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Andrés Roemer

¿Ganamos?

El Dr. Andrés Romer es periodista, escritor, conductor de televisión, politólogo, presentador de noticias, filántropo e intelectual. Nieto ...

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    12 de junio de 2010

    ¡México! ¡México! ¡México! Se escucha el coro de un grupo de jóvenes. Mientras las banderas patrias ondean en el Paseo de la Reforma. Uno que otro paseante distraído se une a la celebración suponiendo que ¡ganamos! Ante la mirada atenta de la policía, los fanáticos que celebran no se inmutan y la pasión se manifiesta con fuerza. De inmediato más porras y gritos de entusiasmo y orgullo de ser mexicano: ¡Sí se puede! Corean como si de un credo se tratara, un credo que más que afirmar, pretende negar o desmentir el arquetipo que impera en la mente del sino mexicano y que nos pre-dispone un código cultural: “no se puede”, “dominamos pero no pudimos”.

    El primer tiempo fue distinto a nuestros primeros tiempos: dominio y tiros a gol, pero a la vez fue como siempre: sin concretar. El segundo fue mejor, jugaron muy bien; pero el equipo local marcó el primer gol. Los mexicanos lograrían el empate pero sólo eso. En la cancha faltó contundencia, en las calles sobraron expectativas. A los pies del Ángel está el otro, el de siempre, el embriagado por el escape que es la fiesta mundialista: celebrando un empate como una victoria. Pero también es el introspectivo que reconoce en la fiesta una pausa fugaz. Él sabe que cuando pase el mundial, la cotidianidad de buscar empleo y pagar la renta no van a desaparecer, aunque ahora no importa. Es momento de tregua y autoengaño. Él sabe que si bien la euforia de la multitud alimenta “lo mexicano” no podría satisfacer el hambre de un solo ciudadano. Ese hombre, envuelto en la bandera grita a la vez por su pasión de ser mexicano y por la rabia contra el México que lo frustra.

    Mirando la fotografía no caben dudas. Ese es el momento reflexivo que detiene el tiempo del bicentenario y del centenario. El apasionado por el futbol lo afirma sin vacilar: lo mexicano existe y se demuestra con la esperanza que le permite a uno sobrevivir a los malos gobiernos y a los ciudadanos apáticos. Pero, el mexicano es un guerrero, un luchador, un atleta de resistencia. Quien no participa de esta esperanza colectiva no es un patriota. No se vale no embriagarse, no creer, no apostar por el cambio, no vivir lo efímero como permanente. No se vale no soñar.

    ¿Cuál es el imaginario del México actual? No hay sociedad sin imagen de sí misma. De múltiples maneras la imagen del partido inaugural entre México y Sudáfrica narra nuestros miedos y anhelos, nuestra superstición y fe en los caudillos; mezcla elementos milenarios y contemporáneos, presente y pasado, divisiones y visiones. Lo anterior para configurar el “momentum” del país. Un tiempo y un espacio de amnesia a los dolores lacerantes y a la frustración eterna de la inseguridad de vivir el aquí y el ahora.

    Resulta complicado describir el anhelo de la victoria que es ajena y propia a la vez. ¿Cómo conciliar la fiesta mundialista con la lista de pendientes desatendidos? Si tan sólo la cualidad de ser vencedor fuera tan contagiosa como las esperanzas que despiertan nuestros 11 caudillos, quizás habría menos celebración por un empate (1-1) pero más orgullo y sentido de pertenencia; si tan sólo no asumiéramos como un “deber religioso” el tener que guardar la esperanza de nuevas victorias hasta el próximo partido, tal vez cada quien sería capaz de imponerse metas cotidianas, de exigirse victorias, de resistirse a los pretextos, de vencer temores y asumir riesgos.

    El juego nos libera de las tensiones habituales y de la polarización social obligándonos a ignorar —cuando menos un momento— las diferencias y concentrarnos en lo que nos identifica. El juego nos une bajo un mismo coro —¡sí se puede!—, nos ofrece un objetivo —la victoria—, una promesa compartida —la emoción— y el reconocimiento —estatus— de “lo mexicano” como virtuoso.

    El juego se limita a una pausa, un momento para olvidar los problemas cotidianos. Como toda celebración, el juego tiene un final, las victorias o los empates son un suspiro de supervivencia con un alcance temporal y emotivo; sus límites son infranqueables. Si la celebración proviene del México victorioso que imaginamos y que deseamos; los límites de esa celebración surgen del México real, el que contrasta blancos y negros; el que percibimos en las noticias y que se sufre en las calles. El México al que le falta “concretar” y que no gana, acaso, como en Sudáfrica, logra el empate.

    Hoy debemos vivir la otra vida, la imaginaria, la irreal y placentera que grita: ¡Sí se puede!

    aroemer@podercivico.org.mx

    Doctor en Políticas Públicas



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