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Editorial de EL UNIVERSAL

Movimiento paramilitar

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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    15 de junio de 2010

    Acostumbrados como estamos a las noticias de ejecuciones, retenes falsos, secuestros, extorsiones, balaceras y demás acciones del crimen organizado, podría pasar desapercibida una serie de hechos que en las últimas semanas hace evidente la escalada de violencia que asola a nuestro país.

    Se trata de una nueva clase de ataque contra las autoridades y la sociedad mexicana en distintas regiones, perpetrado casi de manera simultánea. Acciones que parecerían concertadas entre los distintos cárteles de no ser porque estos siguen enfrentándose furiosamente entre sí. La situación que se vive en estos momentos ya no es sólo la de la pugna entre mafias por el control de las rutas y las plazas para el tráfico de droga. Ahora nos hallamos ante desplantes abiertos de talante paramilitar. Mientras en Monterrey, la segunda ciudad más importante del país, los delincuentes son capaces de paralizar la vialidad para cometer sus actos sanguinarios, los criminales en Zitácuaro montan su propio bloqueo sobre una importante arteria para emboscar a un convoy de agentes federales. Una semana antes más de 25 delincuentes penetraron el centro de rehabilitación Fe y Vida, en la capital del estado de Chihuahua, para asesinar a 19 personas. Apenas ayer la escena se repitió, esta vez en un penal de Mazatlán, donde fueron ultimados 28 hombres, presuntamente por pertenecer a la organización equivocada.

    ¿Cómo llamar a estos rabiosos operativos criminales que, sin serlo, parecerían concertados? Guerrilla es inadecuado porque no se trata de un grupo reducido y disperso, con ideología u objetivos sociales o políticos claros. Tampoco son un movimiento armado porque no buscan sustituir, en su conjunto, al poder público, sino destruirlo ahí donde les estorba para hacer negocio.

    Un movimiento de grupos paramilitares inconexos sería la mejor definición, porque —además de estar compuesto por civiles poseedores de tácticas, armamento y disciplina de corte militar— quieren, desde distintos frentes regionales, satisfacer sus mezquinos pero muy cuantiosos intereses. Al exportar sus métodos, de un grupo a otro están gestando una experiencia criminal, variación de las previas, que exige de los gobiernos una seria reelaboración. No es lo mismo enfrentar al crimen organizado y sus sicarios que hacerlo con respecto a sus nuevas expresiones militarizadas. Urge tomar conciencia de esta mutación. De lo contrario, seguiremos usando remedios viejos para luchar contra un fenómeno novedoso: el movimiento paramilitar a la mexicana.



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