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Sandra Lorenzano

Hermanos de “lengua chica”



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    08 de mayo de 2010

    Sobre Myriam Moscona y “De par en par”

    ¿Qué es lo que hace que la poesía sea poesía? Tal vez no sea otra la pregunta que da origen a toda la creación poética, y a la vez a toda la reflexión que de ella surge. ¿Qué hilos se tejen entre las palabras “necesarias e insustituibles”, como quería Octavio Paz? ¿De dónde viene ese “caracol en el que resuena la música del mundo”? ¿Qué universos revela? ¿Qué materiales entrelaza con trazos y ausencias?

    El poema es “el desarrollo de una exclamación”, decía Paul Valéry. Es tiempo y espacio. Estruendo y silencio a la vez. Negro y blanco persiguiéndose sobre la página. Escondiéndose uno del otro. Dialogando. ¿Negro y blanco, dije? “Negro marfil” tendría que haber dicho. O negro y marfil volviéndose paleta despojada, tornasol de lo esencial. Porque hacia allí se encamina la poesía de Myriam Moscona: hacia el despojamiento y la desnudez. Hacia el silencio de quien sabe que no hay estruendo posible en la verdad poética, sólo murmullos, palabra susurrada entre dos. Palabra susurrada para abrir(nos) de par en par. Ritmo binario del que lee, del que escribe, para hacer de la revelación poética una celebración compartida.

    ¿Hace falta presentar a Myriam Moscona? Van sólo algunos datos, quizás, para los recién llegados. Como, por ejemplo, su origen búlgaro sefaradí que es más que un elemento de su árbol genealógico: es el puerto alrededor del cual navega su deseo ancestral expresado en ladino. Porque ¿qué otra patria hay para los eternos exiliados que el lenguaje y la memoria que ese lenguaje implica? ¿Qué otra tierra donde echar raíces que la tierra del libro?

    Pero la memoria no es el espacio anquilosado del recuerdo, sino el origen de todas las posibilidades, como la página en blanco. Por eso los textos en ladino que la poeta propone son juegos absolutamente contemporáneos

    En un hermoso texto escrito en su mayor parte en esta lengua, y en el cual le comenta al querido Josu Landa la traducción que él ha hecho de “Muerte sin fin” de José Gorostiza al Euskera, le dice a su “hermano de lengua chica”:

    Malorozamente penso para mis adientros ke en mi lingua sola, solitika en el mundo, nadien ai ke kisiera un encierro komo el bendicho tuyo para trasvasar este poema mexicano al djudeo-espanyol. Por kuala razón? La razón es una demanda: para ken? Para avrir este poema a ken? Mos estamos kedando solos. El fransés Marcel Cohen eskrivió a su amigo Antonio Saura una ermoza letra en ladino. La lingua ke le trae ekos de las jarchas. “Kuando se bozea tu lengua (…) kuando no ai nada ke meldar en tu lingua, dinguno de tus amigos por avlarla kon ti, kuando el poko ke te keda no lo vas a dechar a dinguno despues de ti [...] saves ke la muerte avla por tu boka. La muerte avla por mi boka...A verda dezir, ya sto muerto yo.

    Comentar hoy el nuevo libro de Myriam Moscona, De par en par,  trae para mí ecos de esas lenguas “menores”, en el mejor sentido; esas “literaturas menores”, como las llamaran Deleuze y Guattari para hablar de Kafka. Y quisiera poder volverme yo también “hermana de lengua chica” de Myriam, de Josu, de Marcel Cohen, de los pocos poetas que aún escriben en yiddish, una lengua que hablaban mi abuela y mi bisabuela, y otros varios millones de judíos y que la han dejado también “solitika en el mundo”.

    Y todo esto viene a cuento para decir que Myriam Moscona es, sin duda, creadora de una “literatura menor”, incluso cuando escribe en castellano, claro. Y es éste el rasgo que más me interesa de su obra. Poeta movediza, que se descoloca, que habla desde orillas aún inexploradas, que habla desde el exilio permanente, desde la conciencia de su minoridad, desde la soledad y la melancolía del que se sabe extranjero en su lengua madre (como dice Myriam que dice la escritora – o “escrivana” en ladino – búlgara Julia Kristeva).

    Quizás no haya acaso otro modo de hacer poesía, otro modo de ser poeta, que desde ahí. Desde y hacia el silencio y el despojamiento de todo aquello que no sea esencial. Myriam está llegando a la médula del lenguaje, a la “masmédula”, por citar a otro poeta. Allí donde la creación es origen y destino, trabajo y revelación. Y sabe, como ese otro poeta, Oliverio Girondo, y como lo sabían aquellos primeros abuelos que fueron expulsados de España, o mucho antes que ellos, los que discutieron con dios cual sería la mejor letra para comenzar el “Génesis”, sabe, digo, que  lo esencial no está reñido – sino todo lo contrario – con el humor. El humor es juego, guiño cómplice, mirada inteligente. ¿Acaso no es el humor una de las características de las vanguardias? Magritte, Breton, Dalí, lo muestran en sus obras. Sin duda,
    Mallarmé. Aun desde el desgarramiento más absoluto.

    Pienso en De Chirico, por ejemplo, o en los largos silencios de John Cage, o en nuestros mexicanísimos Contemporáneos. Y el humor, la recuperación de la capacidad lúdica, es una de las marcas esenciales de la poesía visual. Territorio no demasiado explorado en nuestras letras; tendríamos que ir más hacia la poesía concreta brasileña que hacia la literatura mexicana. Excepción hecha, por supuesto, de algunos poemas de nuestra historia, como las creaciones de José Juan Tablada, o ciertos textos de Paz, entre los que destaca “Blanco”. Y hay en De par en par algo del viaje inmóvil de “Blanco”. Más emblema tántrico que rollo de pinturas. Mucho de ritual, de procesión o peregrinación hacia el centro mismo de las palabras. Allí donde se concentra toda la energía, como en los hoyos negros. Un hoyo negro de las palabras, entonces. Fin e inicio. ¿Acaso en el comienzo no fue el verbo? ¿Y al final? Digna lectora de la Torá, Myriam Moscona parte del máximo silencio para regresar a él a través de la concentración del lenguaje.
    “Quizá la poesía como género tiene pocos lectores, pero cumple una función vital. La poesía no trata de algo, ni trata sobre algo, es algo en sí misma”, decía Myriam a propósito de su libro Negro Marfil.

    ¿Qué es ese algo que propone la poeta en su último libro, De par en par? Libro poblado de homenajes, sabe que en poesía la lengua y la imagen son deudoras siempre de una tradición: James Joyce, Tristán Tazara, San Juan de la Cruz, son parte de la propia voz de Myriam Moscona. A una frase, palabra, metáfora le corresponde siempre una imagen o dibujo con la que establece un diálogo complementario o divergente, ampliando y profundizando los sentidos de ambos. Me gustan especialmente las reflexiones literarias y metaliterarias que encierran las páginas. En especial la ¿mención? a Pessoa y a sus heterónimos, y lo que se refiere a dos formas de la poesía oriental (haiku y tanka) y a dos de la poesía occidental (soneto y lira) donde la huella es corporalidad, presencia inequívoca de la propia piel. Y el final del libro, “La intervención en lo divino”, que cierra de manera perfecta este juego entre lo visual y lo simbólico, lo espacial y lo temporal donde las letras están a la vez presentes y ausentes del papel y de nuestra memoria. Pero, a la poesía visual hay que mirarla, claro, y la editorial Bonobos ha hecho un hermoso diseño para que dialogue con la propuesta de la poeta.

    Experiencia “abisal” como quería José Ángel Valente, y nos recuerda Hernán Bravo en su comentario al libro El que nada, la poesía de Myriam Moscona es “Espacio inocupado, tal vez insondable, que nos reclama hacia un interior no finito de sí”. Frente a la banalidad que nos rodea cotidianamente, pocas cosas más agradecibles.



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