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Alejandro Encinas

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Es economista egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. En su actividad profesional se ha desempeñado como asesor de la Comisi ...

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    13 de abril de 2010

    Más allá de la anécdota y la polémica que ha suscitado la entrevista que Julio Scherer García hiciera a Ismael El Mayo Zambada García, cabe hacer una reflexión de lo que la llamada guerra contra el crimen organizado ha significado a nuestra sociedad.

    Al momento de escribir estas líneas las cifras rebasan un saldo de 19 mil 548 ejecutados a lo largo del sexenio, de los cuales 2 mil 883 se perpetraron durante el primer trimestre del año, lo que da cuenta cruel de la falta de control que el gobierno ha demostrado en su estrategia de combate a la delincuencia organizada y consecuencia de ello, del creciente descrédito de las instituciones públicas ante la ciudadanía.

    La impunidad aumenta, al igual que el número de delitos. Más del 90% de los delitos quedan sin castigo. Desde el interior de las cárceles, mexicanas e incluso de las de Estados Unidos, los grupos delincuenciales controlan las redes de extorsión y otros delitos que asolan a los ciudadanos.

    El número de violaciones a los derechos humanos y los decesos en la población civil, se incrementan considerablemente. Las explicaciones de las autoridades federales, para quienes las victimas son “pandilleros”, “se encontraban en fuego cruzado”, “los retuvo un reten de narcotraficantes”, o son “daños colaterales”, a nadie convencen, evaden su responsabilidad en los hechos, y abonan en el demérito del otrora prestigiado ejército mexicano.

    No se sostienen las justificaciones de falta de apoyo institucional. Se han reformado los ordenamientos legales, endureciéndose las penas e incluso restringiendo libertades, como sucede con la figura de arraigo que encarcela a inocentes por la sola presunción, la denuncia anónima o de testigos tan protegidos que nadie conoce, llegándose a extremos en el abuso de autoridad, como el ajuste de cuentas políticas con sus disidentes.

    Como nunca, los recursos se han multiplicado. El presupuesto acumulado para seguridad pública en el periodo 2007-2010 fue superior a 431 mil millones de pesos: 102 mil millones de pesos a la Plataforma México, y 329 mil millones de pesos para combate al narcotráfico. A pesar de ello, se registran fugas masivas de delincuentes de los penales, como sucede en Tamaulipas.

    Dejando a un lado la frialdad de las cifras, los datos dan cuenta de un complejo fenómeno que se ha arraigado en la sociedad. El narcotráfico, y en general el crimen organizado, han tejido una red de complicidades y negocios, que le han permitido construir una base social de apoyo en los territorios que controlan, al convertirse en ejes articuladores de la actividad económica y social en los mismos. Esta base social se ha fundado en la violencia, el miedo, la pobreza, la impunidad y la corrupción, y ha pasado a formar parte de la vida cotidiana de muchas comunidades del país. Ya sea por resignación o por cotidianeidad, la cultura de la violencia y la impunidad se muestra en las formas de convivencia y en las expresiones culturales de vastos sectores de la sociedad, desde el narcocorrido, hasta las actividades de producción de drogas que a lo largo de décadas se han hecho, donde la presencia de las fuerzas armadas, las detenciones, la quema de plantíos y el asesinato son parte del quehacer cotidiano.

    La fotografía de don Julio Scherer con El Mayo Zambada no sólo aumenta el desazón y frustración con la estrategia seguida hasta ahora en el combate al crimen organizado, sino que da cuenta de una daño mayor: el narco esta ganando la batalla cultural, lo cual no se va a resolver prohibiendo la difusión de los narcocorridos ni con los grandilocuentes mensajes mediáticos que, a semejanza de los reality shows, montan los responsables de la seguridad pública, sino con la reconstrucción del capital social que a lo largo de décadas ha fracturado la estructura comunitaria y familiar, la vida institucional y la actividad económica en vastas zonas del país.

    Un primer paso para avanzar en esta dirección bien podría ser preguntarse qué hubiese sucedido con nuestros vecinos del norte, tras el derroche de recursos y propaganda contra el terrorismo, si en una prestigiada revista de ese país, apareciera un periodista estadounidense en una fotografía realizando un reportaje a Osama bin Laden. Aquí no pasa absolutamente nada.

    alejandro.encinas@congreso.gob.mx

    Coordinador de los Diputados Federales del PRD



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