control de calidad de los productos, se limitan los riesgos de propagación del VIH o de hepatitis por jeringas contaminadas, el adicto no se siente marginado ni tratado como delincuente sino como enfermo, hay menos violencia. Sacar el uso y el comercio de las drogas, de la clandestinidad, presenta más ventajas que inconvenientes.

    Es hora de abrir un debate internacional. El lugar natural para discutir es la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas, donde gobiernos y expertos podrán intercambiar sus argumentos sobre la prohibición y, si hay consenso, modificar las convenciones internacionales en vigor. Una fórmula sería dejar a cada país la libertad de reglamentar el uso y el comercio de los diferentes tipos de drogas, como lo hacen para el tabaco, el alcohol o algunos medicamentos. Así se podrían privilegiar medidas de prevención y de salud pública. Sería muy oportuno que un grupo de países, duramente afectados por las consecuencias del narcotráfico como los países andinos, México, Centroamérica y otros, pudieran tomar una iniciativa en las Naciones Unidas para lanzar el debate. La oposición más fuerte al diálogo está en Washington —¿por qué será?—, pero si se suman muchos países, se puede llegar a un consenso para cambiar de estrategia, poniendo énfasis sobre la dimensión sanitaria del problema.

    Se agotó el modelo prohibicionista. El inmovilismo actual de la comunidad internacional no puede durar más: la discusión tiene que ser abierta sin a priori, con base en hechos, y no en posturas moralistas que las sociedades ya no aceptan.

    pcharasse@gmail.com

    Ex embajador de Francia y vicepresidente del Observatoire Géopolitique des Criminalités



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