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Alfonso Zárate

Los pecados del padre Maciel

Alfonso Zárate Flores, Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, GCI. Académico, actor político y analista de los fenómenos del ...

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    11 de marzo de 2010

    Hombre de poder protegido del papa Juan Pablo II —llegó a llamarlo “ejemplo para la juventud”—, el fundador de la Legión de Cristo (1941) y del movimiento Regnum Christi (1959) fue un hombre enmarañado, de contrastes: constructor de instituciones, cercano a las máximas esferas del poder económico y político y, a un tiempo, morfinómano y pederasta, llegó a abusar incluso de sus propios hijos.

    Marcial Maciel Degollado hizo de la Legión de Cristo una cofradía formidable: su reino en este mundo. Más de 800 sacerdotes, 3 mil seminaristas y unos 70 mil legionarios laicos en más de 22 países, hablan de su excepcional capacidad de organización. El valor de las casas religiosas, los colegios y las universidades ha sido calculado en 28 mil millones de dólares.

    En la esfera religiosa, las redes del padre Maciel no fueron menores e incluían, lo mismo a integrantes de la Legión, donde su autoridad era indisputable, que a altos dignatarios en el Vaticano. La predilección del papa polaco por Maciel llevó a paralizar las investigaciones que el cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, había emprendido desde la Congregación para la Doctrina de la Fe: lo protegía su condición de “persona muy querida por el Santo Padre”, llegó a decir Ratzinger.

    De no ser por la sotana, podría decirse que su religión eran los negocios; algunos de los empresarios más ricos de México se convirtieron en sus patronos y protectores. Dejó en claro que, en términos pastorales, su opción preferencial fue por los ricos.

    Marta Sahagún y Vicente Fox ostentaron su cercanía con Maciel y “los Legionarios de Cristo”. Los hijos de ambos se educaron en sus colegios; no fue menos cercana la primera esposa de Fox, Lilián de la Concha, quien llegó a describirlo como “un hombre santo y sabio”.

    A pesar de la gravedad de sus pecados —constitutivos de delitos graves del orden penal— y cuando las denuncias habían alcanzado niveles de escándalo, el Vaticano optó por la indulgencia, la impunidad para todo efecto práctico. La condena en vida de Marcial Maciel fue benévola, resolvió “invitar al padre a una vida reservada de oración y penitencia, renunciando a todo ministerio público”. Algunos directivos de la Legión intentaron deformar el sentido de la resolución, haciéndola aparecer como una nueva prueba que lo convertía casi en mártir, todo lo acercaba a la santidad.

    Ante las evidencias de sus desvíos y la multiplicación de las acusaciones, el padre Álvaro Corcuera, sucesor de Maciel, ha mantenido un discurso críptico y benevolente: “Nos hemos enterado de algunos aspectos de la vida de nuestro fundador que nos parecen sorprendentes y difíciles de entender […] Podemos confirmar que algunos de ellos no eran apropiados para un sacerdote católico”. ¿Sólo “sorprendentes y difíciles de entender”? ¿Sólo “inapropiados para un sacerdote católico”?

    ¿Cómo lavar las culpas del fundador y de quienes lo acompañaron activa o pasivamente en sus abusos? ¿Qué hacer ante una realidad que, quizás, persiste? Es obvio que muchos, seguramente la mayoría de los legionarios y de otras congregaciones tienen una vocación real y no participan en esas prácticas enfermizas, pero el tema reclama acciones enérgicas de la justicia civil y religiosa.

    ¿En qué va a concluir la investigación a la congregación que ordenó el Vaticano el 10 de marzo? ¿Preferirá el alto clero un silencio ominoso y cómplice, que un reconocimiento público de éste y otros crímenes de sus ministros?

    Marcial Maciel es un caso ejemplar pero no único, lo que importa es poner un alto a toda una cultura del abuso de menores —sexual, sicológico, físico— por ministros religiosos. El encubrimiento del que durante décadas disfrutó Maciel lo trasciende: son muchos los religiosos que en México, en el Vaticano y en distintas partes del mundo, abusan de su condición sacerdotal para ése y otros pecados, ante el silencio o, de plano, la complicidad de sus superiores. ¿Cómo exorcizar a la Legión? ¿Quién expulsará a los mercaderes del templo? ¿Se harán cargo de sus propios demonios?

    Presidente del Grupo Consultor Interdisciplinario



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