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José Sarukhán

Nataciones escatológicas

Licenciatura en Biología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en 1964. En 1968 obtuvo la maestría en Botánica Agrícola ...

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    05 de marzo de 2010

    Hace poco recibí un correo electrónico de mis colegas que me dejó atónito y me recordó algunas situaciones de nuestro país. La nota relataba un estudio realizado en India, donde se reportaba que cada día la población de ese país “deposita” al aire libre (en las calles, en los campos de cultivo, en las carreteras, etcétera) un poco más de 100 mil toneladas de excremento humano. Sí, leyó usted bien, diariamente. Toda esa materia fecal acaba convirtiéndose en aerosoles que flotan en el aire o acaban escurriéndose a los arroyos y ríos. La nota afirmaba que no hay un río que cruce alguna población de cierto tamaño que no esté irremediablemente contaminado con materia fecal humana o de ganado, el cual en los números que deambulan por todos lados, contribuyen con una cantidad adicional muy importante (y que desconozco) a la de los desechos humanos. La lectura de esta nota me trajo a la mente un cálculo que yo hice hace algunos años sobre la cantidad de deposiciones similares que ocurrían (y deben seguir ocurriendo) en el área de la zona metropolitana de la ciudad de México, basándome en el número de casas que no contaban (y aún no cuentan) con acceso a redes de agua potable y de drenaje. En la actualidad (usando datos de Conagua) alrededor de 700 mil personas no tienen otra opción que defecar al aire libre, lo cual representa unas 30 toneladas diarias de excremento, que acaba también desecándose y convirtiéndose en aerosol o siendo arrastrado por las lluvias y, en el caso de algunas regiones como Chalco, probablemente infiltrándose por las grietas profundas de terreno, hasta los acuíferos que proveen de agua a los habitantes de esta área. Por esos tiempos, e incluso antes, había una frase probablemente acuñada por el doctor Biaggi (algunos la adjudican a otros personajes) —que de tan repetida ya era casi lugar común— de que si el excremento humano fuese fosforescente, la ciudad no requeriría de alumbrado público en las noches.

    Pero ahora ese problema ha adquirido una forma más líquida y más dañina en cuanto a su acceso a los mantos acuíferos. El recurrente desbordamiento del llamado canal de La Compañía representa tanto un daño patrimonial y personal para quienes viven por debajo de su cauce, como a la salud de quienes han tenido que nadar, casi cada año, en ese mar de excremento y tiene repercusiones poco evaluadas en cuanto a su efecto en los acuíferos de esa zona, profundamente modificada por los asentamientos que nunca deberían haberse realizado ahí. En la primera mitad de los años 70, el llamado Instituto Auris del estado de México, me solicitó hacer un estudio y una evaluación del impacto posible de los planes de desarrollo urbano del corredor Texcoco-Chalco. La recomendación que mi pequeño grupo de análisis hizo fue la de no transformar una de las zonas de suelos agrícolas de primera con rendimientos récord mundiales de alfalfa, que no se podrían reponer en ninguna parte del país para convertirla en una zona urbana densamente poblada. ¿El resultado de esa recomendación? Una enorme nueva ciudad, sedienta, que ha hundido los suelos de la región y generado grietas profundas en la arcilla expandible de esos suelos, previstas por estudios de Fernando Hiriart, Marcos Mazari y otros expertos mexicanos en mecánica de suelos e hidrología. Nadie ha hecho caso de esa información y esas sugerencias. Estamos “cosechando”, si así se le puede llamar, el resultado de los intereses especulativos urbanos y políticos impuestos a la razón y a la información seria, sólida y bien intencionada de expertos nacionales. Y no será la única área en la que sigamos “cosechando” resultados como éste en el futuro.

     

     

    jose.sarukhan@hotmail.com

    Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM

     

     

     



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