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Alejandro Páez Varela

Mi problema con los enmascarados

Alejandro Páez Varela (Ciudad Juárez, 1968). Periodista, escritor. Subdirector de El Despertador, empresa que edita las revistas Día Siete y ...

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    10 de marzo de 2010

    Amparado en el anonimato, hace unos días un joven me amenazó. Pedí en Facebook que me ayudaran a descubrirlo. Me ayudaron. Quedé a un paso de solicitar la intervención de la Policía Cibernética de la PFP, porque el chico me explicó en un correo (disculpen su ortografía) lo siguiente: “hermano lo siento / ni te conosco no kiero pedos / se me hiso facil comentar en tu blogg / no kiero meter en pedos a mis vecinos de kien me robo la red”.

    No los aburro (leer alejandropaez.net). Voy al grano: tengo un serio problema con los nicks (nicknames, nombre descriptivo que reemplaza al oficial); con los avatares, su versión gráfica; y con cualquier símbolo que sustituya la identidad en Internet. Su uso comenzó apenas a mediados de los 80 del siglo pasado y está vinculado con el nacimiento de la red de redes. Acepto que en un principio, mientras anunciaban una nueva era, los nicks sirvieron para provocar diversidad de opinión y mayor tráfico a las páginas de discusión. Ayudaron a participar en los sitios en los que la identidad es lo de menos (chats sobre sexo, por ejemplo) y permitieron acortar y dar seguridad a los nombres de usuario o usernames de nuestras cuentas de correo electrónico, Facebook, blog, Twitter, etc.

     

    Soy de la idea de que los enmascarados no deberían opinar en sitios donde la identidad tiene peso. Cuando alguien desarrolla una idea y la hace pública con su nombre y apellido; cuando ese alguien expresa una opinión sobre temas que interesan a una comunidad, me parece una falta de compromiso que el otro argumente encapuchado. Nos molesta cuando un anónimo lanza desde las gradas un hielo y lastima a un jugador de futbol o de béisbol; si en un concierto baña de orines a los músicos, o si le da una bofetada a un artista cuando sale de su camerino. ¿Por qué deberíamos ver como “natural” que un desconocido descalifique con dos líneas mal escritas a alguien que comunica una idea, o desarrolla su compromiso en forma de texto?

    De entrada, habré perdido esta discusión cuanto mi texto se publique en Internet. Tantos anónimos como quieran me denostarán, si esa es su intención. Mi texto tiene vida, ¿por qué habría de quedar impávido mientras lo vulneran? ¿En qué momento perdí el derecho de réplica o en qué momento los articulistas, periodistas, escritores, intelectuales y cualquier persona que firmamos nuestra opinión quedamos fuera del derecho a retroalimentarnos con una discusión directa? Piénselo así: también plantea una arrogancia atroz que yo tenga una opinión y la publique, y que, como si fuera una verdad absoluta, no deba responder a las interrogantes que abra.

     

    Sin asustarnos, este y otros temas deberán acentuarse en la discusión sobre el futuro de Internet y el periodismo escrito. Pocos sitios de información que conozco, desde el de New York Times hasta el que quieran, tiene abierta la opinión para quienes firman los textos. Entiendo cuando se trata de reportaje, crónica, noticia o fotogalería periodística: son géneros en los que el reportero “no importa” o su opinión “no se vale”. Para darle total reconocimiento a la noticia misma -convenimos durante el Siglo XX- estos trabajos se firman pero se escriben en tercera persona y quedan exentos de toda opinión de su autor. En los que la primera persona se compromete a sostener lo que dice/escribe, ¿por qué no habría de responderse a quienes tienen dudan, se oponen o matizan? Y si esos con dudas, que se oponen o matizan, tienen nombre y apellido y no se esconden tras una máscara, el ejercicio de discusión se hará más justo y democrático.

     

    Lee Siegel (El mundo a través de una pantalla, 2008) plantea el colmo de la frustración. Cuando era articulista de cierto medio internacional se molestaba que los comentarios de anónimos lo atacaran con, dice, argumentos pobres y mentiras. Molesto, pidió a su editor que se le permitiera responderles; se lo negó. Entonces se inventó varios nicks para ir contestando a sus detractores; pagarles con la misma moneda. Lo descubrieron y lo corrieron. Le hicieron un favor: lo volvieron famoso. ¿Por qué esta cerrazón?

     

    Sabemos que la llamada “vida digital” ha abierto caminos hacia la democratización de la opinión y, sobre todo, le ha dado voz a quienes no la tenían. Acercó mundos distantes y generó un ambiente nuevo con enormes posibilidades. También está la otra parte, innegable: la de los individuos solos, depresivos, inadaptados sociales; la de los secuestrados por los ríos de basura que sustituyen el análisis serio y la información precisa. Me refiero a esos, a los segundos. A los que, enmascarados, brincan de chat en chat y de sitio en sitio (yo mismo lo he hecho) todo el día buscando ser tomados en cuenta. Están en su derecho, pero otros tienen derechos que, muchas veces y por falta de regulación, ellos no toman en cuenta.

     

    Sí creo en ponerle reglas a Internet. Enriquece a los que de por sí son obscenamente ricos (los niños Google, Bill Gates and Co., etc.), mientras por esa misma vía nos llega basura, y los más jóvenes se enajenan: a ellos enseñémosles desde ahora a ser responsables de sus opiniones. A dar la cara. Son muchas las virtudes que nos ofrece la red (a la cual, por cierto, yo vivo conectado día y noche). Y muchos los riesgos. Concentrémonos en los riesgos para empezar a ofrecer soluciones.

    Si permitimos que encapuchados opinen, qué mal les hacemos. Si ya está el canal libre, transparente y democrático para generar un debate sano, que todos demos la cara. Un asesino encubierto de textos e ideas mañana será asesino de almas; personalidades similares me esperarán más adelante con un cuchillo a las afueras de mi casa. Quizás no sean el mismo, pero se parecen entre sí.

    De verdad, tengo un serio problema con los nicks: amo demasiado mi libertad en Internet.

     

     



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