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Sandra Lorenzano

Arte, violencia y memoria en América Latina I



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    15 de agosto de 2010

    ¿Y aquí, qué hacemos?”. Ésta es la pregunta que surge usualmente cuando doy alguna charla sobre el modo en que el arte participa en la construcción de la memoria social en sociedades que han atravesado episodios o épocas completas de violencia, autoritarismo y horror. Después aparecen las confesiones: siempre levanta la mano o se me acerca alguien que empieza diciendo “Yo soy hija / hermano / sobrino… de un desaparecido (o de alguien que fue asesinado, o que fue secuestrado, etc., etc.) en México”. “¿Y aquí, qué hacemos?”, me preguntan. ¿Qué hacemos para que la memoria de nuestros muertos, de nuestros horrores, no sea sólo la que guarda la familia? ¿Qué hacemos para que la memoria no quede diluida en el discurso oficial?

    Estas preguntas van, en el caso mexicano, desde la represión de los años 60 y 70, hasta los miles de huérfanos que ha dejado la supuesta guerra contra el crimen organizado, pasando por Acteal, los feminicidios de Ciudad Juárez y el estado de México, y los niños asesinados por negligencia y corrupción en la guardería ABC. Y son las mismas preguntas que se hacen otras sociedades que han atravesado épocas sangrientas; ya sea que hablemos de las dictaduras del Cono Sur, del genocidio en Ruanda o de Colombia: ¿Cómo se construye la memoria de una sociedad? ¿Cómo se transmite a las generaciones futuras la historia del horror? ¿Qué historia es la que se busca transmitir? ¿Cuál es la relación entre el pasado y el presente? ¿Cómo se construye un espacio que dé cabida a las diferentes voces, a los diversos relatos que desde el hoy hacemos sobre el ayer? ¿Cómo se evita el anquilosamiento de la memoria, haciendo de ella algo activo? ¿Cuál es la relación entre memoria y justicia? Tal vez valga la pena recordar a Yosef Yerushalmi cuando dice: “Será que el antónimo del olvido no es la memoria sino la justicia”.

    Las distintas respuestas o reflexiones que se generan a partir de estas preguntas componen un tejido dominado por la diversidad y las tensiones. No se trata de hacer de la memoria un relato cómodo, que fije la historia en tanto discurso domesticado, sino de subrayar ese movimiento constante que impide que sea encasillada y silenciada. Se trata de reflexionar y de crear a partir de las fisuras, de los quiebres, del fragmento, de la movilidad que convierte a la memoria, no en un discurso estático, sino en resistencia permanente.

    En este sentido, la memoria es —tiene que ser— un ejercicio de reflexión y de compromiso con el presente, algo activo que se sitúa en el hoy y a través del cual el pasado es permanentemente resignificado.

    Es en este contexto que nos preguntamos acerca de la posibilidad del arte. ¿Qué puede decir el arte en un momento en que la historia nos presenta su rostro más oscuro? ¿Realmente puede decir algo? ¿Son la violencia, la muerte, el espanto, irrepresentables? ¿Cómo se habla del dolor o del duelo? Pienso, por ejemplo, en el monumento a las víctimas del nazismo en Berlín, a los planteamientos absolutamente transgresores de Horst Hoheisel, en Christian Boltansky, en el Colectivo de Acciones de Arte (Grupo CADA) en Chile bajo la dictadura de Pinochet, en las cajas negras de Alfredo Jaar, o en los “escraches” de los HIJOS (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) en Argentina, por mencionar sólo algunas de las propuestas que me parecen más interesantes. En la segunda parte de este texto me detendré en algunas de ellas.

    Sin duda, el arte nos proporciona un modo de ir tejiendo una trama sutil para rodear lo innombrable; quizás así podamos llevar a cabo la ceremonia de bautizo y entierro, nacimiento y duelo, análisis comprometido y exigencia de justicia que los muertos y los vivos reclaman.

    http://sandralorenzano.blogspot.com

    Escritora



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