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Sandra Lorenzano

Cartas de un seductor



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    31 de julio de 2010

    Un tal Juan Santaella le escribe largas y jugosas cartas a su amiga y ex amante Elvira Ulloa. Él está en Sevilla, ella en Florencia. Las cartas que se intercambian son en conjunto una sabrosa reflexión sobre la seducción y el donjuanismo, el amor y el deseo, la sexualidad y la muerte. No por nada, ambos protagonistas tienen los nombres de los personajes principales de esa vieja historia contada tanto por Tirso de Molina y Mozart, como por Moliére, Lord Byron, Kierkegard, Zorrilla y tantos más: la historia de Doña Elvira y del tenorio por excelencia: Don Juan.

    Estoy hablando de Cartas de un jubilado, la primera novela de Tomás Segovia, conocido hasta ahora como poeta y ensayista. Lo que sigue es un fragmento de la carta que le escribí al propio Segovia para celebrar el nacimiento de este libro.

    Muy querido Tomás,

    Permíteme aprovecharme de tu propuesta epistolar para iniciar esta charla que será contigo, pero sobre todo, y a través de ti, con el estimado amigo Juan Santaella, y no por exceso de confianza, no vayas a creer, sino porque sus cartas nos “seducen” (y pocas veces mejor usado el término) creando tanta intimidad que lo siento –y no creo ser la única– como alguien cercano, conocido, casi familiar. Un viejo amigo que se propone contarnos algunos de los secretos de su vida. ¿Será que todos somos un poco Elvira Ulloa?

    Y ahora que hablo de Juan y de sus cartas a Elvira -¿a quién si no, con ese nombre, podría escribirle?– pienso en el ejercicio de seducción que es la escritura. Y ahí está la poesía, está el lenguaje, como creación en tanto des-cubrimiento, porque quitando lenta, morosamente, “a-morosamente”, lo que lo cubre es como va apareciendo el cuerpo amado – que a la larga no hay cuerpo deseado que no sea amado, como nos enseña tu epistolar amigo-. En ese cuerpo amado, que es también el del lenguaje, quien escribe busca su propio rostro como en un espejo, para adivinarse visto por la otra piel. Por eso el ejercicio de la seducción vuelto palabra es también exploración por el propio interior. ¿Quiso Juan saber, Tomás, quién era, buscándose a sí mismo en las palabras de Elvira? Y tal vez esa sea la razón de que no importe demasiado que el libro no nos dé a leer también las cartas de ella, aunque algo de ellas conozcamos o intuyamos en las respuestas de tu don Juan, que no será nunca “un vulgar tenorio” como lo dice en alguna de las líneas.  Es el tuyo, Tomás, un “Dramma gioccoso”, como llamaban al Don Giovanni de Mozart, que tú has recuperado. Pero lo juguetón no le quita lo melancólico a estas páginas que acabas de publicar; será porque las primeras líneas nos alertan ya sobre la muerte de los protagonistas, será porque el paso del tiempo es una presencia subrepticia pero implacable a lo largo del libro, será porque un don Juan envejecido despierta más nostalgia que ironía.

    Y quizás hablando del tiempo, de la vida y de la muerte vengan al caso -¿por qué no?- estos versos que escribiste hace algunos años y que tanto me gustan: Y yo voy mientras como quien espera / Que le alcance en viaje una noticia / Con un oído siempre hacia lo alto / Y en la frente este humo tercamente / Por si pasa la vida / Que me reconozca.

    Como buen transterrado que desde pequeño conoció el sabor de la distancia, aunque digas que eres “no ciudadano”, o ciudadano de más de una tierra, eres un fanático de las cartas. Ahí están tus “Cartas cabales” con el famoso -gracias a ti- Matías Vegoso, a quien aún podemos ver cada tanto en tu blog, las cartas con Octavio Paz, las de la sección “Correo ordinario” que está en Bisutería cuyos títulos carta insulsa, carta onirista, carta de adiós, carta en dos fechas, carta nemorosa, carta seminudista, carta incestuosa, carta culta y otras, muestran la variedad de tu pasión epistolar. Y como trashumante que eres sabes que las palabras que llegan del otro lado del mundo (siempre llegan del otro lado del mundo) son parte insustituible de la vida. Por eso pintaré yo también en los muros de las ciudades donde haya gente querida tu poema “Voto postal”: “Amigos bombeadme una sangre postal / Oh correo mi largo cordón umbilical”.

    La figura de don Juan –y no hablo ahora de Santaella sino de la figura mítica que han recreado, castigado o celebrado decenas de artistas de todos los tiempo– es casi un pretexto para que tus personajes construyan un nuevo arte de amar, Tomás, en el que la libertad del otro es un requisito sine qua non y la confianza una acompañante imprescindible del deseo. Y ahí está el juego de la seducción, en el que ambos participaron hace ya tanto tiempo y donde cada uno sedujo al otro. Porque el que seduce le da la vida al que es seducido. El hombre naciendo de la costilla de Eva.

    Tu Juan le propone a Elvira un ejercicio casi del pasado: volver al juego de la seducción a través de la inteligencia, del humor, de la sutileza, de la ironía que sólo la palabra puede permitir. ¿Y acaso es otra cosa la literatura, Tomás?  

    Termino aquí estas frases que he tejido alrededor de tu historia con ganas ya de volver a ella – que es lo que nos pasa con los libros que valen la pena-.

    Por eso, Tomás, si me lo permites, cerraría yo con la frase de otro gran seductor (quizás uno de los pocos que no aparecen en Cartas de un jubilado), una frase que, por cierto, nunca fue dicha donde ha pasado a la historia que fue dicha, pero que nos va a permitir regresar una y otra vez a tus páginas: me refiero a la frase de Casablanca; pero me gustaría citarla de donde vale más la pena: de Sueños de un seductor, porque no me cabe duda de que – como Woody Allen con Humphrey Bogart -somos todos tus aprendices en el sentido más honesto y admirativo del término. Así que, por favor, Tomás, “Play it again”.
    http://sandralorenzano.blogspot.com



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